Un gringo con suerte

3 de abril del 2011

En las palabras de José Eustasio Rivera, a Percy Fawcett “se lo tragó la selva”, junto con su hijo Jack y el mejor amigo de éste, Raleigh Rimell. El Amazonas brasileño también tuvo a bien engullirse a más de cien obsesos que fueron en busca del aventurero inglés, el último de los grandes exploradores victorianos. David Grann, autor de La ciudad perdida de Z es el más reciente de estos alucinados seguidores de Fawcett.

Al comenzar el libro, tememos que Grann sea el más fácil y suculento bocado para el Mato Grosso brasileño. Este periodista neoyorquino es blanco, regordete, se pierde con facilidad, y rehúye el ejercicio. El primer interrogante del libro es cómo habrá salido vivo para contar la historia. El gran misterio que Grann busca esclarecer es el más ambicioso de todos, el mismo que dominó la vida entera de Fawcett: En 1925 el aventurero inglés desapareció en el Mato Grosso brasileño tratando de cumplir el sueño de su vida: iba en busca de una ciudad que él llamaba Z, las ruinas de una civilización rica y avanzada que según él existió en el Amazonas. Fawcett, que se ilusionó leyendo crónicas de la conquista, creía que Z era el Dorado.

La ciudad perdida de Z comienza a atraernos con un poco de morbo selvático muy bien distribuido entre información de archivo. Al presentarnos su amplia investigación histórica sobre la vida de Fawcett y la historia de exploradores y conquistadores de la Royal Geographic Society, Grann no escatima detalle de las pestes que aquejaron a todo aquel que se internó en la selva buscando a Fawcett: desde la comodidad de su hogar el lector se puede deleitar con serpientes venenosas, heridas engusanadas, mordidas de murciélagos y ejércitos de chinches.

La calidad de investigador de Grann va tomando vuelo en una narración rica y amena que entreteje la vida familiar de Fawcett, sus viajes al Amazonas, y las expediciones que trataron de rescatarlo a él o al menos a su hijo. La última expedición la hace el mismo Grann, que se libra milagrosamente de un mal sino en sus pantalones cortos, y una mochila llena de objetos inútiles con que lo estafan en una exclusiva tienda de Nueva York para aficionados al camping con amplios presupuestos.

Aunque Grann es un perfecto inútil en la selva, y sobrevive gracias a su guía, es un magnífico investigador, capaz de ordenar la más variada información de una forma clara y amena: Grann consigue hablar con parientes del desaparecido Fawcett, hace uso de cartas, y de los copiosos diarios personales de Fawcett, siempre combinando detallados datos históricos con los más variados infortunios sufridos por los ambiciosos “a quienes picaba el bicho de Fawcett.”

Este libro tan ameno y que se puede disfrutar como una simple crónica, encierra algo aún más interesante. En él vemos cómo se forma y se crece un mito hasta convertir una región inhóspita en un imán irresistible para miles de aventureros a través de los siglos. Y el final vale la pena. No digo más.

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