Perlman vino, tocó y encantó

20 de febrero del 2011

Las dos presentaciones del violinista Itzhak Perlman en el Teatro Mayor de Bogotá el martes y miércoles quedarán en el recuerdo no solo de los asistentes que colmaron la sala, sino que ocupará lugar importante en la trayectoria  de ese escenario cuando dentro de años se revise la historia de los grandes músicos que de seguro continuarán viniendo a Bogotá.

Este comentario no se referirá en detalle a la interpretación de las obras que integraron el programa, por lo demás muy bien escogidas. Al inicio una sonata para violín y piano de la última famosa trilogía de Mozart la K454 (1784) y en seguida la No. 7 de Beethoven (1802). Qué buena oportunidad para comparar dos creaciones de estos grandes compositores, especialmente su diferencia en el carácter musical de las composiciones escuchadas, que tiene que ver con la personalidad de cada uno. Que cuál es mejor compositor, se preguntara algún lector. Pues habría que escribir todo un tratado y habría tantas opiniones que solo vale la pena destacar el contraste anotado.

Después del intermedio una obra menos conocida de un francés menos nombrado, pero que fue un niño prodigio como Mozart. Se trata de Camille Saint-Saens, de quien se escuchó su primera sonata opus 75 compuesta un siglo después de la que abrió el programa y cuyo contenido musical estuvo a la altura del gran recital. El adagio cantábile de Beethoven, fue para mí el mejor momento de la noche. Qué buena interpretación nos ofrecieron Perlman y el pianista Rohan de Silva en este segundo movimiento sin complicaciones técnicas para los instrumentistas, en la que demostraron lo que un par de  buenos músicos pueden hacer con un fragmento que en manos de otros podría pasar desapercibido. (En mis apuntes tengo “pagó el viaje” pues yo me había movilizado desde Cali).

Como contraste el allegro molto del francés, muy bien escogido como cierre del recital,  nos mostró al Perlman virtuoso, muy concentrado en  la difícil partitura. Después de la última nota, el aplauso cerrado justo premio de la actuación de esta pareja que ha tocado muchas veces en diferentes escenarios del mundo.

A Perlman no solo hay que escucharlo. Es necesario observar sus gestos durante sus presentaciones. Es parte de su encanto personal. Algunas veces sonríe y muestra su musicalidad en los temas líricos, otras veces toca de memoria agacha su cabeza y gira un poco el cuerpo hacia el público, también ayuda con sus gestos a acentuar ciertas notas que son vitales en la interpretación y cuando los pasajes rápidos exigen toda su destreza, su cara se contrae, aprieta los labios y tiene el momento para esbozar una sonrisa como diciendo esto me salió bien. Tal vez el mejor resumen estaba escrito en las notas de mano. “Es un tesoro para el público alrededor del mundo que responde no solo a su notable destreza artística, sino a la inconcebible alegría de hacer música que siempre comunica”

Y esta alegría la puso en práctica, al presentar con mucho humor cada una de las seis piezas como regalo a un público que permaneció embelesado escuchando a Kreisler, Gluck, una bella melodía de Williams y para terminar La Ronde des lutins de Bazzini, con sus pizzicatos en la mano derecha que dejaron a más de uno boquiabierto.

Silva, excelente acompañamiento, aunque tal vez con un poco más de volumen del necesario en la obra de Mozart.

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