La hazaña de aterrizaje del avión criollo

16 de diciembre del 2012

Y entonces se desata la tormenta de mensajes: “Estamos próximos a aterrizar”, “Colocar sillas en posición vertical”, “Cerrar mesillas”, “Abrir completamente persianas de las ventanillas”, “Tener abrochado el cinturón de seguridad”, “Es prohibido fumar”, “Apagar cualquier elemento electrónico”, “Subir reposa-pies”. A juzgar por las voces afanadas, rápidas, ansiosas e imperativas que envían estos mensajes, la […]

Y entonces se desata la tormenta de mensajes: “Estamos próximos a aterrizar”, “Colocar sillas en posición vertical”, “Cerrar mesillas”, “Abrir completamente persianas de las ventanillas”, “Tener abrochado el cinturón de seguridad”, “Es prohibido fumar”, “Apagar cualquier elemento electrónico”, “Subir reposa-pies”.

A juzgar por las voces afanadas, rápidas, ansiosas e imperativas que envían estos mensajes, la sensación es clara: se está enfrentando una dura prueba, es la primera vez que se realiza tal proeza y por ello se toman extraordinarias medidas de seguridad que vociferan con nerviosismo las azafatas por los altoparlantes de la aeronave. Acto seguido éstas mismas se pasean afanosamente y en apresurados pasos insistiendo a los pasajeros, uno por uno, para que acaten el maremágnum de instrucciones que pregonaron previamente por el sistema de audio; los pasajeros poco disciplinados que no acatan las instrucciones son francamente escasos.

No es entonces de extrañarse que cuando el objeto volador –esta vez plenamente identificado, esperemos– aterriza, los pasajeros crispados de tanta advertencia (y además impregnados de un patético parroquialismo), solo les venga en mente aplaudir por la hazaña y cuasimilagro al que victoriosamente acaban de asistir. “No levantarse”, ruge la azafata, “hasta que el avión se haya detenido completamente”, “No desabrochar sus cinturones de seguridad”, “En el portaequipaje pueden haberse movido los objetos, su atención al abrirlos”, “Ya pueden utilizar de nuevo sus aparatos electrónicos”, “La temperatura exterior es de 15°C”; ¡uff!, finalmente algo amable y no angustioso en esta letanía: “Bienvenidos a la ciudad de Bogotá”, “Agradecemos el haber volado con nosotros”. Eureka, el avión aterrizó.

En esta avalancha incontinente de mensajes, ¿se habrán detenido a reflexionar que en lugar del estrepitoso barullo que provocan, el colocar música clásica, de ambiente, suave tranquiliza los espíritus? En todo caso en otras aerolíneas lo tienen claro y lo utilizan con estupendos resultados.

Es cierto que esta fase de aterrizaje es la más riesgosa del vuelo, pero también es bien conocido que la experiencia y los avances aeronáuticos la volvieron de gran rutina y de bajísimo nivel de accidentalidad. No, aquí la tripulación está concentrada en alterar la tranquilidad del pasajero, parece tener la intención de hacer consciente al pasajero que este momento del vuelo es peligroso; lo que importa es transmitir angustia, como si con ello se lograra algún cometido positivo o constructivo, como si el pasajero alarmado pudiese tomar parte de la operación, como si el desasosiego creado contribuyera en alguna medida a reducir el riesgo mínimo existente.

Esta es la rutinaria vocinglería en los vuelos en nuestra criolla aerolínea, que ya ni nuestra es, a lo que se debe añadir que si el vuelo es internacional la cabinera de turno –como deliciosamente se decía antaño– entona los mismos mensajes en un inglés de marcado acento e incomprensible fonética; no quisiera estar en estos casos en los zapatos –o mejor dicho, en los oídos– de un extranjero no hispanoparlante.

Otra historia es la que se vive en una aerolínea de los países del llamado primer mundo. Ahí, el aterrizaje es una fase normal, natural, se transmiten algunos mensajes, escasos; en particular, el piloto se dirige a sus pasajeros muy cortamente para indicarles que en quince minutos se aterrizará y agradece por la confianza depositada.

Tuve oportunidad en un reciente viaje de experimentar los dos lados de la moneda, y algo más:

Ya estaba el avión de la aerolínea primermundista sobre la pista de decolaje presta al despegue, el piloto detectó un fallo en el computador de bordo, e informó sin azaramientos que debido a ello se regresaría a la sala de embarque mientras se solucionaba el inconveniente. No escuché ningún clamor de los pasajeros, muy ordenadamente la gente tomó sus pertenencias y calmadamente abandonó el avión; no creo que a nadie le haya gustado tener que devolverse, sin embargo, el problema fue tomado como algo normal, dentro de lo posible, y la actitud tanto de pasajeros como de la aerolínea fue claramente de colaboración para resolver el tropiezo. Llegados a la sala del aeropuerto se nos informó que en diez minutos se nos daría un update sobre la situación del vuelo. Cosa que ocurrió en ese lapso, un nuevo avión haría la ruta una hora más tarde y please wait and apologize for the inconvinience. Cosa que ocurrió también y llegamos a destino.

No pude evitar extrapolaciones en mi mente ni apartar odiosas comparaciones sobre lo que hubiese ocurrido si de un vuelo criollo se hubiese tratado. No creo necesitar bola de cristal para predecirlo, pues ya he tenido esta experiencia. Lo primero, los pasajeros vociferando frente al hecho, acusando pilotos, mecánicos, azafatas, la aerolínea, maldiciendo a cada uno de estos con el debido recorderis de la ascendencia materna al menos tres generaciones atrás. Ni hablar de aquellos que altaneramente amenazan al personal de tierra recordándoles al mejor estilo de congresista: “A mí me busca una solución, usted no sabe quién soy yo”. Como si con esto la falla se solucionase. Del lado de la aerolínea mintiendo sobre la realidad de la falla y anunciando ambiguamente la solución; cada media hora informando a título individual y en tumulto en el counter que ya el problema se está tratando. Y la solución apareciendo tardíamente cuando no al día siguiente. Es nuestra peculiar manera de solucionar problemas.

Aunque el colofón sea superfluo, hagámoslo. De un lado, ante lo corriente o excepcional se viven momentos tensos, que se comunican al pasajero, tal vez, en un afán de mitigar la personal angustia de la tripulación; en cambio del otro lado, la misma situación se vive como algo natural sin ningún tipo de emoción, de aprensión, con la neutralidad de un hecho corriente, y se aplican procedimientos preestablecidos. Difícil no constatar que elementos claves en el manejo de la circunstancia son: el grado de cultura de los pasajeros, la capacitación de la tripulación y la operatividad de los procedimientos a seguir; ¡ah!, claro, y la transparencia de la aerolínea sobre lo que acontece, sin ocultamientos ni magnificaciones.

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