Pablo no alcanzó al Oscar

27 de julio del 2012

Se devanan los sesos los especialistas y críticos de televisión para explicar por qué un reality tan expresamente espectacularista como Protagonistas de nuestra tele ha desplazado en el rating a la serie de Pablo Escobar, el patrón del mal. Con supuestos descubrimientos o comentarios simplistas, que pretenden parecer agudas observaciones o profundos análisis, lo atribuyen […]

Se devanan los sesos los especialistas y críticos de televisión para explicar por qué un reality tan expresamente espectacularista como Protagonistas de nuestra tele ha desplazado en el rating a la serie de Pablo Escobar, el patrón del mal. Con supuestos descubrimientos o comentarios simplistas, que pretenden parecer agudas observaciones o profundos análisis, lo atribuyen al descaro de un canal para atrapar la atención de un público que busca sensiblería y exhibicionismo, como si la serie no lo hiciera o no se produjeran programas sobre la mafia, montadas en el morbo y las bajas pasiones del público colombiano.

El análisis de la programación de televisión, por superficial que parezca el medio, no puede ser tan pandito. Y no debería el televidente acostumbrarse a que los contenidos sean un tema tan ajeno y tan lejano, si no se quiere ignorar que la televisión también deseduca como lo ha planteado el chileno estudioso del asunto Valerio Fuensalida. Flaco servicio le prestan a la promoción de valores o a la construcción de pensamiento los analistas de televisión que no comprenden la realidad colombiana, sus contextos y sus entornos y se limitan a comentar banalmente el comportamiento de la audiencia.

La serie que pretende contar la vida obra y milagros del capo no puede dar más de lo que da. Una producción hecha con un criterio revindicacionista de las víctimas, desde la perspectiva subjetiva de quienes son cercanos a ellas no daba para reconstruir una historia con garantías de fidelidad a los hechos, o con suficiente distancia emocional que permitiera lo que el público colombiano esperaría, que le contaran la verdad monda y lironda de lo que no se conoce y no que le contaran otra verdad de lo que ya se conoce.

En cierto modo es comprensible el dolor de los familiares de las víctimas frente a la injusticia de la historia, que por cosas del destino y los temores hasta ahora solo han tenido que ver la versión de quienes de alguna manera hacen parte de los victimarios. Se conoce Mi Hermano Pablo escrito por Ël Osito Roberto Escobar Gaviria, El Otro Pablo escrito por Marina Escobar, una de las hermanas de narco y hasta al cine se ha llevado, con perdón incluido de los hijos de las víctimas, la versión de su hijo Juan Pablo, hoy llamado Sebastián Marroquín.

Pero la verdadera historia, esa que incluye la complejidad humana del capo, la complejidad social de un entorno que lo admiró y lo retroalimentó, la complejidad de una moral cristiana que jugó a la doble y luego lo persiguió. La complejidad económica que hizo que el fenómeno fuera aceptado en los bancos pero rechazado en los clubes, la complejidad política que aprovechó sin ningún escrúpulo sus desmedidas y enfermizas ambiciones, porque en esencia es la misma lógica de quienes ven la actividad política como negocio. Esa verdadera historia no se puede contar en televisión porque aún pisa callos y porque algunos de sus protagonistas aún viven y algunos aún deciden sobre la vida de los otros.

La historia del capo contada por la añoranza de las víctimas, apoyada en uno de los libros menos amarillistas que se han producido sobre el tema, La Parábola de Pablo, escrita por Alonso Salazar, exalcalde de Medellín, deja ver claramente la intención de pintar a Escobar como un engendro del mal, pero sus esfuerzos no lo logran porque no se ubican en contextos y entornos cotidianos creíbles. El afán de mostrar un niño desde pequeño poseído por la filosofía del mal deja de lado la premisa rousseauniana de que el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe, o intenta mostrar que ella se transmite por genes y no que son las circunstancias sociales y económicas, además de las sicológicas las que llevan a alguien a decidirse por el camino del mal, para ponerlo en los términos cristianos que subyacen en la serie.

El solo título de la telenovela El Patrón del mal lleva una innecesaria aclaración sobre el espíritu del capo. Refleja un esfuerzo por colocarlo del lado del mal, como si los hechos no fueran suficientemente explícitos. Seguramente si Mario Puzo o Francis Ford Coppola hubieran titulado su obra como El Padrino del Mal o el Mal Padrino habrían terminado desdibujando su narrativa porque al cargarse para mostrar un Vito Corleone malo romperían con lo complejo y lo ambiguo de la realidad y con sus contextos. Y eso se refleja en la expresión artística tanto de la literatura como del cine, y probablemente se ve más en la televisión.

En el solo nombre de la serie se intenta dar un calificativo a algo que todo el mundo sabe que es malo. Les faltó a los autores recordar que en Macondo la realidad supera la ficción y que no se requiere bautizar algo que con solo asomarse produce horror y menos intentar recrear con escenografía una realidad que en sí misma es cinematográfica. Pretender mostrar una madre que quería colocarle desde pequeño su impronta con frases más de Robert de Niro, que de maestra camandulera, como ¨cuando vaya a hacer algo malo, hágalo bien¨, es un sobreesfuerzo por mostrar que la maldad va en la sangre y ese cuento no se lo come nadie.

Haberse concentrado en mostrar un hombre malo per se, que come como un gamín, que es grosero y humillante con la mujer, o que desde pequeño sabía resolver con sentido de mala fe, llevó a los productores a conseguir lo contrario de lo que querían. A quienes se aspiraba a reivindicar no los muestra como héroes y no se consigue la admiración como prohombres, sino como unos obsesivos excluyentes y perseguidores gratuitos. Escobar queda casi como un tipo bonachón que tiene enemigos por todas partes y que se defiende con inteligencia, aunque en algo consigue mostrar su capacidad criminal.

Esa intención revindicacionista no logra, ni siquiera con el personaje, mostrar el talante arrollador, la firmeza en las convicciones morales o el carisma de caudillo y, hasta si se quiere, el temperamento mesiánico de Luis Carlos Galán, lo deja como un politiquero que no quiere perder elecciones y no cuenta con mucho fundamento. Por hacer notorio que Escobar encarnaba el mal se descuida la filosofía y los principios de quienes encarnaban el bien, para seguir con los mismos términos. Rodrigo Lara queda como un permanente acusador pero no se alcanza a mostrar su vocación social y democrática y el director de El Espectador se ve apasionado y olfativo pero poco riguroso con la objetividad y con los elementos probatorios del derecho que se exigen en el buen periodismo.

La serie no muestra nada diferente de lo que han mostrado El Cartel de los Sapos o Las Muñecas de la Mafia. No deja ver que haya un trabajo de investigación histórica en el que se vea la realidad del momento del país. Y eso aburre un poco. Y si aparece algo en el zapping se lleva al televidente. Lo que si deja ver es que compite en un escalón del rating con lo mismo de Protagonistas de novela, las bajas pasiones, los instintos primarios y el afán por contenidos escandalosos. Y en eso gana el más malo, o mejor el que mejor haga la mala televisión. Por eso no lo piensen tanto, Oscar le gana a Pablo porque atiza más los sentimientos básicos del televidente, que a pesar de todo lo que han vivido los colombianos, la audiencia prefiere eso.

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