“¿Usted sabe quién soy yo?”

“¿Usted sabe quién soy yo?”

18 de mayo del 2019

Caminar por andenes, carriles y plazas de Madrid constituía una ocasión sin par para conversar y callar, mirar y sentir, gruñir, reír. Todo se convertía en motivo de parleta y palique, sin prisas ni horas. Era un mar sin orillas, un arrume de recuerdos y disfraces. De ahí que un viernes, en compañía de mi amigo Sireno, español de Valladolid, tomara por la madrileña calle de Prim, densa y sensible, hacia el paseo de Recoletos. Gentes de apariencias diversas y expresiones contradictorias se alejaban o acercaban en romería graciosa. Súbitamente, un anciano, de mirada calma y expectante, se aproximó en actitud de búsqueda: “¿Usted sabe quién soy yo?”, me preguntó.

Mi reacción inicial fue de desconcierto y cuestión, pero alcancé a preguntarme si sabía quién era y contestarle que nunca lo había visto. “Lo siento, pero no lo sé. ¿Quién es usted?”, fue mi respuesta-pregunta, habiendo buscado exponerla con extrema delicadeza por la elevada edad del súbito interlocutor y suponer que algo indescifrable se traía. “Yo tampoco sé quién soy”, dijo con naturalidad, y siguió su andar mientras Sireno y yo lo acompañábamos, mudos, con la mirada y los ojos casi encharcados por la emoción que nos habían despertado sus palabras, inesperadas y demoledoras. Lo vimos alejarse y perderse. Pero el venerable no iba solo: nos había robado el alma y la paz.

Los dos, aún con el eco de la contestación, volvimos sobre nuestros pasos y dimos algunos en medio de un silencio que provenía de bien adentro y nos derrumbaba, sin saber si obedecía a los mismos motivos. Estábamos en shock, con las sinapsis estremecidas y con arrugas en lo que nos restaba de corazón. Nos resistíamos a conversar acerca del episodio de más contundente existencialismo que habíamos vivido en años: “Yo tampoco sé quién soy”. ¡Puf!

Llamará la atención tal impacto en dos adultos, no tan curtidos como quien nos interpeló, pero con los calendarios necesarios para habernos protegido del efecto provocado. Lo del anciano representaba un asomo de las circunstancias que podrían envolvernos en los años en perspectiva, un avance del cáliz que Cronos nos tendría en la meta de llegada si continuábamos sobre sus estepas pegajosas y tramposas.

No salía de la sorpresa, casi estupor. Lo primero que supuse con la pregunta fue que se trataba de alguien célebre en un campo de la densa actividad humana que buscaba ser reconocido y obtener, de parte mía, unas palabras del estilo de: “¡Claro que sé quién es usted! ¿Cómo no iba a saberlo? Usted es, ni más ni menos, el señor que…”. Hubieran llenado de optimismo y alegría el otoño del patriarca. Pero, en verdad, no sabía absolutamente nada. “Lo que yo hubiera esperado en caso de haberle preguntado quién era”, dije a Sireno, “era que me respondiera ‘Yo soy Fulano de Tal, conde de…, presidente honorario de…, el inventor de…’”, no la dramática lección escuchada en la calle, convertida, por amaños impenetrables, en aula abierta para Kierkegaard o Sartre.

“Cuando afirmó que no sabía quién era”, indicó Sireno, “¿respondería por nosotros? Quiero decir, ¿hacemos nuestras sus palabras? ¿Un día diremos algo igual? Porque yo, al menos, a veces tampoco sé quién soy. Cuando me preguntan quién soy, lo único que se me ocurre contestar es ‘Soy Sireno Calvo de la Pava”, y siento que lo he dicho todo, todo. Es una pena”.

Me pregunté si Sireno decía “pena” porque el viejo anónimo era un enfermo de la mente y vagaba cual perro callejero, o porque hubiera llegado a la cumbre de los años ignorando quién era. ¿Qué quiso significar el furtivo interlocutor? ¿Qué ocultaba o revelaba? Eran interrogantes que nos daban vueltas, a manera de satélites, alrededor de las testas de ambos. “Habrá perdido la noción de su identidad por una enfermedad degenerativa”, apunté. “¿O quiso decir que luego de tener tanto nombre en la vida, ahora, al final, no tiene idea de quién es? ¿Será que duda de ser un humano? ¿Se creerá una bestia?”. “Quizás se crea ángel o demonio”, supuso Sireno. “Cadáver o cenizas…”, aporté. “Dios o Satanás”, complementó el vallisoletano.

Lo cierto es que el anciano, con su incertidumbre, con su confesión adolorida y brumosa, nos había proporcionado maná para intentar tener claro qué sugería en la respuesta.

Tal vez nunca sabremos, tampoco, con certeza plena, si aquel huésped de Prim era un paciente de la vida o un filósofo de la muerte. O la muerte misma.

INFLEXIÓN. “Voy en la punta del río / de la vida donde estoy. / No sé para dónde voy / y si el ir tiene sentido”.

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