Pierre de Fermat

12 de enero del 2011

En la época del auge intelectual parisino, en que Mersenne asombraba a todos con sus demostraciones matemáticas en las aulas de la Sorbona, y Pascal los sacudía de nuevo con sus impecables capacidades geométricas en las páginas de sus libros, había un taciturno abogado de pueblo, radicado una casita de campo a las afueras de […]

Pierre de Fermat

En la época del auge intelectual parisino, en que Mersenne asombraba a todos con sus demostraciones matemáticas en las aulas de la Sorbona, y Pascal los sacudía de nuevo con sus impecables capacidades geométricas en las páginas de sus libros, había un taciturno abogado de pueblo, radicado una casita de campo a las afueras de París, a la que rara vez iba, llamado Pierre de Fermat.

Aunque no tenía ningún entrenamiento académico, Fermat mantenía por hobby intentar solucionar los grandes problemas matemáticos del momento en las márgenes de sus tomos de derecho, y enviar, cada vez que lo lograba, sus resultados a las universidades parisinas, no sin un leve tono de burla. Su fama, de ese modo, creció considerablemente, y fue invitado por Mersenne y demás sabios a aportar sus conocimientos al aula, cosa que Fermat rechazó amablemente por estar muy atareado en defender a algún ladrón de gallinas.

Un día, sin embargo, llegó a París una carta de Fermat en que planteaba un problema matemático nuevo, conocido como el último teorema de Fermat, consistente en generalizar el teorema de Pitágoras, que dice que la relación de los lados de un triángulo rectángulo es a2 +b2 = c2, lo que Fermat quería hacer valer para cualquier potencia mayor a 2. Los matemáticos, que supusieron la solución fácil de encontrar en un principio, se vieron prontamente desmotivados, y no lograron encontrarla. Tampoco lo hicieron los estudiantes de esos matemáticos, ni sus estudiantes ni, en fin, ningún matemático del siglo XVII, ni del siglo posterior, ni del XIX, y prácticamente del XX tampoco, de no ser porque un joven matemático inglés, de nombre Andrew Wiles, lo resolvió en 1995.

Tras la muerte de Fermat, sin embargo, hallaron en uno de los márgenes de sus libros una nota que decía: “He hallado una demostración verdaderamente asombrosa para este teorema, pero ese margen es demasiado exiguo para contenerla”, cosa que hoy sabemos no era más que una de las picardías de Fermat, pues no es posible que tuviera el conocimiento matemático para haberlo resuelto. De todos modos el chiste tuvo un efecto de tres siglos, durante los cuales muchos matemáticos le dedicaron la vida al problema, varios de ellos perdiendo finalmente los estribos, la paciencia y la cordura.

En el siglo XVIII, se aconsejaba a los matemáticos promisorios que no gastaran sus energías en el teorema de Fermat, cosa que estos por supuesto incumplían. Un siglo después, un alemán millonario que le dedicó la vida al problema, sin frutos, dejó toda su herencia para aquél que lo resolviera a cargo de una universidad. Los profesores encargados de leer las demostraciones que llegaban tuvieron que dedicarse a ello tiempo completo, pues la absurda cantidad de dinero atraía a más de un avivato que decía tener la demostración pero requería un adelanto para publicarla. Así es que uno de estos profesores, cansado de escribir cartas ubicando los errores en los cálculos, decidió hacer un formato general, que llenaba con el nombre del candidato y enviaba. El texto decía: “Estimado señor ____, tengo un contraejemplo verdaderamente asombroso para su demostración, pero este margen es demasiado exiguo para contenerlo”, imitando, de ese modo, ese humor fino pero tan costoso del abogado de pueblo que una tarde, en su casa de la campiña francesa, revolucionó las matemáticas occidentales para siempre.

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