Muchos científicos y sociólogos del siglo XIX se habían preguntado en varias ocasiones, por escrito y en conferencias, qué sale de un rabino y una húngara embarazada en Budapest pero dando a luz en Appleton, Wisconsin. Pero sus indagaciones habían sido inútiles hasta el día de 1874 en que nació Erik Weisz, Ehrich Weiss, y pudieron demostrar más allá de toda duda razonable, que de un rabino y una húngara en Appleton Wisconsin no puede salir más que un mago, escapólogo y doble de acción genial aunque un poco chiflado también.
A los nueve años el pequeño Ehrich ya se hacía llamar el Príncipe del Aire, pues se había hecho trapecista, y a los dieciocho, cuando decidió emprender la carrera de suicida profesional, ya se llamaba como todos habrían de recordarlo desde entonces, Harry Handcuff Houdini, el escapólogo más auténtico que existió. Sus primeros actos, consistentes en sortear cualquier tipo de amarras que el público o los patrocinadores del evento pudieran idear, incluyendo esposas, cuerdas, cadenas y camisas de fuerza, a veces metido en cantinas de leche, de cerveza o de agua, o en ataúdes cerrados con puntillas. Una y otra vez Houdini salía ileso y el público ardía en ovaciones. Así se fue de gira por Europa, con la mala idea de visitar las cárceles y las comisarías retando a los policías a apresarlo. Algunos decían que tenía todo arreglado previamente con la policía de turno, pero de seguro no era buena propaganda para Sctoland Yard o para las cárceles siberianas que sus sistemas de seguridad fueran burlados una y otra vez. El público europeo adoró los actos de Houdini en las cárceles, mientras que los carcelarios, aunque sin duda asombrados, lo tomaron como el peor de los chistes negros, venir desde el otro lado del Atlántico a echarles en cara cómo se escapada de una cárcel siberiana en la que ellos tenían que tullirse el resto de sus vidas.
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A su regreso a Estados Unidos, esta vez a Nueva York, Houdini encontró cientos de imitadores, y tuvo que mejorar su acto. De esa época es su primera pésima gran idea, la Cámara Acuática de Tortura China, una caja de vidrio y acero llena de agua en que se metía boca abajo colgando de una cuerda en una camisa de fuerza. Para salirse de la camisa, Houdini había descubierto que si inflaba el pecho cuando de la ponían, tenía después un poco más de campo para maniobrar, pero igual era un poco arriesgado, pensó, así que aprendió a dislocarse los hombros para poder pagarlos a las costillas y tener todo el espacio necesario, lo que confirma la regla de que a una idea genial le siguen siempre otras tantas.
La Cámara acuática lo acompañó durante toda su carrera, pero varios fueron los desafíos que su afilado sentido de auto-conservación le fue deparando a su imaginación. De ellos los más famosos son el Escape del Cajón Tirado por la Borda, en que se metía, atado, junto con doscientas libras de plomo, en una caja de madera apuntillada por todos lados y le pedía el favor a un buen hombre que lo tirara de un barco al fondo de la mar. La prensa y los espectadores, que nunca cumplieron más al pie de la letra la labor de estar expectantes, esperaban a que la cabeza de Houdini saliera a flote, ojalá aún unida al resto de su cuerpo. También se enterró vivo en varias ocasiones, la última de las cuales casi le cuesta la vida, pues habiéndose desatado entre el ataúd con la llave de las esposas que se tragaba y después sabía regurgitar a voluntad, otra de sus brillantes ideas, empezó a escarbar la tierra, pero quedó cayó completamente exhausto justo después de haber sacado una mano a la superficie. Tuvieron que desenterrar el resto y darle primeros auxilios, y decirle, lo que a esas alturas ya era un poco inútil, que tal vez enterrarse vivo no era de lo más recomendable.
Numerosas películas y novelas han repetido la historia del último truco de la vida de Houdini, que se la quitó. Sin embargo, la verdadera historia de su muerte es a primera vista mucho menos romántica. Houdini murió en un hospital con el apéndice destrozado, después de haberse desmayado dos veces en el escenario de su última presentación. Sin embargo, algunas indagaciones posteriores demostraron que aunque su fin no había sido el que muchos en el fondo habían querido siempre, muerto por sus propias invenciones, sí se debió a otra de sus ideas, a todas luces brillante, consistente en ir a un bar de estudiantes y anunciar que tenía un abdomen indestructible que podía resistir todos los golpes, los cuales por supuesto, dos estudiantes cualquiera, no hebreos pero sí ebrios, tuvieron el placer de propinarle, rompiéndole el apéndice que ya estaba bastante deteriorado. Pero por ese último espectáculo Houdini no pensaba cobrar un peso, ni lo cobró, lo que nos dice que no era la plata la motivación única de sus geniales ideas.


