Leandro Díaz se quedó con nosotros

26 de junio del 2013

Por Ricardo Gutierrez Gutierrez Solo fue consultar un poco con mi memoria para evocar recuerdos de Leandro Díaz que me han permitido conocer la grandeza de nuestro folclor. El acervo magistral de su obra musical es inigualable por sus melodías, creatividad, sencillez y descripción de momentos, lugares o amoríos que disfrutó y vivió plenamente. Gracias a […]

Por Ricardo Gutierrez Gutierrez

Solo fue consultar un poco con mi memoria para evocar recuerdos de Leandro Díaz que me han permitido conocer la grandeza de nuestro folclor. El acervo magistral de su obra musical es inigualable por sus melodías, creatividad, sencillez y descripción de momentos, lugares o amoríos que disfrutó y vivió plenamente.

Gracias a la profunda amistad de Colacho con El Pregonero, tuve muchas oportunidades de compartir con ellos parrandas o conversaciones triviales en las cuales disfrutábamos de un hombre humilde que pienso estaba dotado de una inteligencia superior. Todas esas cualidades se reflejaron en su propia vida, su familia, su región y nuestra música vallenata.

En Alto Pino nació como “un retoño perdido” por su limitación. Sus padres lo trasladaron a Tocaimo donde creció acompañado de su guía permanente, un burrito, y en donde por primera vez se enamoró. Ella, una muchacha serrana,  hija de  una señora de “piel morena llena de ceniza” que lo despreciaba constantemente. Por esta razón le compuso la canción “La loba ceniza” grabada años después por Abel Antonio Villa, quien queriendo apropiarse de esa obra, le puso el nombre de La Camaleona.  Esta se convirtió en su segunda composición, la primera fue una canción rebelde que le hizo a sus padres, por expresa petición de su madre nunca se dio a conocer

Parrandear con Leandro era sinónimo de retozos y picardía. Hoy retumban en mi mente su risa constante, su mano frente a la boca cuando hablaba y sus salidas siempre inteligentes que fomentaban el ambiente bucólico que incitaba a la  compenetración sentimental de los participantes. Al escucharlo entendían que solo el -a través de sus historias reales con melodías propias, los  transportaba a vivir un manantial de emociones

Su obra musical es inigualable.  Todo lo de Leandro emergió de una manera natural.  Se inició como compositor en la Serranía, cuando sus padres regresaron a la Guajira después de vivir muchos años en Tocaimo, cerca de su amado rio. Se trasladó a Codazzi como guacharaquero de Calixto Ochoa, posteriormente se fue a San Diego donde con una  dulzaina amenizaba reuniones. En este bello terruño se especializó en la música mexicana y tuvo la oportunidad de conocer a personajes como El negro Calde, Emiliano Zuleta B, y otros que motivaron sus creaciones y con quienes compartía acompañándolos con su guacharaca. Nacieron entonces sus canciones, sus amores y sus desengaños como el de Carmencita a quien le compuso la famosa canción “Carmencita” grabada por Alfredo Gutiérrez y en cuya letra la nombra  en siete oportunidades.  Esta canción fue un desahogo para Leandro, esa bella mujer que conoció en La Paz “le destrozo el alma y perdió la fe” por eso a partir de ese amor frustrado “quiso a las mujeres pero con duda en el corazón” tal como lo expresó en su canción

Se nos fue Leandro, pero sus canciones llegan al corazón por el contenido profundo en melodías y letras, se quedan con nosotros para hablarnos del amor que hace posible todo lo hermoso. Me consuela su legado y saber que su producción musical fomenta la  cercanía de amores, mitigan lágrimas y ennoblecen recuerdos. ¡Eso da para vivir!

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