El placer de escribir de otra cosa

18 de mayo del 2011

Sin mucho pensarlo, decidí escribir esta columna sobre fotografía. Y es que, a veces quiero escribir letras para recomendar eventos, para comentar una película, para acordarme que muchos de quienes decidimos meternos en este mundo de la política no somos “grises”, tenemos aficiones, nos gozamos la calle. Hoy, quiero hablar de otra cosa: en esta columna tengo la oportunidad de no someterme a un test periodístico, de no hablar de falta de legitimidad ni de la administración actual de la ciudad, de no oír nada sobre la violencia o el ruido.
En particular quiero hablar de fotográfica Bogotá, la muestra más importante de reportería gráfica en la ciudad, una fiesta de las dimensiones del Festival Internacional de Teatro que disfrutamos cada dos años.
Con una celebración hace dos semanas, que tuvo lugar en un sitio como Vinacure, ubicado en pleno pasaje El Libertador, entre carreras 14 y Caracas, se dio inicio a una exposición gigantesca, propia de cualquier capital mundial. No en vano, más de 20 salas de la ciudad recogerán los trabajos de los fotógrafos más reconocidos del globo. Y todo por cuenta del trabajo de FotoMuseo, una institución sin animo de lucro que desde hace varios años viene iluminándonos el caminado a cientos de transeúntes que nos distraemos en los andenes con remembranzas e interpretaciones gráficas de nuestra realidad.
Sin ser experto en fotografía quiero recomendar tres exposiciones en particular. Primero, la del proyecto “Disparando Cámaras en Cazucá”, que recoge un trabajo de formación artística en el que participaron niños y jóvenes de esta compleja zona. Unos converse rojos destruidos, un tablero rayado por un adolescente, o tres niños que bien podrían estar en Ciudad Bolívar o en Bagdad, invitan en la Biblioteca Virgilio Barco a pensar que en Bogotá hay estéticas desconocidas, menospreciadas, que solo lentes en formación pueden descubrir. Todas esas imágenes hacen parte de la memoria de nuestra ciudad. Del patrimonio intangible. De las narraciones que le diremos a nuestros hijos y nietos cuando nos pregunten cómo era Bogotá en el pasado.
La otra exposición que me conmueve es la de el chino Liu Bolin, quien ha expuesto en las mejores galerías del mundo su obra sobre el hombre invisible. Un hombre que se pierde entre las formas urbanas. Anónimo. Increíble poder verlo en una galería el Bosque Izquierdo.
Y la tercera, la obra de Daniel Santiago Salguero, un bogotano de 26 años con una capacidad creativa infinita. Salguero registra lindas imágenes de gente caminando en el andén. De niños en la calle. De las flores en medio del cemento. Expone en la 22 con 5 hasta el 15 de junio y nos recuerda que en todo, menos en la fotografía, la cotidianeidad suele hacer invisible la belleza.
Agradezco a KienyKe sobre la posibilidad de escribir una columna en la que, por un rato, no soy candidato. Y Le agradezco a Gilma Suárez, gestora de Fotomuseo, esta espectacular muestra de Fotográfica Bogotá: me hizo pensar que la ciudad tiene otras perspectivas. Y acordarme que de ella, también, se puede hablar desde el arte.

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