Unidos por el dolor

17 de enero del 2011

Parece una cruel ironía que a esta sociedad colombiana, tan estratificada, la pueda unir el dolor. Pero la verdad es que todos tenemos grabadas las imágenes de los desconsolados padres de Mateo Matamala y de los compañeros de él y de Margarita Gómez. No es fácil comprender cómo se pierden, sin explicación distinta a la violencia de este país, unas vidas de jóvenes llenos de ilusiones, de ganas de vivir y de trabajar por Colombia. Pues ese mismo dolor es el de muchas familias pobres, el de las madres de Soacha que también perdieron a sus hijos en circunstancias aún peores: engañados con la posibilidad de un trabajo y asesinados para ser mostrados como trofeos. Los presentaron como guerrilleros muertos en acción, para obtener reconocimiento y prebendas, con el agravante de no tener el apoyo económico necesario para enterrarlos dignamente.

La universidad de los Andes, donde se educa gran parte de la elite nacional, se ha estrellado contra la realidad de esta sociedad que no logra vivir en paz. Y sin duda, sus directivos y sus estudiantes entenderán la importancia de no solo formar a los mejores CEO’s de Colombia, los financistas más hábiles, los mejores tecnócratas del país, sino la necesidad de aportarle a esta sociedad líderes que ayuden a cambiar el destino de todos, intérpretes que contribuyan a entendernos y buscar salidas civilistas en este convulsionado mundo colombiano. No es verdad que se haya alcanzado la seguridad en todo el país. Los innegables logros aún no son suficientes  y siguen existiendo territorios vedados para el ciudadano común, dominados por las mafias, por los delincuentes, por los narcos, por las Bacrim y por la guerrilla. No basta con ayudar a construir riqueza si no se influye sobre el norte de un país, sobre los verdaderos valores para la convivencia pacífica, si no se ayuda a distribuir la riqueza y los beneficios del desarrollo.

Es esta una oportunidad, demasiado dolorosa sin duda, para que pobres, ricos y clases medias hagamos un pacto por la paz y nos comprometamos desde todos los espacios posibles a construir esa nueva sociedad que todos sin excepción queremos. El tema del conflicto y de la violencia no es solo responsabilidad de las Fuerzas Armadas y del Gobierno o del Estado en general. No es posible vivir aislados, así se cuente con mucho dinero, y esa es la dura lección que todos hemos aprendido. No hay guardaespaldas suficientes para proteger cada minuto de la vida de aquellos que pueden financiarlos. Llego el momento de que los sectores privilegiados se unan con los campesinos a los que asesinan cuando se les devuelven sus tierras; con los desplazados, con los damnificados por el invierno, con las poblaciones marginadas de las ciudades, para trabajar de manera solidaria en buscar la convivencia pacífica.

No hay países distintos en Colombia, todos de una manera u otra podemos ser víctimas de los males que acechan al país. Que se abra un diálogo honesto entre todos los sectores sociales para que se apoye al Estado, se le procuren ideas, y sobre todo, se elaboren consensos para que de manera conjunta se construya una nueva etapa en la vida nacional. Hasta ahora, el diálogo ha sido segmentado y en muchos sectores no se entendían los gritos de dolor de los pobres, de las clases medias donde se han concentrado las víctimas de este conflicto. Aprovechemos esta terrible circunstancia, el asesinato inexplicable de Mateo y Margarita no solo para unirnos en el dolor sino para actuar.

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