Venezuela, lloramos por ti

Venezuela, lloramos por ti

3 de Agosto del 2017

Cada día son más dolorosas y graves las noticias desde nuestro vecino; nos duele el país hermano y lloramos por él. Creíamos que las dictaduras y las tiranías eran cosa del pasado en América Latina, pero no es así: Pérez Jiménez, el último de los dictadores venezolanos, representó una versión suave de lo que en la región fueron los dictadores militares del siglo anterior, comparado con lo pueda venir en el atribulado país a partir de la nueva constitución corporativa anunciada. En Venezuela se acumulan muchos problemas a la vez: caos político con dos sistemas de gobierno simultáneo —uno desde el palacio de Miraflores y otro desde la calle y la Asamblea—; violencia descomunal, no solo por la represión a las marchas de la oposición, que ya ha cobrado más de 120 vidas, sino como producto de la inseguridad ciudadana, una de las más altas del mundo; pobreza extendida a la mayoría de una población que hasta hace unos años gozó de una prosperidad envidiable; desabastecimiento de alimentos y ruina económica expresada en casi todos los indicadores, en un país que posee las más altas reservas de crudo; falta de medicinas y de elementos para diario vivir, entre otros. El panorama no puede ser más desolador.

La anarquía se apoderó de nuestro vecino: en menos de diez días, dos elecciones, una promovida por la oposición con participación de cerca de 8 millones de electores, y otra, organizada por Maduro, con menor participación, pero demostrando una ruptura, que podría llevar a una futura confrontación civil y militar sin antecedentes. No se entiende cómo hasta ahora el país no se ha despedazado y cómo ha resistido en medio del hambre y la incertidumbre política. ¿Hasta dónde podrá aguantar el régimen en condiciones tan difíciles de impopularidad y de aprietos económicos?

La oposición es amplia, pero está demasiado fragmentada; en cierta forma ha funcionado a través de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD); no se destaca un líder único, pero existen figuras importantes, cada una cumpliendo la tarea de aglutinar y movilizar partes de la población. Debe destacarse la actitud valiente de la ciudadanía y, sobre todo, su espíritu democrático, al enfrentar desde la calle a un régimen insensible, armado y atado firmemente al poder, no con el propósito de avanzar en el Socialismo del Siglo XXI, sino probablemente por el temor a salir a confrontar procesos judiciales en los tribunales internacionales.

El problema político de Venezuela no comienza propiamente con Nicolás Maduro; él es parte de un tinglado que tuvo que improvisar Hugo Chávez en medio de una enfermedad terminal que le impidió completar su sueño. La escogencia de un sucesor fue difícil por la cantidad de intereses disímiles entre sus fuerzas, comenzando por los militares, situación que se ha perpetuado y hoy es más visible con casos como el de la fiscal general, el vicepresidente, el general Miguel Rodríguez y los comandantes de las Fuerzas Militares, Diosdado Cabello —expresidente de la Asamblea—, Elías Jaua, los hijos y hermanos del propio Chávez y dirigentes regionales. En realidad, Maduro fue en el momento un mal menor, pero de ninguna manera podía ser considerado un hombre de Estado, a pesar de haber ocupado la Cancillería durante algún tiempo. Hoy parece atrapado por una jauría de aparentes aliados, que en el fondo desearían disputarle el poder.

Chávez fue sin duda un líder sagaz, que además contó con la tutoría permanente de los hermanos Castro y con los mejores precios de petróleo, que le permitieron financiar los proyectos de construcción del modelo “Socialismo del Siglo XXI”, no solo en su país, sino también en la comunidad internacional. Dentro de Venezuela, Chávez repartió fondos por doquier, enriqueciendo a la cúpula cercana, comenzando por los militares, y creando un fuerte sistema de subsidios que, de paso, permitió sacar a parte de la población de la línea de pobreza, por lo menos durante algún tiempo, y organizó las milicias bolivarianas armando a sus adeptos. El dinero del petróleo circuló a borbotones, facilitándole liderar la Unasur, crear el grupo de países del Alba y manejar, a base de prebendas y de donaciones, un séquito integrado por varias naciones caribeñas y de América del Sur. Ese sueño se desplomó en manos de Maduro, cuando los precios del crudo se vinieron a tierra, perdiendo más de la mitad de su valor.

Chávez festinó los recursos de su país, lo embarcó en una serie de proyectos díscolos, dividió al pueblo, destruyó la economía, permitió la corrupción de sus más cercanos colaboradores y se inventó un modelo político inviable, del cual hoy no queda sino el sentimiento de antagonismo entre sus seguidores y el resto de la población. Su legado es desastroso y, sin duda, él fue el principal responsable de la catástrofe que hoy sufre Venezuela. Maduro fue y sigue siendo una figura impuesta, sin mayor autonomía ni capacidad de liderazgo.

Como Colombia y Venezuela no solo son vecinos y comparten una frontera de casi 3.000 kilómetros, sino que han estado ligados desde el comienzo de la época republicana, cualquier movimiento sísmico allá repercute en nuestro país. Además, ambos países son producto del sueño americano del libertador común, Bolívar, a quien “Caracas le dio la cuna y la Nueva Granada le dio la gloria”. Las diferencias y la vecindad aportan ventajas, pero a la vez crean dificultades. En lo político y lo diplomático, la relación entre nuestros países ha sido problemática, particularmente con algunos mandatarios; el tema de límites no ha estado exento de controversias y reclamos; compartir las aguas del golfo de Maracaibo (para Colombia de Coquivacoa) no ha sido fácil. En los últimos tiempos, la relación Chávez-Uribe llegó a momentos de mucha tensión, inclusive de amenazas; lo mismo ha sucedido entre Santos y Maduro. El favorecimiento de Venezuela a las guerrillas ha causado malestar en Colombia, y Venezuela reclama a su vez por la injerencia de los paramilitares en asuntos internos; el narcotráfico es otro factor de perturbación en las relaciones y continuará siéndolo. En medio de esas dificultades, se debe reconocer que el presidente Santos y su canciller han manejado con cautela las diferencias, con la dificultad que significa el compromiso nacido de la mediación venezolana en las conversaciones con las guerrillas.

Una cosa es la política gubernamental y otra son los pueblos. En las fronteras de Norte de Santander, La Guajira o Arauca no existen muchas diferencias entre habitantes de un lado u otro; por años han transitado como si vivieran en una patria compartida. Venezuela fue generosa con los millones de colombianos que traspasaron la frontera para radicarse en ese país, buscando mejores oportunidades de trabajo o condiciones de vida. Hoy, la moneda gira y somos nosotros los que debemos mostrar generosidad con las familias que se desplazan hacia territorio colombiano en búsqueda de sustento, de trabajo, de servicios médicos o de refugio político. Los colombianos tenemos una deuda con nuestros hermanos venezolanos, y ahora tenemos la oportunidad de mostrar una actitud noble y ayudarlos. No es asunto fácil, pero la ayuda debe organizarse en las líneas que el Gobierno viene definiendo, evitando caos o desorden. A pesar de las diferencias, seguimos siendo hermanos.

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