El hombre nuclear

22 de marzo del 2011

La crisis nuclear en Japón demuestra que los riesgos de antes no son los mismos de hoy, a pesar de la catástrofe de Chernobyl en 1986 y que aunque suene evidente, existe la cismo resistencia pero no la resistencia nuclear.

Pero no deja de ser paradójico que la tercera potencia del mundo dependa hoy de hacia dónde sopla el viento para que la radiación afecte “sólo” a la vida marina y no llegue, por ejemplo, a Tokio.

Ahora bien, no creo que por este accidente se deban desmantelar las plantas nucleares para la generación de energía limpia y pacífica en el mundo pero me asaltan dudas de si deben seguir siendo un negocio controlado por el sector privado. Porque pareciera que lo que limita la construcción de esos redactores nucleares es el costo de las medidas de seguridad necesarias, que en este caso lamentablemente todas han fallado.

Además, el uso pacífico de la energía nuclear es una manera de atenuar la emisión de CO2 y de contribuir para detener el calentamiento global, aunque con el sólo hecho de cerrar las centrales térmicas de Alemania del Este, se emitiría menos contaminación a la atmósfera.

Lo cierto es que tanto el Cambio Climático Global como la energía nuclear producen fanatismos y posturas apocalípticas y nada en esta vida es blanco o negro. Por eso recomiendo leer los libros “La verdad incómoda” de Al Gore y “El ecologista escéptico” de Bjon Lomborg para comprender mi tesis.

Si no estoy mal, desde que escribo en Kien & Ke llevo dos columnas donde esgrimo argumentos sobre la certeza de que el mundo está fuera de control, de que sólo nos queda medio – ambiente y un zoológico por alcalde… Pero también existen argumentos en contra y que dicen, por ejemplo, que hace 20 años se hablaba del enfriamiento global o que el mundo se acabará cuando se acabe el CO2 y no al contrario.

Por ejemplo, Japón emite menos CO2 que España o Francia y acaba de sufrir un terremoto de 9 grados en la escala de Richter, un Tsunami, la explosión de un volcán y vive una crisis nuclear.

Otros aseguran que no es posible que un país se desarrolle sin energía y que firmando el Tratado de Kioto no se firmó la eternidad, sino un modelo que no modifica el desarrollo tradicional. Pero una cosa es el miedo a la guerra nuclear y otra muy distinta el miedo a la energía nuclear, porque cuánta gente muere al año en las minas de carbón o por el gas natural, que todos empleamos para cocinar y para abaratar los altos costos de la energía…

Todos sabemos que la energía se ha convertido en un negocio, un negocio protegido y subvencionado en casi todos los países del mundo, aumentando los precios de los combustibles y de los alimentos, “tal cual”. Y los ambientalistas escépticos y un sinnúmero de científicos consideran que la energía se ha convertido en un chantaje internacional por parte de quienes lo prestan, que en la mayoría de los casos son países inestables y/o de quienes más lo necesitan, que por lo general son las potencias mundiales.

Lo que nadie puede negar es que la energía nuclear tiene bondades ecológicas y condenas ambientales a la misma vez; que el Cambio Climático Global tiene verdades pero también tiene mitos; que los ecologistas no pueden seguir siendo tan acríticos y que la energía nuclear, a pesar de sus riesgos es necesaria para el futuro de la humanidad.

Por último, etimológicamente la palabra ciencia viene de sensación. Por lo tanto, crea verdades glamurosas y temporales, porque hasta la física es relativa. Sin olvidar que las discusiones ecológicas tienen de todo menos de ambientales. Incluso, a veces pareciera que se tratan más de discusiones políticas o económicas, porque en últimas lo que se cuestiona es a “la élite del poder”. Pero si para los problemas de la democracia más democracia, para los problemas de la ciencia ¡más ciencia por favor!

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