Bedřich Smetana

Bedřich Smetana

2 de marzo del 2011

La historia del pueblo checo ha sido, durante los últimos mil años, la de un pueblo de paso, puente entre el Occidente y el Oriente de Europa, y todas las obras de sus artistas, escritores y compositores pueden verse hasta cierto punto como producto de esa polarización. Después de la caída del Imperio Romano, hacia el siglo V, se formó el Reino de Bohemia, con capital en Praga, que pronto pasaría a hacer parte del Sacro Imperio de Carlomagno, en el siglo IX, momento en el que inició un largo período de auge económico y social que habría de culminar cinco siglos más tarde en el reino de Carlos IV, aún la principal figura de la historia de los checos. Ya en el siglo XIX, cuando cayó el Sacro Imperio, Bohemia pasó a ser parte del Imperio Austro-húngaro, y entonces, esa región que siempre había sido vista como el límite oriental del Occidente europeo pasó a ser un lugar central en el mapa de la producción cultural europea. De aquí que los escritores de esa época, como Rilke, Kafka y Jan Neruda, poeta del que Pablo Neruda tomó su pseudónimo al visitar el cementerio de Praga, escribieran en inglés, ya que incluso habiendo nacido en Praga, estuvieron culturalmente más cercanos a Viena. Sólo una vez concluida la Primera Guerra Mundial, cuando cae el Imperio Austro-húngaro y se funda la República de Checoslovaquia, empieza a nacer una literatura de identidad checa y escrita en checo, en que Kundera vendría siendo un tímido precursor y Hrabal su máximo exponente.

En música, tal vez porque ésta no está subordinada al idioma hablado, un fenómeno similar ocurrió casi con cien años de anterioridad. La producción musical de Praga estaba tan subordinada a la de Viena como su literatura, y prueba de eso es que el primer compositor checo importante, Johann Hummel, es prácticamente un compositor austríaco. La siguiente generación, sin embargo, dio a dos compositores que ya estaban pensando en un lenguaje musical auténticamente checo cuando Kafka seguía escribiendo en alemán. El primero de ellos, Antonín Dvořák, inauguró en Praga lo que Rimsky-Korsakov ya estaba haciendo en Rusia y lo que Bartók y Kodály habrían de hacer en Hungría unos años después, que era buscar en la música popular los fundamentos de una nueva manera de hacer música académica, con el fin de crear un lenguaje independiente del de los románticos alemanes, que en el siglo XIX lideraban la composición europea. El segundo de ellos fue Bedřich Smetana, que nació al este de Praga, en la frontera entre Bohemia y Moravia, entonces provincias del Imperio Habsburgo, y que, por un camino diferente al de Dvořák, también buscó el camino de una música checa.

Smetana ya había empezado a componer música nacionalista cuando ocurrió en levantamiento de Praga, en 1848, en que Bohemia pasó a manos de los austriacos. Por eso tuvo que exiliarse en Suecia varios años antes de regresar a Praga, que habría de recibirlo como su más preciado artista, y habría de ofrecerle las más privilegiadas posiciones hasta el día de su muerte. Aún hoy, los checos consideran a Smetana el artífice de la consolidación de la identidad checa. Sin embargo, la opinión extranjera considera a Dvořák un compositor superior. La razón está en la raíz del problema de los checos en Europa, siempre vistos, no con poca condescendencia, como el pueblo a través del cual los europeos podían conocer el salvaje mundo de Europa Oriental sin dejar de sentirse seguros. Praga era una ciudad oriental con todas las comodidades de una occidental, y hacía innecesario ir hasta Budapest, por no decir Sofía y Bucarest, para sentir que se había cruzado esa frontera entre la civilización y la barbarie. La música de Dvořák cumplía metafóricamente la misma función: estaba llena de elementos exóticos y extraños, pero estaba escrita en un lenguaje clásico que los europeos podían entender. La música de Smetana, en cambio, no usaba directamente melodías populares moravas o bohemias, sino que usaba, de manera mucho más indirecta, elementos de la idiosincrasia checa, sacados de viejas leyendas, de pensadores y de artistas anteriores, pero sobre todo es una reelaboración personal y original de la música de los compositores alemanes. En ese sentido, para los europeos Dvořák es un raro animal que pueden ir a ver al zoológico, mientras que Smetana es el tigre que se escapó de la jaula, y que amenaza con comerse la cabeza de Beethoven. Smetana compite con los románticos y su música pretende entrar y alterar la historia de la música occidental, mientras que la de Dvořák es una simple diversión paralela.

En 1874 Smetana finalmente se quedó completamente sordo, después de una larga enfermedad degenerativa, pero siguió componiendo sinfonías, óperas y piezas corales con el mismo ímpetu. Entonces los europeos sintieron que Smetana le usurpaba a Beethoven no sólo el predominio sobre la sinfonía y la música coral, que eran la especialidad de ambos, sino su misma romántica y tormentosa biografía. Los primeros ataques de los críticos hacia su obra son de ésta época, al igual que los primeros intentos de reivindicar a Dvořák como el compositor más importante. Pero Smetana no tuvo que vivir ese triste periodo de oposición organizada contra su obra, porque a los pocos meses acabó internado en un manicomio donde pronto después murió. Su tumba, en el cementerio de Praga, está justo enfrente de la Dvořák, cuyo busto la mira fijamente.