Beda el Venerable

25 de mayo del 2011

La primera mitad de la Edad Media, que se llama la Alta Edad Media, es uno de los períodos peor documentados de la historia de Occidente, debido una conjunción de varios factores que causaron que carezcamos sensiblemente de fuentes. Esa carencia es en gran parte la culpable de que algunos le sigan llamando la edad […]

Beda el Venerable

La primera mitad de la Edad Media, que se llama la Alta Edad Media, es uno de los períodos peor documentados de la historia de Occidente, debido una conjunción de varios factores que causaron que carezcamos sensiblemente de fuentes. Esa carencia es en gran parte la culpable de que algunos le sigan llamando la edad oscura o del oscurantismo a un período en el que el sol no salía menos horas del día que ahora, y en que finalmente, todo era luz, todo era Luz. De todas formas, algunas cosas sabemos con relativa certeza de la Alta Edad Media: que la caída del Imperio romano dejó a Europa sumida en la más honda de las crisis, con los caminos abandonados y los pueblos incomunicados, el comercio con Oriente muerto del todo, la Iglesia Católica en crisis general, y el clero regular ensimismado y encerrado en unos monasterios literalmente perdidos en el bosque. Es decir: la gente trabajaba duro, viajaba poco, iba a misa con verdadero terror y comía sin sal ni pimienta. Pero también sabemos que algunos de esos monasterios lograron sobrevivir la depresión apocalíptica en que casi todos estaban sumergidos, y que en uno de ellos, el monasterio de San pedro en Northumbria, cerca el pueblo de Monkwearmouth, vivió Beda el Venerable.

En realidad, cuatro fueron los monjes que habitaron cuatro monasterios y sin los cuales es difícil imaginar cómo Europa habría podido salir del pozo en el que estaba en esa época: Boecio y Casiodoro en el siglo V, Isidoro de Sevilla en el VII, y Beda el Venerable en el VIII. Ellos cuatro son los padres fundadores de la Edad Media, los que marcaron la pauta del pensamiento de los siguientes siglos y los que rescataron la parte más importante de la tradición clásica, de la que no quedó mucho más cuando las hordas bárbaras finalmente se acabaron: las artes.

Todo lo que los Europeos habrían de saber de Aristóteles hasta bien entrado el siglo XII, lo supieron por medio de Boecio, que rescató las definiciones y los principios que habrían de ser la base de la escolástica, siglos después, cuando Tomás de Aquino escribiera su Summa. Pero entre esos cañonazos aristotélicos Boecio coló uno que en comparación parece menos importante, pero al que ahora posiblemente le debamos que no todo el planeta sea un campo de batalla, o un enorme centro comercial, o una fábrica de acero: la música. Más exactamente, el ideal griego del hombre musical, porque los griegos, en cuanto a la música, y a diferencia de tantas otras disciplinas, lo imaginaron todo, aunque no llevaron a cabo casi nada. Para eso había que esperar casi dos mil años a que Johann Sebastian Bach se tronchara un pie y se quedara tres meses en cama estudiando la obra de Arcangelo Corelli. Pero Bach seguramente se habría dedicado a la ebanistería de no ser porque los griegos imaginaron al hombre musical, a la persona que participa de la armonía universal.

Isidoro de Sevilla, por su parte, nos dejó las siete artes liberales, el trivio y el cuadrivio, como la base del conocimiento universal, sobre la que mal que mal aún están basados los pensum de las universidades. Casiodoro, no menos despierto, impuso a los monjes del monasterio de Vivarium una regla que habría de inspirar todas las reglas posteriores, la benedictina y la franciscana, en que el cronograma incluía buena parte de la tarde en el scriptorium, copiando manuscritos. La máquina de Gutemberg no fue más que un salto tecnológico, aunque un salto grande; pero los libros, el culto de los libros, se lo debemos a Casiodoro.

Y al lado de esos tres, estaba Beda el Venerable, que historió la vida de los anglos, que juntó en su monasterio la biblioteca más grande de Europa, que ordenó el despelote en que los romanos habían dejado el calendario, que le apuntó la cosmografía y la astronomía en la dirección en que la recibimos hoy, y que, sobre todo, instauró los cuatro niveles de interpretación de la exégesis bíblica medieval: literal, metafórico, alegórico y anagógico. No parece gran cosa, dado que a pocos hoy los desvela la exégesis bíblica, pero bien mirado, incluso quitando del medio la historia del cristianismo, a Beda le debemos la Divina Comedia, el Arte de la Fuga, los cuadros de Brueghel, las catedrales Góticas y la Piedad de Miguel Ángel, cosa que sin duda le merece el apelativo de Venerable.

La historia no profesional, la de los colegios, la de las electivas universitarias, la de los libros de divulgación y las novelas históricas, se empeñan en pintar la Alta Edad Media como un bosque peligroso en el que siempre es de noche y en el que todos viven aterrorizados a la expectativa de la ira de Dios, o del señor feudal de turno, o del abad del monasterio local, sus ideas censuradas, sus pasiones castigadas. Por más aspectos en que esa pintura sea errónea y simplista, los hay en que no lo es tanto, aunque por motivos diferentes.  Y sin embargo, esos siglos en que nadie salía de la casa, y en la casa nadie se bañaba, y el baño nadie cometía pecados, nos dieron a estos cuatro sabios, de los que es difícil encontrar qué no les debemos. ¿Cuánta más luz hace falta?

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