Paul Klee

Paul Klee

17 de diciembre del 2012

Paul Klee estudió paralelamente todas las artes, logrando en varias de ellas un nivel superior al de los especialistas. Sin embargo, en vez de tratar de cultivarlas todas, lo que su erudición sin duda le permitía, se dedicó desde temprano exclusivamente a la pintura. Una decisión tomada por un sabio de este porte no suele tener nada de azaroso, y en efecto en perspectiva parece que Klee se hizo pintor no porque la pintura fuera la que más efectivamente podía ayudarlo a expresarse, sino porque era él el que podía ayudar a la pintura, a la historia de la pintura, a desarrollarse mejor.

Como resultado de esta escogencia temprana y decisiva, Klee proyectó una síntesis de todos sus conocimientos artísticos en sus cuadros, y trabajó toda su vida moldeando el lenguaje que le permitiría lograrlo. Experimentó con las representaciones visuales de obras y estructuras musicales, buscó el equilibrio ideal entre las construcciones arquitectónicas reales y sus representaciones en el lienzo, tradujo a líneas el estilo narrativo de los escritores, en especial el de Voltaire en el Cándido, obra que duró años ilustrando. También exploró las posibilidades visuales de las letras de los alfabetos de todos los idiomas, de las que sus cuadros de una época están llenos.

Pero a pesar de la complejidad de su obra, los cuadros de Klee buscan siempre las formas primordiales de la vida humana, y para apreciarlos no hace falta saber de música, matemáticas y filosofía tanto como sabía él. Sí hace falta, en cambio, no malinterpretarlo, creyendo que esas formas a veces torpes y casi infantiles son un intento deliberado de ignorar las técnicas de la pintura para crear un efecto primitivo y “libre” de restricciones. Al contrario: es a través de esa exhaustiva y a veces casi absurda búsqueda de las leyes esenciales del universo que los cuadros de Klee logran su simplicidad.

No es de extrañarse, por lo tanto, que en una época en que pululaban las corrientes vanguardistas en Europa, Klee supo mantenerse minuciosamente al margen de todas ellas, colaborando con todos los grandes pintores de la época, como Kandinsky y Cézanne, y participando en todos los proyectos colectivos, como la Bauhaus y el Blaue Reiter, pero nunca subordinando su arte a las exigencias de uno u otro manifiesto.

Klee tenía un proyecto independiente y a todas luces pretencioso, y a juicio de muchos, si no lo había concluido, sí había logrado entrever el final cuando le llegó la muerte en una clínica de Muralto-Locarno en 1940.