Ovidio

Ovidio

20 de marzo del 2011

Ovidio fue uno de los padres de la poesía latina de la era dorada del Imperio romano, conocida como la Pax Augusta. Sus primeras obras fueron una colección de poemas eróticos, un manual de intriga y seducción, un poema sobre el arte de amar, y una burla de la poesía didáctica en tres tomos. Tales obras, escritas durante sus viajes a Grecia y al sur de Italia, le valieron el reconocimiento de los intelectuales y poetas en Roma, y una posible silla futura en el Senado.

Pero Julio César, que ya había sorteado más de un encuentro con sus opositores, estaba dedicado a restaurar el orden en Roma para poder ir construyendo hacia afuera la red de su nuevo imperio. Parte de las reformas a las que los romanos sin excepción tuvieron que adaptarse en poco tiempo fue la reforma familiar, que abogaba por la monogamia, con el argumento de que ésta multiplicaría el número de romanos que nacían cada año y de ese modo multiplicaría eventualmente el número de romanos que cada año moría en las filas de ejército imperial.

Un libro como el Ars amatoria de Ovidio, en que se discutían largamente las ventajas y desventajas de la poligamia y de la seducción, no servía los objetivos de las reformas sociales, y le significó a Ovidio el inmediato desfavor del César. Tal vez por eso, el siguiente libro que Ovidio se dedicó a escribir tenía poco que ver con la sociedad romana contemporánea, y en cambio se centraba en las historias de las mitologías griega y romana para contar una historia del mundo, en que sin embargo el protagonista no era el hombre, como en las historias de las academias, ni los dioses, como en las historias de la mitología, sino las transmutaciones de las cosas, pasando por los dioses, los hombres y los animales, desde el caos primordial en que el cielo se formó y terminando, convenientemente, con el catasterismo de Julio César, es decir el momento en que finalmente su alma vuelve a ser un astro, y recupera su condición divina. Ese libro se llamó Las metamorfosis, y es una de las obras maestras de toda la literatura occidental.

En él, las guerras griegas y romanas, las proezas de dioses y de hombres, como la de Teseo, asesino del Minotauro, la de los Lapitas, autores de la centauromaquia, y la de Orfeo, que recuperó a su amada del Hades con la música de su cítara, se confunden en una sola transformación constante, que capítulo a capítulo adquiere las formas más inesperadas, actores de los más inesperados episodios.

Pero ni siquiera la anunciación de la muerte divida del César fue suficiente para cambiar la percepción que este ya tenía sobre Ovidio, y a la cual,  a decir de él mismo, se sumaban otros tantos factores personales, aún desconocidos. De todas formas, en el año octavo de la era de Cristo, Julio César desterró a Ovidio al pueblo de Tomis, que hoy se llama Constantza y queda es una ciudad de Rumania. Irse a vivir a Constantza hoy en día, después de haber vivido en Roma, es sin duda un castigo que pocos merecen. Hace dos mil años era prácticamente una sentencia de muerte. En efecto, a pesar de los cientos de peticiones que los más apreciados poetas romanos hicieron al César por el perdón de su amigo, Ovidio murió en Tomis, esperando noticias de Roma y habiendo escrito un puñado de poemas, con el tono de un hombre acabado, que la posteridad leyó más por pesar que por admiración, y que rápidamente cayeron bajo la sombra de Las metamorfosis, único medio con el que Ovidio habría de sortear durante los siglos venideros, las fronteras del destierro.

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