El suicidio de indígenas

1 de abril del 2016

“Datos del periodo 2010–2014 muestran que en el departamento hubo 110 suicidios.”

Guardo profundo respeto por los pueblos ancestrales que se establecieron en nuestro territorio después de los tiempos inmemoriales de la aparición de la especie humana sobre la faz de la tierra, posterior a la gran diáspora para ubicarse en los puntos más lejanos de la tierra, periplo que inicia desde el continente africano, donde según todos los estudios científicos fue el lugar de aparición del homo sapiens. Sin embargo, posteriormente es de Asia de donde se dice viene el hombre americano, hoy controvertida tesis por algunos antropólogos europeos con evidencias de que fue más bien el hombre americano el que pobló al continente asiático.

Ahora, en mis vivencias personales recuerdo mi niñez en Ocaña, época en la que apareció por las calles de la población un indígena venido desde las profundidades de la selva del Catatumbo, de la etnia Barí o Motilona y cuya única pronunciación, según recuerdo, era decir “guaré” que posteriormente me enteré, era “amigo” en su lengua ancestral. No supe cómo llegó a Ocaña, pero me comentaban mis amigos camioneros, quienes se aventuraban hasta los campos de explotación petrolera que existían en esas inhóspitas zonas motilonas, que las comunidades indígenas conscientes del futuro trágico, de hambre y explotación que se avecinaba, no cesaban de acosar con sus flechas y hachas de combate a quienes penetraban sin su permiso sus inviolables tierras. Tiempo después, cuando el indígena de mi historia hablaba un poco mejor el español, me contó que su pueblo sufría mucho en la selva, pero esa era su madre tierra y no la abandonarían nunca, aun si en ese intento perdieran la vida.

Esos desgarradores recuerdos de una etnia indígena tan cercana a mis primeros afectos, hicieron nuevamente eclosión al leer acerca de un dramático documental titulado “La selva inflamada” que se refiere a explorar las causas de cientos de suicidios indígenas que vienen ocurriendo en las comunidades que pueblan desde hace centenares de años los territorios selváticos del Vaupés.

Debo reconocer que no tenía ningún conocimiento sobre la magnitud de la tragedia que asume el joven director del documental “La selva inflamada”, Alejandro Naranjo, quien decide penetrar esos inexpugnables territorios para traernos a la “culta” civilización occidental la ocurrencia de un hecho profundamente doloroso como es el caso de los suicidios de los jóvenes indígenas.

Las cifras suministradas por Pablo Martínez Silva, coordinador de Atención Primaria en Salud de Sinergias, son escalofriantes. “Tienen datos del periodo 2010 – 2014, muestran que solo en el departamento hubo más o menos 110 suicidios, comentó a la revista Semana. Rocío Gómez psicóloga a cargo del programa de salud mental de la Secretaria de Salud Departamental, afirma que al mes se registran entre los indígenas uno o dos casos de jóvenes suicidas, en 2014 la tasa fue de 44 por 100.000 habitantes.

Es urgente que la sociedad se cuestione acerca de lo que puede estar ocurriendo. No puede seguir cruzada de brazos, cuando los hogares indígenas del Vaupés reciben estas altísimas cargas de dolor por el suicidio de los jóvenes. El tratamiento no puede ser de segunda, hay una grave patología social y humana que está afectando el núcleo de la existencia de nuestros indígenas, colombianos como todos nosotros, con iguales derechos y quizás más urgidos que ningún otro grupo social de recibir una correcta y oportuna atención social, médica y psicológica por lo dramático de la situación.

La conformación de un competente grupo profesional multidisciplinario que analice hasta donde, una educación occidentalizada con una visión religiosa monoteísta opuesta frontalmente a sus visiones mágico religiosas, articuladas a la flora y fauna de la selva, afecta las intrincadas redes neuronales de sus cerebros, induciéndolos a la depresión y a la angustia sin límites. Cómo ha incidido en sus formas culturales de existencia la penetración de la subcultura del hombre “blanco” que sin ningún recato ni respeto invadió sus sagrados territorios, rompió la epidermis de la madre tierra para extraer con sed inagotable de riquezas, los productos sagrados de las comunidades, como sus piedras, sus ríos, sus árboles. El gran daño del hombre “blanco” a las comunidades indígenas de América todavía no se conoce en su verdadera dimensión y apenas vemos unos resplandores en esta dramática historia.

Se ha creído artificiosamente que imponiendo una educación que relega a un segundo plano las formas pedagógicas inherentes a su cultura, es posible cerrar una profunda brecha cultural. ¡Es una gran equivocación! Es el riesgo que corre la humanidad al perder para siempre la cosmovisión de los indígenas, la que hizo posible la existencia de la vida en este golpeado planeta “azul” que todavía habitamos.

La discusión está abierta y hay que dejar claro que este grito de angustia desde la profundidad de la selva, debe ser, no solo escuchado por la sociedad civil, sino además y fundamentalmente por el Estado, para que se redefina la política de integración, por una de respeto absoluto a la etnia, con creación de condiciones de educación, salud y supervivencia a partir de los cimientos y columnas de su cosmovisión de la vida, la naturaleza y sus territorios, de tal forma que al permitirles crecer y consolidarse en lo propio, se consoliden como un patrimonio universal, por la conciencia moral que representan, puedan aportarnos luego elementos que contribuyan a enderezar el rumbo de inconsciencia que lleva en la cultura occidental. La que planteó en sus orígenes: “el hombre como rey de la naturaleza” y no como parte de ella, olvidando que al cuidarla se cuida a sí mismo. Es urgente orientar nuestros mejores recursos humanos y técnicos que permitan una pronta y sabia solución.

EX.EMBAJADOR DE COLOMBIA EN EUROPA
VICEPRESIDENTE COMITÉ PERMANENTE POR LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS. CPDH.

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