Charles Darwin

Charles Darwin

19 de abril del 2011

Por más que fue sin duda sorpresiva y en muchos sentidos prematura, la teoría de las especies de Darwin acerca de la manera en que evolucionan los animales y las plantas cumplió con todos los pasos con que una opinión  –pues ninguna, al comienzo, es mucho más que eso- se convierte en una verdad irrefutable: primero escandalizó al gremio de los científicos,  que la juzgaron carente de fundamentos, después escandalizó al gremio de los curas, que la juzgaron hereje, y por último escandalizó al gremio de las señoras, que la juzgaron indignante.

Así funciona, para mal o para bien, el conocimiento humano: una opinión que no cumpla estas tres etapas no llega a figurar jamás en los libros de ciencia; una opinión, que por aleatoria y subjetiva que sea, sí las cumple, pasa directo al mundo de las verdades. Así es el género humano, una cosa muy dialéctica, como decía Kierkegaard.

El Sabio Caldas logró escandalizar a los científicos, pero a los curas y las señoras, que descubrieron que el té sabe igual con el agua hervida a cualquier altura, no les causó el menor desvelo. Manuel Elkin Patarroyo corrió una suerte similar, pues con su vacuna contra la malaria conmovió a los curas y a las señoras, que mucho lo comentaron en cónclaves y costureros, pero no logró llamar la atención del más distraído de los científicos, y ya casi nadie se acuerda de él. Héctor Abad escribió un best-seller que conmovió infinitamente a las señoras, pero del que los curas y los científicos no se dieron por enterados,  razón por la cual no es un libro obligatorio o recomendado ni en la más cursi de las facultades de historia patria. Garavito violó y asesinó a cientos de niños y arguyendo que el maltrato de sus padres le daban derecho a hacerlo, y aunque despertó la atención de todos los psicólogos y el odio (hacía él) y la piedad (hacia los niños) de todas las señoras, no hizo nada que los curas no hubieran visto antes, y ya casi termina su condena de cinco cuclillas y tres vueltas a la manzana, si es que se come todas las habichuelas. Así es el género humano, una cosa muy dialéctica.

Pero a diferencia de estos científicos víctimas de la mala suerte, Darwin escribió un libro que escandalizó por igual a curas, científicos y señoras, y que de seguro habría escandalizado igualmente a los micos, de haberse interesado estos por lo que piensan los humanos, cosa que no acostumbran hacer. Como a todo pensador cuyas opiniones reciben el aval de los científicos, los curas y las señoras, miles fueron los llantos y homenajes con que preciaron a Darwin en vida y en muerte, con que lo enterraron en Westminster, con que imprimieron su libro, con que lo distribuyeron por el mundo entero, y con que nadie lo leyó, o nadie lo leyó bien, o muy pocos no lo leyeron mal. Por eso, como tantos otros pensadores importantes, como Einstein y Nietzsche y Enrico Fermi, Darwin también tuvo alguien que tergiversara sus ideas y las usara para hacer el mayor daño posible. La gracia de la fusión nuclear no era hacer la bomba atómica, Zarathustra no se escribió para arrasar con los judíos y la selección natural no tiene nada que ver con la ley del más fuerte, ni con la supervivencia de los más aptos (entendido como la de los más vivos), ni con la malicia indígena y demás axiomas de la biología paisa.

Más de ciento cincuenta años después de la publicación de El origen de las especies, no hay un científico serio que no sienta más que admiración por Darwin y por su obra. Sin embargo, las señoras aún no le perdonan semejante extravagancia, sobre todo cuando miran los retratos de sus célebres antepasados –siempre coroneles, siempre grandes empresarios-, y les encuentran sutiles rasgos de mico, o cuando van al zoológico y un babuino les enseña su rojo y redondo trasero, y asocian la desnudez con la desnudez, Dios Bendito. Los curas, por su parte, tampoco se han repuesto del todo, especialmente en la tocinesca Estados Unidos, donde los niños preguntan por Darwin y los padres y los profesores miran al techo, silban un poco, y recuerdan de repente la historia de la Creación, que justo viene al caso. No debe existir en todo el globo terráqueo, descontando el de Héctor Abad y Alvarado Tenorio, un debate más imbécil que el de los darwinistas y los creacionistas del mid-west americano. Unos ponen la cruz en la pared del salón, los otros se esperan hasta la media noche, se meten al salón y la bajan, y dejan una copia de El origen que los otros al día siguiente queman, tras lo cual van al cajón a sacar otro crucifijo para descubrir que los darwinistas se los quitaron y lo escondieron encima de la nevera, en la canasta del pan. Ya en el siglo XIX, años después del éxito de Darwin, Chesterton se había burlado de la disputa, y les había regalado una excusa para hacer las paces: Dios creó al mundo en siete días, pero Dios es sempiterno y su tiempo también lo es, de modo que un día en la vida de Dios no es más que una metáfora de un período de tiempo que puede ser de miles de miles de siglos; si Dios creó el mundo, también creó el mico y también creó a Darwin y también creó a Gutemberg para que se inventara la imprenta y así las copias de El origen llegaran hasta Wichita, Kansas;  el séptimo día no se ha acabado todavía, y Darwin y todos los micos no son sino uno de sus capítulos.

Pero el género humano, como dijo Kierkegaard y de seguro habría dicho Chesterton, es una cosa muy dialéctica, y no hay cosa alguna en este mundo más dialéctica que él.

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