Los siete pecados capitales de Peñalosa que lo sacarán de la segunda vuelta

Peñalosa está a punto de darle la razón a quienes siempre han afirmado que es un pésimo candidato. Entender el subtexto de esta afirmación significa que puede que sea buen gerente, buen administr
Peñalosa está a punto de darle la razón a quienes siempre han afirmado que es un pésimo candidato. Entender el subtexto de esta afirmación significa que puede que sea buen gerente, buen administrador, buen alcalde y aún buen presidente, pero que no conoce las elementales reglas de juego del marketing político que le permitan venderse bien frente al electorado colombiano. O sea que no se trata de desviarse en el tema de los contenidos, de sí es políticamente correcto o correctamente político. Sí es de derecha o de centroizquierda, sí es uribista o antipetrista. Se Habla de que aún al reconocerle sus calidades como excelente funcionario o posible buen presidente por sus ideas innovadoras y su temperamento ejecutivo, lo que no sabe y quizás ya no supo nunca es traducir eso en votos. Es decir, en tener la capacidad para convocar a casi diez millones de colombianos para que voten por él. El primer pecado peñalosista no es, como algunos creen, la sobradez que aparenta o la antipatía cachaca que molesta a provincianos paisas y costeños. Es su timidez, que lo hace comportarse como alguien que se quiere alejar cuando lo que sucede es que ser estructuralmente tímido le impide acercarse. Por eso prefiere a los niños y los pobres, los negros y los desclasados, porque estos no lo intimidan. Pero frente a ricos y poderosos se tulle. Aparte de que siente especial repugnacia por los neopoderosos o nuevoricos y por aquellos que se creen poderosos por pertenecer a esa clase política que destesta la mayoría de los colombianos pero que en muchas ocasiones tiene que tragarse los sapos porque al final son los que pueden y toca rendirles pleitesía, como dicen las señoras. Peñalosa aborrece esos politiqueros que bien pueden verse representados hoy en Roy Barreras, Armando Benedetti o los Ñoños y Musas, como moda clientelista. El segundo pecado es no saber sumar. Acertó en no dejarse sacar a sombrerazos del Partido Verde y se la jugó por la consulta en condiciones de desigualdad y de marrullería interna, pero se equivoca al identificar quienes pusieron más de dos millones de votos de la consulta verde. Mató el tigre y se asustó con el cuero. No fueron los petristas porque lo consideran uribista. Ellos apostaron a John Sudarsky y a Camilo Romero, aunque por no ser incondicionales tampoco eran santos de sus devociones. Se aguantó las palizas internas y las descalificaciones y finalmente salió airoso en la consulta. Pero no hizo bien los cálculos. Esos dos millones de votos eran de antisantistas, antiuribistas y antipetristas. Y de los 500 mil votos de los verdes ni el 50% votó por Peñalosa. Basta sumar a Jorge Londoño, a Iván Name y algún otro no progresista para corroborar que los votos de Sudarsky y de Romero eran del partido mientras que los de Peñalosa no. El tercer pecado es desmarcarse a medias. Ganó por los antisantistas, los antiuribistas y los antipetristas, que no caben todos en un mismo costal pero le sumaron. Eso no significa que en los antisantistas no haya uribistas, o que en los antiuribistas no haya santistas pero en los antipetristas había buena mezcla de ambos. Peñalosa estaba en el mejor escenario para ser la opción no polarizada entre Santos y Uribe, y entre ellos dos y Petro. Pero no logró encontrar el equilibrio. Cuando comprendió que había que desmarcarse de Uribe apoyó el proceso de paz pero cometió un grave error, no se desmarcó del presidente Juan Manuel Santos. Había que mostrarse en favor de la solución negociada como lo hizo y atinó al anunciar que mantendría el equipo de La Habana. Pero no se distinguió en nada del proceso de Paz de Santos, que más allá de las buenas intenciones aún deja mucho que desear. Y ciertas claridades lo habrían colocado en una plataforma de ponderación que echan de menos los colombianos. Una paz que no habla de desarme puede ser corregible, como sustancial déficit en la propuesta santista. El cuarto pecado es nombrar jefe de campaña a la más reconocida antiuribista en el escenario verde. Sí había que desmarcarse de Uribe pero también del antiuribismo y en la práctica terminó abrasado por éste último. Esto generó el coherente aislacionismo para lo que pudiera parecer uribismo pero espantó a la gente que vio desequilibrio porque al tiempo se hacían esfuerzos por congratularse con Petro. Es decir, de frente le voltearon la espalda a sus electores en la consulta, por lo que mucha gente sintió que allí se estaba gestando justamente lo que Peñalosa no hubiera querido, una especie de fortaleza antiuribista, que además torpemente pretende ganarse los favores del electorado petrista. Y este no se ganará jamás porque el sectarismo no se deja seducir y al contrario tiende a arrastrar hacia la comodidad cantaletera. El quinto pecado es no distinguir entre prácticas politiqueras y actividad política. En afán de huirle a clientelismo y a los favores comprometedores, su campaña decidió no aceptar contribuciones económicas, cosa legítima en cualquier parte del mundo, y no colocar vallas por considerarlas contaminantes visuales. Semejantes radicalismos dignos de politiquería de izquierda, asustan a la gente que cree en la democracia desde contribuir con sus posibilidades según sus preferencias y revelan que el centrismo de Peñalosa es vulnerable a posiciones infantilistas de izquierda o de mamertismo ambiental. Renunciar a escenarios de propaganda visual con sentido cuasifanático es dejarle espacio a los contrincantes que saben que no estamos en Dinamarca y que si bien hay que construir cultura ambiental es mejor ejercer esa tarea como gobernante que como aspirante. Esa postura puede que no genere ni un voto y en cambio sí ha hecho perder la visibilidad que los otros han ganado. El sexto pecado es la ingenuidad política. Por haber sido afortunado al resultar elegido alcalde bogotano sin ser necesariamente producto de las maquinarias cree que la política en Colombia se hace con visiones urbanas y clasemediunas, donde el factor opinión es determinante. La provincia y demás capitales requieren algo más que eso. Sergio Fajardo le aprendió en el tema del voto ciudadano pero nunca renunció al debate y a la acción meramente política. Montar un equipo semipuritanista para manejar la sede de campaña y para que su staff inmediato parezca inmaculado es craso desperdicio electoral porque aisla líderes y activistas que suman votos. Y la sabiduría consiste en no confundir el ímpetu juvenil con la experiencia o creer que la bondad política no fluye de las prácticas democráticas sino de los compartimentos estancos salvaguardistas. Se puede hacer política diferente pero no marciana. Vale pregonar el No todo vale pero con lo que da la tierrita. Lo demás será constancia histórica, que resta. Y el séptimo pecado es la esquizofrenia. No se puede decir que no se es antiuribista y poner al frente de batalla a la más rabiosa antiuribista. Eso suma poquito y resta mucho. No se puede ser antipetrista y no expresarlo por no molestar a quienes en el partido creen que es imposible pensar progresistamente sin la bendición de Petro. Y no se puede ser antisantista y no confrontar con firmeza las políticas y decisiones gubernamentales que la Colombia que soñamos aún echa de menos. Ojalá la historia se encargue de dar un mentís a estas apreciaciones pero hoy Peñalosa electoralmente es autodestructivo. Y como dicen las mamás paisas, no tiene fundamento y eso lo convierte en fácil presa de los fundamentalistas. Ora es prouribe, ora propetro. Es un tecnocrata y seria buen presidente pero subestima la ideologia y eso en esta coyuntura es grave. Por sus pecados Peñalosa pasará a la historia como el gran despilfarrador de la voluntad de cambio. Y en tan poco tiempo es improbable remontar esta tendencia. Con razón ya muchos empiezan a decir: para esa gracia mejor malo conocido que bueno por conocer. O nos tocará otra vez con el menos peor...
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