No vale nada la vida humana

16 de junio del 2013

No vale nada la vida humana. / Columna de Fernando Fernández

Reseña crítica del libro “ Los pájaros de Auschwitz ” de Arno Surmisnki

 Conoce a Schiller y Goethe, le entusiasman Beethoven y el mundo de los pájaros.
¿Por qué no admite que podría ser un error construir un campo de concentración
y esos crematorios enormes?”
A.S.

La brutalidad nazi durante la II Guerra Mundial está en nuestros días fuera de discusión y casi cualquier disquisición sobre el tema cae en la repetición tediosa; triste que así sea, porque esa bestial manifestación de horror no ha de olvidarse nunca, por muchas razones, siendo la principal: el evitar que tal tragedia y atrocidad pueda repetirse. Muchas aterradoras estadísticas existen, entre ellas que seis millones de judíos fueron indolentemente asesinados en cámaras de gas por un solo pecado: el pertenecer a una raza “peligrosa”.

Uno de los más temibles campos de concentración establecidos por los nazis alemanes fue Auschwitz en donde se perfeccionó la “técnica de gasificación”, así como la logística de los procedimientos de conducción, transporte e incineración de la cosa humana. Arbeit macht frei (“El trabajo hace libre”) se leía en la gran inscripción de la entrada al campo de exterminio. El cinismo y perversión humanos colocados en superlativo grado de horror.

Y en ese tremebundo campo, y mientras esta degradación y menosprecio por la vida humana tenía lugar, un estudio fue parsimoniosamente llevado a cabo y publicado en una revista científica: “Observaciones sobre la fauna ornitológica de Auschwitz”. El escritor Arno Surminski, nacido en Prusia Oriental en 1934, se apoya en ese documento para escribir una exitosa novela “Los pájaros de Auschwitz”.

El ornitólogo Hans Grote, guardia del Reich, es asignado a Auschwitz, en donde efectúa estudios científicos de la avifauna del lugar; encuentra este sitio interesante debido a sus humedales y al paso de aves migratorias. Se le da como asistente/servidor a Marek Rogalski un joven polaco estudiante de Arte deportado en 1940 por razones desconocidas, para dibujar pájaros y disecar ejemplares de utilización didáctica en las escuelas. Estos dos personajes entablan una relación fructífera en el estudio emprendido y que, en lo personal, pronto se transforma en confianza mutua, a pesar de que el nexo es fuertemente jerárquico: de jefe a subordinado con posibilidad y derecho de acabar con la vida del asistente. Marek espera secretamente que su jefe le ayude a obtener la libertad, pero este solo tiene en mente las órdenes que recibe de la comandancia. “Protejamos a los pájaros, a los bellos y pequeños pájaros, que tan queridos nos son… pero habían olvidado el amor a los hombres”.

Marek, con prudente mutismo, capta bien la situación, y así se la expresa por carta a su novia Elisa: “El alemán con el que investigo la fauna ornitológica es, en el fondo, un hombre decente incapaz de matar a un pájaro. Sin embargo, si se lo ordenaran, podría matar personas. Él también cree en su ídolo de camisa parda, que dictamina lo que ha de suceder, quién debe morir y quién vivir. Han probado un gas nuevo con seiscientos prisioneros rusos, y ha demostrado tener un efecto fulminante. Mi ornitólogo también habría participado si se lo hubieran mandado. Tuvo suerte que se lo ordenaran a otros. Créeme todo radica exclusivamente en las órdenes”.

Consterna ver como en Auschwitz se estudia con dedicación y afecto los hábitos de los pájaros, sus migraciones, sus nidos, su alimentación, su variación de población, su densidad; desazona ver como un pájaro, que por azar ha estado encerrado por varios días en unos de los trenes en donde se atosigan los prisioneros, es considerado por el “estudioso” investigador como algo alarmante, ignorando completamente las vidas y atropellos de los cientos de seres humanos que han estado allí malviviendo inhumanamente. Es inevitable no ver el contraste entre los prisioneros que van a morir y la libertad y consideración de que gozan los pájaros en ese antro de horror, en donde no solo se asesinan masivamente seres humanos, sino que se exhiben, como escarmiento, en horcas públicas cuerpos colgados; y “los mirlos se han acostumbrado tanto a nosotros que se posan en la horca y silban mirando al ahorcado que tienen debajo”.

En un lenguaje sencillo, pausado, sin hipérboles logra el escritor adentrar al lector en un paraje de pesadilla en donde llegan exhaustos, maltratados, hambrientos y sucios miles de personas en atiborrados trenes, luego de lo cual son conducidos a trabajos forzados o, según la ocupación del lugar, llevados directamente a las cámaras de gas. La “solución final”. Una circulación de personal de lo más corriente y normal. Y ese método de narración sobria, sin exaltaciones produce más impacto, el horror no es narrado sino deducido por el lector.

La corta novela plantea tácitamente dos debates, cuyas  conclusiones  son dejadas al lector: la indolencia y la responsabilidad de la obediencia; ambos debates se encarnan en la actitud del investigador nazi Grote. La concreción del primero se evidencia en el aislamiento de Grote de todo aquello que visible y monstruosamente acontece a su derredor, esto le permite ignorar voluntaria o inconscientemente el drama del entorno para concentrarse en labores que considera más nobles: los pájaros. Con relación al tema de la obediencia, adopta el oficial germano el lema: “Las órdenes son las órdenes… cierra los ojos y ¡adelante!”. Esquiva la responsabilidad camuflándose en dictámenes superiores.

De esta manera la novela resulta, al tiempo que un pasaje histórico, una cruel y exacerbada metáfora de aquello a lo que los humanos nos confrontamos, en mayor o menor escala, a diario: dejar en manos de otros (gobernantes, dioses) nuestra propia responsabilidad ética.

Mis recomendaciones de lectura de esta impactante novela, de la que recojo a título de colofón esta tan verídica sentencia: “Lo que la naturaleza nos ofrece no es una opereta romántica, sino una lucha por la existencia”.

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