Feminismo de pandereta

El pasado lunes, se cumplió el primer aniversario de uno de los actos más idiotas e irresponsables patrocinados por un gobierno que recordemos en mucho tiempo: la manifestación que tuvo lugar en las calles de Madrid, con motivo del Día de la Mujer, el 8 de marzo de 2020. El gobierno de Pedro Sánchez, disponiendo desde el mes de febrero anterior de alertas suficientes —entre ellas una de la Organización Mundial de la Salud, OMS—, no solo no prohibió las concentraciones feministas programadas para ese día, sino que las alentó desde el ministerio de Igualdad.

Incluso varias ministras, que asistieron a la multitudinaria marcha madrileña resultaron infectadas por coronavirus. Una injustificable prioridad política llevó al primer ministro, Pedro Sánchez, a aplazar hasta el día 9, veinticuatro horas después de la manifestación, la declaración de estado de alarma. Se ocultó a la población unos datos que evidentemente conocían; y el portavoz oficial sobre una pandemia que ya llamaba a las puertas de España, dijo por televisión que no había ningún riesgo y que como mucho habría “algún caso” de contagio.

En ese momento, Italia llevaba dos semanas en cuarentena, habían muerto 3.400 personas por coronavirus, y el país superaba a China en número de contagios con 35.800 personas infectadas. A pesar de la gravedad de la situación en su vecino mediterráneo, para el gobierno español las manifestaciones del 8 de marzo eran prioritarias. Al grito de “El machismo mata más que el virus”, y con consignas tan enriquecedoras como “Sola y borracha quiero llegar a casa esta noche”, las feministas españolas, encabezadas por la ministra de Igualdad, Irene Montero, desafiaron la covid.  

Cuántas vidas se habrían salvado si este movimiento reivindicativo de charanga y pandereta, emperrado en salir masivamente a la calle se hubiese quedado en casa no lo sabemos; pero que aquella manifestación fue el pecado original de la desastrosa situación vivida en España —y de manera muy particular en Madrid— por el coronavirus durante todo este tiempo, está fuera de duda. El Gobierno español, sin embargo, aún hoy se empeña en negar que conociera la gravedad de la amenaza.

He hablado de razones políticas para este disparate, pero no es exactamente así. Se trató más bien de razones de poder, que es diferente. Pedro Sánchez, presidente de Gobierno en España, depende para seguir en el cargo del apoyo del partido populista de izquierda Podemos, cuyo jefe es Pablo Iglesias, Vicepresidente y marido de la señora Montero. Y no se pierdan el detalle: una feminista de hueso colorado que está en el Gobierno gracias al cargo de su marido.

El ministerio de la señora Montero, con un presupuesto anual que supera los 400 millones de euros anuales, no ha producido desde su creación, ni una sola ley que favorezca a las mujeres. Solo ha llevado al Congreso español bodrios legislativos que han sido rechazados por gentes algo más sensatas que ella; el último, un proyecto de ley para que jóvenes a partir de los dieciséis años puedan cambiar de sexo, según amanezcan cualquier día en el que el capricho les dé por ahí.

La única causa feminista que merece respeto es la de las mujeres que luchan por la igualdad. Manifestaciones histéricas como esta que nos ocupa, que lamentablemente no son exclusivas de la ministra de Igualdad española, no son sino una degeneración del feminismo y una degradación de su principio esencial. 

Aquí mismo hablé en su momento, de la labor ejemplar de mujeres con responsabilidad política en Nueva Zelanda, Alemania, Dinamarca, Finlandia, Islandia y Taiwán, que frente a la pandemia que agobia a la población mundial supieron estar a la altura de la situación, y pusieron por delante el bien común, en lugar de dedicarse a parasitar el movimiento feminista con doctrinas delirantes y disparatadas.

No digo que la ministra de Igualdad, Irene Montero, sea responsable única de la desastrosa gestión de la pandemia en España y de sus consecuencias, pero tanto a ella como a su partido corresponde una parte alícuota de esa calamidad: 70.000 muertos en una población de 47 millones de personas; y, según la OCDE, el mayor desplome entre todas las economías desarrolladas del mundo. Son datos para la reflexión.

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