Robert Musil

Robert Musil

15 de abril del 2011

En 1921 Robert Musil empezó a trabajar en la que habría de ser la mejor novela hasta entonces escrita sobre el fin de siglo XIX. En principio la novela iba a llamarse Aquiles, pues así se llamaba su protagonista, una especie de mofa al Ulises de James Joyce, que acababa de salir un año antes de que Musil se pusiera a trabajar. Al poco tiempo, sin embargo, Musil decidió que competir con Joyce era, por un lado, pedirse demasiado, y por el otro, pedirle demasiado poco a su novela. Musil quería escribir una novela que contuviera un panorama independiente y completo de la Europa que le tocó vivir, vista desde su natal Viena, en ese tiempo capital del imperio austrohúngaro.

Entonces le cambió el nombre a su protagonista por el de Ulrich, un matemático de treinta y dos años que se ve, sin saber bien cómo llegó a ello, desprovisto de todo sentido moral, de toda responsabilidad cívica, indiferente a todos y cada uno de sus propios atributos. La novela pasó entonces a llamarse Las cloacas, y a estas alturas Musil ya llevaba unos ocho o diez años de trabajo, y ya sabía que la novela pasaría de las mil páginas. Musil ya sabía que la desidia de Ulrich, su lamentable estado, era producto de la decadencia general del imperio, en apariencia un estado liberal pero en realidad profundamente clerical: “aquí todos los ciudadanos son iguales ante la ley, pero no todos, por supuesto, son ciudadanos”. Mostrar la podredumbre interior de ese imperio doble, de ciudadanos de doble moral, e incluso de doble personalidad, a conveniencia, era entonces la función primordial de la novela. Por esas épocas, Musil anota en sus diarios, que por escribir siempre de noche llamaba nocturnarios:

“Durante el día somos el señor X y el señor Y, miembros de tal o cual sociedad, con estas o aquellas responsabilidades, obligados a vivir de modo altruista de acuerdo con las leyes que nuestra razón acata. De noche, en cambio: en cuanto cerramos tras nosotros las puertas protegidas por espesas colgaduras dejamos fuera todos los altruismos –pues ya no cumplen función alguna- y la otra parte de nuestra personalidad, el egoísmo, reivindica sus derechos.”

Pero incluso siendo que la que estaba escribiendo era una novela de ideas, en que los personajes están ahí para llevar a cabo una historia que ejemplifica una idea más o menos preestablecida del mundo y la sociedad, a Musil el matemático Ulrich se le fue saliendo de las manos, tomando sus propias decisiones y sacando conclusiones originales mientras Musil lo seguía con la mano sobre el papel, resignado, desde un momento dado, a abrirle las puertas, a disponer las cosas y las situaciones de la novela de manera que Ulrich pudiera hacer lo que tenía que hacer. Así descubrió que Ulrich, al que había hecho un matemático en la crisis de la mediana edad justamente para asegurar su mirada distanciada y racional de las cosas, empezaba a sentir una curiosidad, primero, y después casi una necesidad de buscar una realidad estable, una verdad superior a la falsa estabilidad ofrecida por el Imperio. Ulrich empezaba a sentir una especie de llamado metafísico, tal vez religioso aunque no necesariamente, pero de seguro místico. Un término, “la vida flotante”, empezaba a aparecer en sus cavilaciones como una hierba mala, de la que Musil no se podía deshacer.

Musil dejó de escribir; la novela se le había salido de las manos. Dejándola de lado, se dedicó a escribir cuentos, a preparar una segunda edición de Las tribulaciones del estudiante Törless, una novela de juventud que había sido la responsable de volverlo, pública y personalmente, un escritor. También escribió el último sus famosos Tres cuentos, en que se nota un gran placer por escribir historias sencillas, con vacas y mujeres que sonríen.

Pero eventualmente llegó el momento de volver a su incontrolable mamotreto, que ya contaba con mil quinientas páginas, y a tratar de entenderlo mejor de lo que su protagonista parecía entenderlo a él. Con la mente despejada, habiendo tomado distancia y olvidado los detalles, Musil entendió que Ulrich no se había enloquecido, sino que había tomado el único camino posible. La novela no se trataba sólo de la desolación física y moral en que el Imperio tenía a los más inteligentes de sus ciudadanos, sino de la desolación espiritual en que el mundo entero tenía incluso a los más simples. Ulrich no sólo se sentía sin atributos porque la sociedad los hacía frívolos e innecesarios; carecía de ellos, porque no les encontraba justificación alguna ni siquiera en la vida después de la vida. Etonces Musil entendió que su novela habría de ser inmensa en sentidos hasta entonces insospechados, y que habría de ser inmensa también en sus dimensiones físicas, y que habría de llamarse El hombre sin atributos.

Desde la noche de esa revelación hasta la noche de su muerte Musil trabajó sin descanso, pero esa segunda noche, sin duda injustamente, llegó antes que la noche en que le pondría un punto final a su novela. Así, El hombre sin atributos quedó con cerca de mil setecientas páginas, y desde la última página de la vida del matemático Ulrich, así como desde la última de la vida del escritor Musil, el final alcanzaba a vislumbrarse.

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