La ciencia de la paz

13 de enero del 2013

Hacer la paz en Colombia no debe ser un bordado. No consiste en hacer manualmente punto, cadeneta y cruz, para luego templar el tambor. Pueda que se llegue a punto, si es el final, en cuanto a silenciar las armas, o que se acaben las cadenetas (suena como cadenas y vendetas) entre las que gime […]

Hacer la paz en Colombia no debe ser un bordado. No consiste en hacer manualmente punto, cadeneta y cruz, para luego templar el tambor. Pueda que se llegue a punto, si es el final, en cuanto a silenciar las armas, o que se acaben las cadenetas (suena como cadenas y vendetas) entre las que gime la colombianidad entera, o que incluso comencemos de alguna manera a comprender las palabras del que murió en la cruz, si nos liberamos de nuestras propias cadenas y reaprendemos que no somos dueños de la vida de nadie, ni los redentores de nadie, para luego dejar de lado el traqueado cuento de métale a la marcha y métale al tambor, porque ya no viene ninguna revolución. Aunque para la sensatez hacer la paz hoy en Colombia es la tarea revolucionaria del momento.

Por estos días se rompen la cabeza los sabios de uno y otro sector para encontrar la salida que permita que los guerrilleros tengan garantías si quieren acceder al parlamento y para obtener la fórmula que demuestre que el país está en capacidad de salir del fuego cruzado sin someterse a los chantajes ni al terror o sin repetir la historia del Caguán. Otros se devanan los sesos porque aspiran a que se pueda dar una especie de borrón y cuenta nueva, con el pertinente malabarismo que implique cierto grado de impunidad, sin que se alboroten aquellos que aun justifican la desaparición física de la UP o sin que se genere una nueva cadeneta revanchista encarnada en la extrema derecha y sus naturales aliados criminales.

De otro lado, están quienes tiran cifras para sostener que el costo beneficio indica que todos ganamos más si estamos en paz y que los acuerdos sobre desarme son la base para retomar el rumbo del desarrollo sostenible con equidad, del crecimiento económico con criterio social y del progreso sin exclusión. Pero reconciliar un país, hasta no hace mucho polarizado in extremis; generar nuevas confianzas entre quienes se identifican con uno u otro bando enfrentado; o garantizar un camino de armonía y convivencia entre los diversos intereses y grupos de presión, es una verdadera epopeya. Imaginarse la dimensión de la tarea que comienza justo al día siguiente de la firma de la terminación del conflicto armado con la guerrilla implica saber que ahí comienza lo más difícil. Que sí se necesitaba talla de estadista es justo ese el momento de hacer gala de ella.

Cambiar el estado del arte para iniciar la reconstrucción de un país sobre lo deconstruido material y moralmente durante 50 años, por cuenta de unos actores armados que adulteraron el norte de sus sueños iniciales de transformar el mundo y lo suplantaron por el de destruir medio mundo, y un Estado indolente que contribuyó a alimentar el conflicto gracias a sus políticas excluyentes y a su miope decisión de defender a toda costa los intereses de unas élites minoritarias, no es una tarea de poca monta y requiere algo más que ser un visionario respecto de lo que se conoce como el postconflicto. Repensar el país, rediseñar la democracia y reinventar la equidad son apenas algunos de los instrumentos que habrán de considerarse, una vez se logren estampar las rúbricas de los abajo firmantes en el documento que dirá expresamente que cesó la horrible noche.

Es requisito sine qua nom para consolidar los acuerdos de cese al fuego, tener claro que después del apagón de fusiles se necesitan pinzas para generar las condiciones socioeconómicas y los marcos de referencia normativos que propenderán por el tránsito del país hacia un estadio garantista, o sea, las reglas del nuevo juego que velarán por que el país salga del letargo derrotista y de los cantos victoriosos que pendularmente amenizan el escenario nacional para pasar al del respeto por el otro, la igualdad de oportunidades y la transparencia en las decisiones que hagan sentir a los colombianos, aún al más pesimista, que a pesar de los surcos de dolores, el bien germina ya.

Y esto no tiene ciencia, aparentemente. Pero la ciencia está justamente en pensar en lo que viene. En ese sentido hay que reconocerle al presidente Juan Manuel Santos que si bien arregla cargas en su Unidad Nacional al incluir al Partido Verde en su equipo, lo que gana es precisamente un refuerzo en el tema en el que los demás partidos no le aportan mucho, el postconflicto. Ni siquiera el propio Lucho Garzón se puede desesperar porque no adquiera mucho protagonismo en la etapa previa a la firma del desarme. De hecho, su experticia en lo social no sirve mucho para un cronograma que tiene más de militar y de jurídico que de sociedad civil. El presidente ya sea porque es un estratega que hasta ahora estamos conociendo o porque es un chiripudo que como en el póker apuesta para ganar, sabe lo que se le viene y los aliados que necesita. Si hay algún partido donde se concentra el grueso de la gente que ha estudiado y promovido las alertas tempranas, como lo sugiere Sergio Fajardo, sobre el postconflicto es el Partido Verde.

Y Santos lo tiene claro. Aunque no se ve aún la luz al final del túnel en lo que hace a la firma del documento de cese al fuego, sí se le nota que la lectura de ciertos temas sobre la tercera vía y sobre el fin de la historia le han hecho comprender que el principal factor de inequidad y de falta de oportunidades es el acceso al conocimiento. Y Como mínimo el Presidente deja ver que está pensando en serio cuando nombra a Carlos Fonseca en Colciencias. Una entidad que no ha tenido mucha suerte en el pasado para sobreponerse a los espinosos asuntos de la burocracia o a los intríngulis del poder como cuando pusieron al frente de la entidad a alguien por ser hermana del mejor amigo del presidente. Nombrar una persona comprometida y con conocimiento en el tema de la ciencia es un acierto si el presidente piensa en el corto, mediano y largo plazo. Colciencias es el ente que por ley debe velar por desarrollar los derechos de los ciudadanos y los deberes del Estado en materia del desarrollo del conocimiento científico, del desarrollo tecnológico y de la innovación.

Y si de fortalecer una cultura basada en la generación, la apropiación y la divulgación de la ciencia se trata, Santos no pudo encontrar a nadie mejor. Fonseca es un convencido de que este es el momento de aplicar en las regiones el concepto de ciencia para la paz, la equidad y la competitividad. Quienes le conocen su trayectoria en el sector ambiental y en la academia saben que se goza filosóficamente la premisa de que la ciencia es para saber más y para el bien de la humanidad. En las reuniones con sus colaboradores, donde ejerce una especie de foro horizontal, siempre hay una recomendación sobre la lectura de un teórico en temas como la inclusión social, la equidad de oportunidades, el pensamiento estratégico y la construcción de democracia desde el conocimiento.

Santos acertó, por suerte o por estrategia, y ese debía su principal aprendizaje. De aquí en adelante los nombramientos deberían atender más los requerimientos del postconflicto y no tanto los de la reelección. Si quiere sembrar la paz, debe sembrar el conocimiento, como en este caso. Pero fundamentalmente debe sembrar confianza para que después de la firma de la terminación de la guerra, sus ministros y sus colaboradores sean personas comprometidas con la democratización de la política, del conocimiento y de la ciencia, de las oportunidades económicas y de los derechos ciudadanos. Así podremos cantar con la mano en el pecho y validar la frase de que fueron unos soldados sin coraza los que ganaron la victoria y que su varonil aliento de escudo les sirvió.

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