La cosa está clara, pero no deja de ser oscura

27 de febrero del 2015

“Nuevamente entraremos en esa especie de patria chica boba.”

Si los bogotanos no se toman en serio el destino de su ciudad, si no trascienden ese estadio bobalicón según el cual el voto de opinión pasa por el cedazo de escoger candidatos antisistema, o aspirantes outsider o incluso el de apoyar personajes que les permitan ejercer morbosamente esa vocación suicida del voto castigo, para encomendar ni más ni menos a quién debe regir los destinos de la capital, nuevamente entraremos en esa especie de patria chica boba que ha marcado los últimos años de esta pobre humanidad agobiada y doliente, de unos ciudadanos que han habitado y padecido los despropósitos de quienes coronaron alcaldía para utilizarla como bolsa de negocios familiares, o quienes la han tomado como tarima presidencial y han hecho de sus balcones una tribuna populista para avanzar hacia la toma del “poder popular” por vía teóricamente democrática.

Si quienes viven en la capital no abandonan esa indiferencia cómplice con quienes manipulan la opinión y marcan en las encuestas a partir de proponer soluciones sonoras, así sean irresponsables o insostenibles, si no se empoderan de una solución viable que propenda por un bienestar incluyente y ponderado, el inatajable proceso de ruina urbanística y desmoronamiento social, desgreño administrativo y empeoramiento de la calidad de vida de los capitalinos no va a tener reversa. Y si las elecciones para la alcaldía de Bogotá no adquieren un nivel de emergencia social y de compromiso de supervivencia colectiva para salvar a la ciudad por parte de los aspirantes y de los ciudadanos que los eligen, los candidatos a reemplazar a Gustavo Petro y sus electores no habrán hecho otra cosa que crear las condiciones para que todo siga igual o peor de lo que ha estado durante los últimos años.

Los egos, los intereses partidistas y las ambiciones personales lo único que hacen hoy es remar por la continuidad de esa seudoizquierda que sigue campeando en Bogotá con sus carruseles de la contratación, con su burocracia corrupta y con su no futuro garantizado por el éxito de aquellos dirigentes, otrora revolucionarios y románticos que hoy dan cátedra de clientelismo y exhiben orondamente que saben hacer y hasta mejor, o peor, lo mismo que criticaban en su discurso social cuando enarbolaban banderas populares o incluso aquello que pretendieron derrocar con las armas. Esa izquierda que se muestra orgullosa de alinearse internacionalmente y emular con los vergonzosos procesos de Cuba, Venezuela o Nicaragua y que no tiene empacho en defender personajes tipo Sadam Husseim o Kadafi en su coherencia ideológica.

Los candidatos a la alcaldía de Bogotá que pretenden dar un vuelco para frenar el despeñadero en que ha caído Bogotá ignoran que esa combinación mamertomafiosa condensada en la alianza sórdida de ayer entre Samuel Moreno y el expresidente Ernesto Samper y que supervive hoy en la de Petro con el samperismo, la cual se respira aún en el Palacio Liévano, y que con cierto cinismo aúpa como candidata a Clara López Obregón, solo se puede enfrentar si se supera esa feria de vanidades que impide construir el futuro de la ciudad con criterios de eficiencia y calidad, solidaridad sin populismo y propósitos de buscar la equidad con eficacia, con una visión sostenible del desarrollo, de cara al país bajo una concepción moderna de ciudad región.

Emergen entonces las propuestas de dos polluelos excandidatos a la alcaldía, Carlos Fernando Galán y David Luna, que autocráticamente asumen que su error fue insistir desde sus propias vanidades y no haber propiciado, como ahora sugieren, una alianza por Bogotá, que implicara reconocer que la capital requiere una gerencia y más concretamente un gerente para situaciones de crisis. Aceptan tácitamente que sus egos impidieron que una posición de centro hubiera salido avanti en las pasadas elecciones, que hubiera evitado la debacle que ha significado la llegada de un alcalde populista que terminó por sumir a la ciudad en el atraso con cuentos de que ayuda a los pobres, cuando en realidad lo que hace es utilizarlos y explotarlos en sus más bajos instintos, como poleas y engranajes de una poderosa maquinaria electoral.

Proponen estos excandidatos que los candidatos de centro, o decentes, hagan causa común y se midan en algún tipo de consulta popular para que se comprometan con sacar adelante a la ciudad, por encima de su propia aspiración. Piensan en Enrique Peñalosa y Rafael Pardo, aunque alguno le haga venia a Pacho Santos, más para no parecer excluyentes y no cerrarle definitivamente las puertas a un electorado que de todas maneras pesa en Bogotá, el uribista. Una importante cauda con la que coinciden en que los caminos que refrendan esa izquierda oportunista y corrupta serían el acabose para la ciudad, pero de la que los distancia precisamente que la corrupción y prácticas antidemocráticas de izquierda no se combaten con proyectos de derecha, porque el resultado sería el mismo solo que con otra etiqueta, sectaria y excluyente, que inevitablemente terminaría en corrupción y autoritarismo.

Peñalosa, que cada vez más se encuentra en una camisa de once varas dentro de la Alianza Verde, acepta la sugerencia de que haya una alianza suprapartidista para salvar a la ciudad. Esta vez el nombre del exalcalde bogotano es más un clamor de un sector ciudadano que extraña la Bogotá bonita que una férrea aspiración personal. De hecho, marca en las encuestas con un buen puntaje sin siquiera ser candidato. Y no parece querer mantenerse fiel a su partido, ya que Alianza Verde cada vez más se destiñe debido a que de alguna manera terminó tomada por el M19, que como un fantasma reencarnó en los Progresistas de Petro, y conocen muy bien el arte de tomarse las cosas por asalto. Tanto que sus candidatos, Carlos Vicente de Roux y Antonio Sanguino, incómodos pero disciplinados con su Alianza, se empecinan en mantenerse a pesar de que saben que por el camino que van repetirán la historia de Galán y Luna, al no declinar noblemente en favor del único que le hace contrapeso a esa izquierda mamerta, que ellos critican con coherentes y vehementes posiciones de centroizquierda. Quizás no sean capaces de encarar de frente al Petrismo porque alguna reverencia profesan.

Rafael Pardo ha sido poco receptivo con la propuesta y se puede equivocar porque su apuesta va un poco ciega hacia la consecución del apoyo de la Unidad Nacional. Y parece que no patina a leer bien las señales que envía Cambio Radical, que a todas luces no quiere que al presidente Juan Manuel Santos se le vaya a ocurrir compensar el voto de la izquierda que resultó tan útil para su reelección con la entrega en bandeja de plata de la alcaldía a Clara López. En este escenario le iría mejor a Pardo comprometiéndose con el pacto propuesto por Luna y Galán, con lo cual quedaría claro que su vanidad no es la que está en juego. Es más, el solo hecho  de aceptarla puede terminar por subirle unos buenos puntos ya que los bogotanos decentes verían que su seriedad y compromiso es a prueba de egos y eso le daría ventajas comparativas. Si dos personas serias, como Peñalosa y Pardo, con criterio de eficiencia y con posturas estudiosas como solución a la tragedia bogotana se le miden a una medición, se agrandan ambos. Y ese acto cualitativo redundaría en una proyección cuantitativa. Ambos ganan porque su aceptación lleva implícita la diferencia con lo que reina hoy, que no es para nada claro. Más bien es algo oscuro.

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