Robinson Castillo

Comunicador Social-Periodista de la Universidad Autónoma del Caribe de Barranquilla, con Maestría en Comunicación Política de la Universidad Externado de Colombia y Consultor internacional en Comunicación Parlamentaria. Columnista, escritor y convencido de la acción mediática reiterada, como método esencial del posicionamiento de marcas.

Robinson Castillo

Colombia, país de memorias enfrentadas

Hace cuarenta años, Colombia vivió uno de los capítulos más traumáticos de su historia: la toma y retoma del Palacio de Justicia. Aún hoy, cuatro décadas después, aquella herida no ha cerrado. Persiste el dolor, se multiplican las dudas y escasean las certezas sobre lo que realmente ocurrió en esos días oscuros.

Para que una nación logre consolidarse y alcanzar una verdadera reconciliación, necesita tener memoria. Pero que sea rigurosa, capaz de mirar de frente los errores, reconocer las responsabilidades y construir un futuro sin resentimientos. Solo así se teje una identidad colectiva que no rehúye su pasado, sino que aprende de él.

En Colombia, sin embargo, abundan los episodios de violencia sin resolución. El magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, y tantas otras tragedias, siguen siendo heridas abiertas en el alma del país. La impunidad, la desmemoria y el silencio han convertido muchos de estos hechos en historias fragmentadas, donde cada versión compite por imponerse sobre la otra.

Negar o enterrar el pasado tiene consecuencias profundas. El olvido erosiona la democracia, debilita la confianza y distorsiona el sentido de justicia. Por eso, se hace urgente impulsar políticas públicas de memoria que vayan más allá de la retórica, que permitan reconstruir los hechos, reconocer a las víctimas y acercarnos, al menos, a una verdad compartida.

Lo que hoy vivimos es un país con memorias enfrentadas. Cada actor, sector e ideología, sostiene su propio relato sobre la violencia, buscando justificar o reinterpretar la historia según sus intereses. En medio de narrativas cruzadas, la verdad se vuelve esquiva y la reconciliación, un horizonte distante.

Esta fragmentación de la memoria colectiva tiene un costo enorme: impide cerrar los ciclos de dolor y perpetúa los conflictos de poder en el presente. El pasado no resuelto regresa una y otra vez, disfrazado de nuevas disputas políticas o sociales, revictimizando a quienes ya han sufrido bastante.

Colombia necesita con urgencia, un acuerdo de memoria. Uno que nazca del reconocimiento. Solo así podremos dejar de ser un país de memorias enfrentadas y empezar a construir, por fin, una historia común donde el recuerdo sirva para sanar, no para dividir.

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