El pensamiento mágico: obstinado entorpecedor de la razón

Publicado por: admin el Sáb, 22/03/2014 - 17:16
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Ese pensamiento mágico, de rezago irracional que albergamos los humanos está siempre presto a aflorar y a anteponerse a la razón y a la ciencia a la mínima ocasión que se le presente.

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El pensamiento mágico: obstinado entorpecedor de la razón
Ese pensamiento mágico, de rezago irracional que albergamos los humanos está siempre presto a aflorar y a anteponerse a la razón y a la ciencia a la mínima ocasión que se le presente. Es gran afán del ser humano encontrar justificación a cada fenómeno que observa en la naturaleza, y como no siempre encuentra una explicación racional, acude con facilismo a la superchería, al dislate, y atribuye cómodamente la clarificación a la intervención de seres que se inventa, pero que lo sacan del apuro explicativo producto de la penuria cognitiva, paliando así su angustia del no entendimiento inmediato. Las lagunas aún restantes en la comprensión de los fenómenos naturales de nuestro mundo (o universo) son arrebatadamente rellenas con explicaciones de toda índole, en el mejor de los casos pseudocientíficas (ovnis, extraterrestres), y en muchos casos con estrafalarias especulaciones mágicas, sobrenaturales. El año pasado en Medjugorje, una pequeña población de Bosnia Herzegovina (antigua Yugoslavia) la estatuilla de una virgen comenzó a emitir una misteriosa luz. No bien los primeros rayos destellaron, aparecieron explicaciones afirmando que se trataba de un milagro y por supuesto de un mensaje de la virgen, –santísima, claro– haciendo un llamado a la conversión de los no creyentes. Más de 15.000 fervorosos y curiosos desfilaron por el lugar entregando su fe y donaciones ante tan celestial suceso. El químico croata Pavle Mocilac vino a interrumpir y a aguar la fiesta, sus estudios concluyeron que "Es evidente que alguien, con el deseo de montar un espectáculo, ha pintado la estatua de la Virgen con una materia hecha a base de aluminato de estroncio”, presentándose así un fenómeno fósforo-luminiscente que hace brillar el ídolo mariano. Más recientemente en Jalhay (Bélgica), también una estatua de la virgen refulgió en la oscuridad haciendo un llamado desde el más allá; las mismas explicaciones de casos similares aparecieron y las mismas filas de peregrinos crédulos y el clamor del milagro se dejó escuchar. Esta fiesta mariana no ha durado mucho tiempo, a pesar de las “probadas” curaciones milagrosas, porque varios profesores universitarios aclararon que se trata de un fenómeno normal de fosforescencia debido a la pintura o una capa bacteriana acumulada. La lista de apariciones milagrosas de la virgen es enorme, baste con nombrar las más extravagantes: Lourdes, Fátima, Guadalupe, Chiquinquirá. ¿Por qué será que la virgen se aparece siempre en pequeños sitios apartados y a gente humilde? Nunca ante multitudes ni científicos; una sospechosa rareza selectiva de la matrona. La religión, madre de este proceder, se las arregla siempre para hacer confluir estas magias con los designios del dios a quien todo le atribuyen. El tiempo, y en la medida en que la ciencia avanza, termina por presentar explicaciones plausibles, pero quien cumple el rol explicativo inicial es la religión con toda la superchería asociada a su sistemático obrar. Los mismos orígenes de sus dioses son mágicos y si bien los han sofisticado no distan mucho de las creencias inventadas por las mitologías de las antiguas civilizaciones, de hecho han plagiado muchas de sus leyendas. Ha ocurrido desde tiempos inmemoriales, el hombre primitivo confrontado a la observación pasiva de un fenómeno geológico o atmosférico –un simple rayo–, y carente de una explicación científica, noción inexistente entonces (y aún en algunas cabezas contemporáneas), se dio a interpretaciones de carácter mágico que vertiginosamente se transformaron en deístas con toda la parafernalia ritual y milagrosa. De aceptar la noción de milagro, se podría colegir que ese dios definido como supremo y omnisciente puede cambiar de parecer, que su Presente no es absoluto pues es mutable. ¿Bajo qué circunstancias cambia su celestial Presente? Claramente en función del grado de relación que el creyente mantenga a través de la oración, de las buenas acciones, del seguimiento estricto a sus imposiciones, de la reverencia y acato a sus representantes, de la propagación que de su reino y nombre haga. Los rezanderos pueden hacer cambiar el rumbo preestablecido en el plan divino, y causar que en un trance magnánimo surja un viraje asombroso que controvierta el plan inicial. Esta es la noción de milagro, que es, pues, una alteración contradictora del Presente absoluto divino, que caprichosamente se permitiría el creador-legislador. Si por definición, la voluntad única de este ser divino le es conocida desde siempre ¿cómo puede cambiar en función del suplicante, relegándose a subjetivos y circunstanciales cambios, impropios de su definición? Cambiante se muestra la deidad y en notoria contradicción con su condición, pues esto significaría que Todo no hacía parte de su Presente, que este cambio milagroso fue improvisado y no era conocido por él desde siempre. Falla, entonces, la deidad en su conocimiento del Presente y por ende de su encargo. Una alternativa, excusadora de la irregularidad detectada, podría conjeturarse: la divinidad conocía esta “excepción” que su divino parecer habría de permitirse, con lo cual se salva su noción de Presente Absoluto. Sin embargo, algo falla aquí también, pues la deidad se comportaría con argucia embaucadora, al hacer creer a sus piadosos clientes que hubo excepción, cambio de parecer, cuando en realidad solo se ejecutó un devenir del cual él tenía conocimiento desde la eternidad. Bien podría el beneficiario del milagro interrogar su candidez para concluir que tal salvedad no existió, que solo se ejecutó lo que ya estaba previsto desde siempre: un engaño divino. ¿Se darán cuenta los defensores de la milagrería que la noción misma de milagro se contrapone a la de deidad? A escoger, pues, entre deidad y milagros para evitar la incongruencia, las dos nociones no son compatibles. En realidad, no es ni lo uno ni lo otro. A la deidad y con destreza argumental le expidió Nietzsche acta de defunción y a la milagrería la elimina –tal como lo hemos discutido anteriormente– la contradicción con la definición de la entelequia deísta. Ya es hora de que entendamos bien que nuestra humanidad obtuvo beneficios del pensamiento mágico en sus inicios evolutivos, en su consolidación cerebral –que aún no finaliza– gracias a lo cual pudo obtener certezas en un mundo en ciernes en donde todo le era hostil, en donde su sobrevivencia era casi imposible, en donde el caos parecía imponerse. El pensamiento mágico creó esperanzas, así hubiesen sido imaginarias o magnificadas; la creencia (fe) en lo sobrenatural daba un aliento de supervivencia. Ese periodo ya se terminó, dejemos ahora, con valentía y abandono de entorpecedoras tradiciones, nuestro cerebro evolucionar en ambientes racionales y contemplar las supersticiones (religiosas u otras) como vestigios históricos del pasado, como apreciaciones primitivas, como ficciones recreativas, como divertimentos metafóricos, mas no como rectores de vida. Permitamos el renacer de la Ilustración.