Un madrazo para la buena salud de los colombianos

Si decir groserías es bueno para la salud, como lo afirma un estudio, en Colombia no deberíamos tener tantos enfermos. Aquí nos merecemos madrazos a cada segundo.

¿Y es que cuántos hijos de pu
Si decir groserías es bueno para la salud, como lo afirma un estudio, en Colombia no deberíamos tener tantos enfermos. Aquí nos merecemos madrazos a cada segundo. ¿Y es que cuántos hijos de puta puede haber en Colombia? Es imposible determinar un número exacto debido a su constante crecimiento, pero seguro hay muchísimos entre 48 millones de habitantes que poblamos esta inmisericorde tierra. Richard Stephens, psicólogo de la Universidad de Keele, Inglaterra, asegura en un estudio que se acaba de conocer que decir groserías alivia rápidamente el dolor. Así las cosas, podríamos decir sin censura que los de las FARC son unos completos hijueputas, ¿no? Pero hay que decirlo: los hijueputas no son solo los que cargan fúsil y hacen explotar bombas sino también los que te roban el celular y los impuestos o los que te cierran mientras vas manejando. Todos esos son unos hijueputas, unos malparidos, unos “care vergas”. Es un problema tener que decir tantas groserías para estar mejor. De verdad me disculpo. No suelo espetar -mucho menos escribir- malas palabras, pero es que escupir vulgaridades de ese calibre, en la calle o en internet, “reduce la irritación”. “Y la verdad -como escribió Juan Esteban Constaín en una reciente columna- es que todos hemos pisado alguna vez la trampa: todos, en mayor o menor grado, hemos dejado que de nuestra boca o nuestros dedos vuelen las moscas, arrastrados por el espíritu de turba que en ocasiones caracteriza a las llamadas ‘redes sociales’”. En Rusia sacaron hace poco una ley que prohíbe las groserías en los medios de comunicación, en las películas y en el arte en general. Aquí hay programas, novelas y realitys de Caracol y RCN que son una completa grosería, aunque eso es otro tema. El punto es que ojalá en este país nos agrediéramos solo con palabras y que no tratáramos de usar siempre la fuerza estúpida (no bruta) para resolver afrentas. Tal vez así sí seríamos uno de los países más felices del mundo. Incluso a pesar de que hasta las groserías nos diferencian. Un “marica” o un “güevón” del estrato seis dista mucho de un “gonorrea” o de un “pichurria” del estrato uno. No hay que creer ciegamente en esos estudios que ahora proliferan en internet y que a cada rato se reproducen en radio. Sé lo mínimo del caso: que una grosería, como cuando se celebra un gol, puede ser liberadora. Una grosería es un desahogo hasta en la intimidad. “¿Usted cree que decir groserías disminuye el estrés?”, preguntó La W este jueves. Yo contesto que mandar a la mierda a alguien es mejor que escuchar el estruendo de una pistola. Un madrazo a cambio de una bala. Esa sería una linda campaña. La gran conclusión es que si a cada rato nos dan ganas de gritar improperios tal vez sea porque esta violencia que nos aflige todavía no ha acabado de enloquecernos En Twitter: @javieraborda  
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