Telenovisprudencia

11 de octubre del 2012

Recién terminó la telenovela de Valerie Domínguez y Juan Manuel Dávila, uno de tantos novelones en los que se ha convertido nuestra justicia. Y no era para menos, en un país donde la gente define su visión de la vida, de lo bueno y lo malo por las ocurrencias de un libretista en rating triple […]

Recién terminó la telenovela de Valerie Domínguez y Juan Manuel Dávila, uno de tantos novelones en los que se ha convertido nuestra justicia. Y no era para menos, en un país donde la gente define su visión de la vida, de lo bueno y lo malo por las ocurrencias de un libretista en rating triple A de uno u otro canal de televisión, así tiene que ser. Los medios, a fin de cuenta, tienen que vender pauta y eso lo logran cuando hay lectores, televidentes o radioesuchas. Pocas cosas obsesionaron más a los colombianos en los úlimos tres años que la linda carita de yo no fui de la reinita. Muy linda, hay que decirlo.

Confirmamos así nuestra herencia latina. No se nos puede olvidar que de todas las civilizaciones que se hicieron grandes en la historia humana, ninguna llevó el culto del dolor ajeno a tal grado de sofisticación, como el Imperio Romano. El famoso circo, comenzó con una idea que no era del todo absurda, vista desde su tiempo. Cuando dos criminales eran condenados a morir, se les daba la oportunidad de combatir hasta la muerte. El vencedor era indultado, asumiendo que tenía el perdón de los dioses.

Por supuesto el tema no terminó ahí. Los gobernantes entendieron el poder de comunicación que tenía la fascinación de la masa con el dolor ajeno y los horrores que vinieron después ya son historia. Tanto que luego de la destrucción del templo en Jerusalén, el tesoro fue destinado en su totalidad a la construcción del Coliseo Romano, que permanece aún para recordarnos —no quienes fuimos— sino quiénes seguimos siendo. Cualquier parecido con la ‘Fiesta Brava’ y el debate de la Plaza de Santamaría es pura coincidencia, aunque eso es para otra columna.

Regresando al caso de marras, nos quedan claras varias cosas: en nuestra justicia mediática de hoy, no el que tenga razón, sino el que mejor haga el papel de víctima, gana.  Los argumentos del juez para declarar la inocencia de la exreina, son a mi juicio un insulto a la inteligencia femenina, una pincelada más del cuadro que muestra un modelo de mujer linda, casta, ingenua y tonta. Esta de tonta no tenía nada. ¿O acaso alguien duda que si el escándalo no hubiera estallado, ella sería ahora socia de un cultivo de palma con riego de primer nivel como flamante esposa de un joven empresario? “Un buen partido”, como lo calificó Poncho Rentería.

Lo segundo es que por estar en la novela, perdemos la lección. Al convertir en delito lo que era una política de estado —dar subsidios a los agricultores, no solo a los pequeños sino también a los grandes—, tapamos el sol con el dedo.

Vivimos en un planeta sobrepoblado, donde la demanda de alimentos no tiene cómo reducirse, así haya crisis económica. Tenemos una enorme frontera agrícola, y gran cantidad de tierra subutilizada. Seguimos con la idea romántica del pequeño agricultor, cuando la mayoría de cosas que comemos no se pueden producir en forma competitiva en pequeñas parcelas. Basta mirar el ejemplo de Brasil, donde enormes extensiones tecnificadas de soya, maíz y caña, generan ya pocos empleos. Las máquinas aran, siembran, fertilizan y cosechan.

Lo que los latinoamericanos rara vez entendemos, es que para poder repartir riqueza, primero hay que multiplicarla. Conclusión: necesitamos un agro que produzca mucho en forma competitiva, que reciba subsidios para hacerse competitivo pero luego pague buenos impuestos y sobre todo un impuesto alto a la tierra improductiva. Por cuenta de eso se reconoce que el agua, la tierra y la infraestructura son de todos los colombianos, sin caer en lo que hizo Venezuela… odio al empresario, reparto de tierras, y toda la comida importada de Argentina.

Repartir la tierra no es la solución, ese es un galimatías jurídico a 15 años —con perdón de las buenas intenciones detrás de la Ley de Tierras— donde los únicos que facturan son los abogados. El problema es que tenemos concejos municipales, pero sobre todo un Congreso, de terratenientes. Ya sabemos que la reforma tributaria que se está tramitando, no los va a tocar. Como en la antigua Roma, los juegos distraían a la gente para que no se supiera lo que sucedía no muy lejos, en el edificio del Senado. Mientras tanto, la atención de los colombianos está en descifrar las lágrimas de la reinita inocente. Cocodrilo, ovejita, lobo disfrazado de ovejita…

Y es inocente, no tengo duda. No porque sea tonta y no sabía lo que firmaba, sino porque en ninguna parte del mundo es un delito recibir un subsidio, a menos que estemos hablando de una de las purgas de Stalin, donde hasta respirar era delito si él así lo decidía.

Pero no sigo con esta columna. Se está haciendo larga y no vaya a ser que me pierda el próximo capítulo de mi culebrón favorito.

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