Messenger se toma el diccionario

5 de diciembre del 2010

Esta semana, en la feria del libro de Guadalajara, se presentó la reforma a la ortografía de la lengua. Entre otros, se “unificó” el nombre de algunas letras (ya no es B larga, sino solo b; la v se llama uve) y le quitaron la tilde a la ó entre números. Quitando algunas reglas que pretenden facilitar el idioma y acercarlo más a nosotros, sus usuarios: las generaciones que lo usamos tanto para chatear como para hablar.

Sin embargo me pregunto hasta qué punto deberían la RAE y demás academias ceder ante la simplificación – incluso sistemática blasfemia – que hacemos diariamente del idioma. Mi pregunta es si, por ser eficientes, perderemos sutilezas semánticas que tienen algo de bonito y ritual. Personalmente, es en varios rituales – muchos inútiles– en donde encuentro placer.

¿Qué diría un japonés si le decimos que no moleste con su ceremonia del té, que requiere años de práctica, que es tan sencillo como meter el pocillo al microondas y echar una bolsita con aromáticas en el agua? Con seguridad saca una espada samurái y nos decapita. Diríamos lo mismo nosotros – latinos apasionados – si nos dicen, ¿Sabe? Deje el coqueteo de lado y vaya al grano. Olvídese de dedicar canciones, sufrir de insomnio, descubrir que lleva media hora pensando en esa persona cuando debería haber estado trabajando. Deje de hacer indirectas que nadie salvo usted entiende.  Nos da – me da – un ataque.

O el desayuno – la mejor comida del día. Podríamos olvidarnos del desastre de enmelocotar el plato con mermelada y mantequilla, de llenar la cocina de café. Es más fácil comprar una malteada proteica que nutra por igual – mejor, probablemente – y ya.

Es, obviamente, mucho más rápido decir q + en vez de “qué más” o nose en vez de “no sé”, mas hay una diferencia. Hay una diferencia en el esfuerzo que se pone en ello, en el empeño y el cuidado de encontrar la palabra adecuada. Ese empeño es, creo, un intento por decirle al interlocutor: “Estimadísimo, me parece que usted y mi conversación con usted son dignos de que yo haga un esfuerzo por ser correcta en lo que le quiero decir.” Así, resulta que no es lo mismo decirle a una niña “te ves bien” a “estás bonita”. No es lo mismo “estuvo chévere” que “estuvo mágico”. No es lo mismo decir pobre que paupérrimo.

Me asusta pensar que, impulsado por el intento de tolerar el pobre uso que hacemos del idioma terminemos por patrocinar el uso paupérrimo. Quizá la próxima reforma sea permitir el uso discriminado de la c, la s y la z y anular la Ñ – no todos los teclados la tienen. De pronto la palabra “feliz” se cambie por 🙂 y “triste” por 🙁 .

Estoy exagerando, lo admito. Admito también que soy suelo usar onomatopeyas y que mis discursos virtuales están plagados de emoticones. Pero tener a la RAE entre mis páginas favoritas y juguetear con palabras como “mayéutica” y “acápite” me enorgullece más: Así como el sabor de un inútil chocolate, disfruto conjugando el verbo andar correctamente: “anduvo”.

Puede ser pura palabrería, hipocondriaquismo idiomático de una oradora decimonónica atrapada en el siglo de la eficiencia. Pero, ¿por qué no reconocer en esos rituales – las tildes, las comas, la ortografía, la gramática – una herencia antigua que, mal que bien, es mucho de lo que somos? ¿Por qué no ver en ello una forma de identidad, de reconocer y respetar al interlocutor?  Es una forma de resistir a ser un robot más, que sepan quién y qué soy al menos porque puedo hablar bien, escribir bien.

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