Constantino XI

8 de febrero del 2011

El decreciente control del Imperio Romano sobre sus crecientes territorios causó, hacia el siglo IV, la disgregación del Imperio en uno occidental, centrado en Roma, que se sostuvo un par de siglos más antes de caer bajo la poderosa avanzada de las tribus bárbaras, y uno oriental, centrado en Constantinopla, que habría de durar más de mil años.

Si la Alta Edad Media fue en Europa un período de disgregación y decadencia, en que las antiguas rutas romanas se hundieron bajo el pasto y los poblados se concentraron alrededor de sus monasterios, en Bizancio fue, por el contrario, su período más espléndido. El Imperio conquistó un vasto territorio desde Grecia hasta Rumania, por el Occidente, y parte considerable de Asia Menor, logrando de ese modo hacer frente a los numerosos califatos árabes que los circundaban.

Hacia el año mil, Constantinopla era indiscutiblemente la capital del mundo, frente a la cual las urbes europeas parecían abandonados caseríos. Pero por ese tiempo Europa inició el rápido camino de su reintegración, motivada por la organización feudal, el desarrollo del comercio y la lenta consolidación de la Iglesia Católica. Mientras tanto, Bizancio caía lentamente ante el creciente poder de turcos, persas y árabes, que vivían un proceso similar al de Europa.

Poco a poco, Bizancio se vio paulatinamente atrapada entre estas dos nacientes potencias, que pudo mantener a raya sólo por un tiempo. En el siglo XIII, una Europa empeñada en retomar el poder de Tierra Santa, iniciativa de la Iglesia tras el cisma del Cristianismo, en que Católicos y Ortodoxos rompieron relaciones, envió su Cuarta Crusada, asestando un duro golpe a la estructura del Imperio. Por el oriente, mientras tanto, los pueblos unidos bajo el estandarte otomano habían retomado gran parte de Asia Menor, y preparaban el golpe de gracia, la invasión de la capital.

Justo en medio de ese sándwich histórico estuvo Constantino XI, último emperador de Bizancio, que en vano intentó mantener el equilibrio político mientras buscaba nuevas rutas comerciales para hacer frente a la doble amenaza. Pero sus esfuerzos, aunque verdaderamente asombrosos, no fueron suficientes, y Constantino se vio obligado a presenciar la fatídica toma de la gran Constantinopla en el año de 1453, en manos de los turcos otomanos, de la que Álvaro Mutis ha manifestado aún no reponerse del todo, ya que alteró tan profundamente la historia de este mundo.

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