Marthe Bibesco

Marthe Bibesco

28 de Enero del 2013

El nombre de Marthe Bibesco es la forma afrancesada de Marta Bibescu, nombre rumano con el que fue bautizada, pero fue con el francés, y no con el rumano con que firmó sus más de setenta libros, a lo largo de su extensa y acontecida vida. Los Bibescu eran una familia de la alta nobleza rumana, con propiedades en los Alpes transilvanos y en varios países de Europa. Y como todas las familias ricas de Rumania, los hijos se criaron en Francia, en francés, y en la Iglesia Católica.

Muy larga es la historia de la migración de artistas rumanos a Francia, desde la época de Bibesco y de Camil Petrescu, el “Proust rumano”, pasando por los surrealistas del siglo XX, Ionesco y Trsitan Tzara, hasta los pensadores Emile Cioran y Mircea Eliade, muertos hace relativamente poco. En gran parte se ha debido a la cambiante y conflictiva historia rumana, que pasó de ser reino autónomo a provincia de otros reinos, a país aliado de los Nazis, a súbdito de la URSS, a socialismo rebelde y a democracia en menos de cien años. Pero también en los tiempos de relativa paz, y en casos de artistas amigos del régimen de turno, los rumanos han hecho su obra en Francia, y eso se ha debido a la situación periférica de esa lengua romance, que no tuvo la suerte, como la tuvieron el español, el portugués y el francés, de imponerla alrededor del mundo.

Por eso las novelas y los cuentos y los artículos e incluso las entradas del diario personal de Marta Bibesco están escritos en francés, y bien se le podría considerar una escritora de este país, cosa que los franceses en efecto hacen. Sin embargo, la obra de Bibesco también es muy rumana, motivada, se cuenta, por la constante influencia de la anciana Baba Uţa, una campesina transilvana que fue su nana gran parte de su vida, y que le llenó la imaginación de viejas leyendas y tradiciones de los Cárpatos. Por eso, también, a pesar de las sucesivas guerras que destrozaron a Rumania, incluidas las tierras de los Bibesco, la escritora continuó volviendo a su país una y otra vez, levantando de los escombros la casa que iba equipando para pasar eventualmente sus últimos días.

Pero las guerras en casa y su creciente fama de gran dama en Europa, que la llevó a conocer uno por uno a los artistas y políticos más influyentes, a entablar amistades con ellos y a recibir elogios por sus obras literarias, la fue alejando de ese regreso ideal a su tierra, el cual terminó por aplazarse eternamente cuando el gobierno socialista de Ceauşescu la condenó al exilio parisino, y a esperar su demorado fin.