Pasamos de “El periodista soy yo” a “La noticia soy yo”

22 Septiembre 2022, 08:59 AM
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Creado Por
Alexander Velásquez
"Vayámonos haciendo a la idea, el periodismo –al menos en Colombia- ya no es lo que fue en sus mejores épocas, y, como dice un famoso meme, “vendrán cosas peores”."

Hubo una época en que la gente, durante catorce días, se apostó a la entrada de la antigua sede de El Espectador, sobre la avenida Jiménez con carrera 4ª, ansiosa por leer  “La Odisea del Náufrago Sobreviviente del A.R.C. Caldas”, que así tituló el periódico la serie de reportajes escritos por  Gabriel García Márquez, luego convertidos en el libro  “Relato de un náufrago” (1970), lectura deliciosa y a la vez una  lección de periodismo que enseña a no tragarse enteras las versiones oficiales.   

Con ocasión del lanzamiento del pódcast “Relato de un náufrago: una travesía del periodismo a la literatura”. El Espectador nos recordó el furor que en 1955 despertó aquella historia y el propio Gabo lo cuenta en su libro de memorias, Vivir para contarla.

La rebatiña para comprar el periódico en la puerta de El Espectador antes de que saliera a la calle era cada vez mayor. Los empleados del centro comercial se demoraban para comprarlo y leer el capítulo en el autobús. Pienso que el interés de los lectores empezó por motivos humanitarios, siguió por razones literarias y al final por consideraciones políticas, pero sostenido siempre por la tensión interna del relato”.

Guardando todas las proporciones, podríamos decir que los lectores de hoy también están apostados, ya no frente a un edificio de ladrillos, sino de cabeza en sus smartphones, impacientes por saber cuál es el siguiente escándalo nacional, quién peinó o desplumó a quién, usando el mismo lenguaje, a veces burdo, a veces ramplón, que se tomó los titulares periodísticos en las redes sociales.

Porque, vayámonos haciendo a la idea, el periodismo –al menos en Colombia- ya no es lo que fue en sus mejores épocas, y, como dice un famoso meme, “vendrán cosas peores”. Se ha creado un subgénero al que yo llamo “periodismo  inflamable”, que en lugar de informar busca alborotar a la opinión pública con titulares incendiarios, como si ahora las noticias se escribieran con fósforos, alterando de paso los nervios de lectores acostumbrados a la mesura y las buenas maneras de la prensa seria.

En un titular viene camuflada una postura y en la tripa (cuerpo de la información) varias opiniones dispuestas sutilmente, entre párrafo y párrafo, por medio de adjetivos y frases tendenciosas; hay que ser un lector sagaz para advertir formas de la manipulación que rozan con la propaganda política. Con todo, ese mal periodismo es como tragarse un pescado descompuesto y les tocaría a las audiencias educarse para saber cuándo les están metiendo gato por liebre. A eso, se añade otra realidad igualmente lamentable: la audiencia, cada vez más segmentada, consume aquella información que valida su propia manera de pensar y desecha, no sin antes despotricar en las redes sociales, la que no.

Así las cosas, cabe la pregunta: ¿Se manipulan conciencias a través de los titulares y las noticias? El analista Germán Yances dice: “Lo que más ha afectado a la prensa en estos últimos años, gracias a las redes sociales y a la multimedia, es la instrumentalización de los medios y del periodismo con fines políticos y de manipulación de opinión o con la pretensión de dañar a un gobierno”.

portada

Desempolvé un libro de María Teresa Herrán, “¿La Sociedad de la Mentira?”, donde nos recuerda (página 114) que el periodista debe adoptar “una actitud de independencia frente a los hechos, en vez de involucrarse en ellos, lo que sucede cada vez menos, en particular por la presión de los dueños de los medios, convencidos de que el derecho de propiedad, incluye el derecho de manipular la noticia”, refiriéndose más adelante a la “presión de los dueños de los medios sobre sus periodistas para que redacten noticias en  favor o en contra de algo o de alguien…”.

Nótese que este ensayo se publicó en 1986 y tres largas décadas después la situación ha empeorado por cuenta del uso/abuso que los medios digitales (no todos, aclaro) hacen de las redes sociales.

Cuando la revista Cambio le preguntó a la vicepresidenta Francia Márquez si hay tensiones entre ella y el presidente de la República, como lo sugieren algunos medios, sin titubeos contestó: “Los medios de comunicación, con todo respeto, a veces hacen rumores para ser noticia”.

He seguido con especial atención el caso de la cantante Marbelle que ha tenido un cubrimiento mediático sin precedentes para un artista y ninguna de las notas donde ella es la fuente tiene que ver con su oficio como artista. La suya es una opinión más como la tienen millones de personas, sólo que en este caso el medio equis le da una inusual importancia, porque sin declaraciones polémicas no hay paraíso en el reino de los likes. En nombre de la manoseada libertad de expresión se le da voz a cualquiera y se le pone a nivel de experto en temas sobre los que muchas veces no se tiene la menor idea, reflejo del desespero por mantener cautiva a la audiencia para amansarla políticamente.

Periodismo no es replicar como loros lo que pasa en las redes sociales, los periodistas deben ir más allá, desentrañar las intenciones detrás de un trino e incluso la veracidad de su contenido, pues ya vimos cómo la actitud lenguaraz de algunos personajes es luego objeto de demandas y rectificaciones. Recordemos que no hace mucho Polo Polo y Marbelle ​debieron retractar​se​ públicamente por injurias contra la actual vicepresidenta, por orden de la Corte Suprema de Justicia y la Fiscalía General de la Nación. Google podría informarnos cuántos medios hicieron eco de aquellas afirmaciones irresponsables.

Dudo que un muchacho esté contento de haber estudiado cinco años para que lo pongan a bucear en las cloacas de Twitter a ver si pesca alguna gresca que pueda ser elevada a la categoría de noticia. ¿Es ese el nivel de nuestro periodismo actualmente? ¿Es lo que nos merecemos/necesitamos como sociedad? ¿O simplemente estoy exagerando?

En ese caso prefiere uno ese periodismo “lacrimógeno” que escudriña historias humanas para apachurrar el corazón, así sea por un rato, porque en este país ya nos curamos hasta de sentimentalismos: la rapidez con que ocurren los acontecimientos nos volvieron más morbosos y menos empáticos con el dolor ajeno. 

Se debe estar revolcando Gabo en su tumba viendo con qué facilidad se escriben las noticias en este tiempo, cuando a él la historia del náufrago Luis Alejandro Velasco ​(​“que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre”), le tomó “tres semanas completas y agotadoras” de entrevistas largas y minuciosas,  tomando además apuntes con su libreta de notas, elemento que tristemente pasó a mejor vida.

El nivel del periodismo debe estar por encima del nivel de las redes sociales, no igualarse con ellas ni mucho menos rebajarse al lenguaje vulgar que allí pulula cuando se desatan odios y rencores de uno y otro bando, porque –no nos vengamos con cuentos- en últimas lo que estamos viendo, con perplejidad e impotencia, es un tipo periodismo que encontró en los trapitos al sol y las mentadas de madre su razón de ser y de existir. Un periodismo que, además, atiza la polarización cuando toma partido a través de los titulares y desdibuja principios básicos del oficio: verdad y precisión, independencia, equidad e imparcialidad, humanidad y responsabilidad, valores que fueron resumidos por la Red ética de la Fundación Gabo.

Por ahí leí este titular: La humildad de Mario Hernández que jamás tendrán los petristas. En un país violento por naturaleza como es Colombia, el periodismo no puede deformarse con el único propósito de convertirse en cuadrilátero para engordar cifras y hacer proselitismo, como si la calidad periodística pudiera medirse por el número de usuarios únicos.  Detrás de ese afán hay un modelo de negocio que está afectando la credibilidad y la calidad informativa. Sospecho que en esa ligereza y falta de rigor los medios extranjeros están encontrando la excusa perfecta para penetrar en el mercado colombiano; de hecho hay días en que uno francamente prefiere consultar la prensa internacional para saber lo que ocurre en Colombia. Me ha pasado.

A propósito, el ex presidente Juan Manuel Santos dio este fin de semana una entrevista al diario global El País, donde trae a colación lo que dijo hace más de doscientos años George Washington tras retirarse de la política, consejo del que –se me ocurre- debería apropiarse el periodismo colombiano:: “No se les olvide una palabra: moderación. Si pierden la moderación, la democracia deja de funcionar”. Agrega el Premio Nobel que “la falta de moderación alimenta la polarización, y la polarización hace más inefectiva la democracia”.

Está bien que un medio defienda tesis y posturas políticas, incluso económicas, pero no está bien que lo haga de manera soterrada -y por lo tanto descarada- a través de un titular noticioso; para eso cuentan con las secciones de opinión. Volvamos a la página 115 de “¿La Sociedad de la Mentira?”: “Una cosa es la posición editorial de un diario y otra la necesidad de informar verazmente. Pero en los últimos meses se ha extendido en algunos medios la costumbre, como en las malas épocas de la violencia bipartidista, de editorializar a través de las noticias, es decir, mostrando solamente lo que se quiere que suceda”. Como quien dice, cambiaron los periodistas pero no las mañas.  Ese periodismo resabiado no debería llamarse periodismo. A ese periodismo que no es periodismo hay que ponerle otro nombre. ¿Alguien se atreve?. Periodismo del insulto, digo yo.

La noticia soy yo” o el ego-periodismo

Ricardo Calderón, ejemplo del buen reportero que trabaja sin aspavientos, dijo en entrevista con El Espectador dos verdades para definir los males de la prensa colombiana. “Las redes sociales le han hecho un daño enorme e irreparable al periodismo, porque muchos periodistas se están midiendo no por las historias, sino por los clics y los seguidores. Además, siempre he pensado que estos seguidores son como ser rico en Tío Rico, eso no es nada. Nosotros nos debemos a la gente, pero el ego de muchos periodistas los nubla”.
Totalmente de acuerdo. Hay que ver la algarabía que se formó estos días con el traspaso del periodista Juan Diego Alvira de Noticias Caracol a la revista Semana, donde aquel, como un semi-Dios, se convirtió en la noticia. No me imagino al anterior dueño (Felipe López) haciendo alharaca por la llegada del periodista ibaguereño y tal vez ni siquiera lo habría contratado, pero esa es otra prueba más de que el periodismo cambió y no necesariamente para bien. Si el periodista es la noticia, entonces ¿quién diablos nos contará las noticias? ¿En quién vamos a confiar? ¿En Tik Tok?...

Qué bueno sería que en las salas de redacción se inculque lo que dice Calderón al finalizar la entrevista: “El periodista habla por sus historias. El periodista no importa, importan sus historias”.

Por ahora, estamos muy lejos de los estándares de calidad de, por ejemplo, la prensa española, con un periodismo de altura y un manejo responsable de las redes sociales, como El Diario, por citar alguno. En esta columna seguiremos insistiendo que el mejor periodismo es el periodismo independiente que no transa con las partes interesadas, como aquel que alientan desde La liga contra el silencio, una alianza de medios y periodistas que nació en 2016.

Al margen de ese y otros casos gratificantes, lamento que el periodismo que conocíamos esté muriendo lenta e inexorablemente, conforme una generación desaparece para dar paso a la siguiente. Un día ya ni siquiera tendremos primeras planas para envolver panelas y aguacates, o hacer barquitos de papel. No alcanzo a imaginarme qué será del periodismo cuando irrumpa con todo el metaverso. Por ahora solo podemos decir con absoluta certeza que el periodismo colombiano va a la deriva como el náufrago de Gabito, con la diferencia de que aquél hombre felizmente tocó tierra gracias a su osadía.

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