Mundial 2026

Vivir sin futuro: la agenda que nunca apareció

Poco a poco dejé de buscar una agenda y comencé a encontrar una vida.
Créditos:
Cortesía Rachel Coyne

Nunca imaginé que una agenda pudiera enseñarme tanto sobre la condición humana.

Durante quince años repetí el mismo ritual. Cada enero estrenaba una agenda nueva. Allí anotaba las consultas del consultorio, las conferencias, los pagos pendientes, las llamadas importantes, las ideas para futuros libros y los compromisos que iban llenando las semanas. 

Entre una cita y otra también escribía pensamientos nacidos después de conversar con un asesorado o al terminar una jornada especialmente intensa. Sin darme cuenta, aquellas páginas terminaron convirtiéndose en una memoria paralela de mi propia vida. Si alguien me hubiera preguntado dónde estaba organizada mi existencia, probablemente habría respondido sin dudarlo: en esa agenda.

Cuando decidí trasladar el consultorio a otra ciudad, después de más de treinta años de trabajo, pensé que el mayor desafío sería empacar cientos de libros, expedientes, revistas y documentos acumulados durante toda una vida. El trasteo fue largo, agotador y desordenado. Solo cuando todo parecía terminado descubrí que precisamente la agenda correspondiente al año en curso había desaparecido.

La busqué durante varios días. Abrí nuevamente las cajas, revisé archivadores, pregunté a quienes participaron en la mudanza y recorrí una y otra vez el antiguo consultorio con la esperanza de verla aparecer en algún rincón. Nunca ocurrió.

Aquella noche apenas pude dormir. No era el valor material del cuaderno lo que me inquietaba. Lo que me desvelaba era la sensación de haber perdido el mapa de los meses siguientes. Allí estaban anotados proyectos, conferencias, pagos, compromisos y muchas ideas que todavía no habían visto la luz. Por un instante sentí que había perdido varios meses de mi vida.

Al amanecer dejé de buscar la agenda. La verdadera pregunta ya no era dónde estaba, sino por qué un simple cuaderno había adquirido tanto poder sobre mi tranquilidad.

La falsa seguridad del mañana

Planificar es una virtud. Sin organización difícilmente podríamos sostener una familia, dirigir una empresa o escribir un libro. El problema comienza cuando la planificación deja de ser una herramienta para convertirse en el lugar donde depositamos nuestra paz.

Llenamos calendarios, fijamos metas, hacemos listas y distribuimos cuidadosamente los meses del año creyendo, quizá sin decirlo, que de esa manera podremos protegernos de la incertidumbre. Nos tranquiliza imaginar que el futuro obedece dócilmente a nuestros planes.

Pero la vida nunca ha firmado ese acuerdo con nosotros.

Basta una llamada telefónica, una enfermedad inesperada, una despedida, un encuentro casual o una decisión tomada en pocos segundos para modificar por completo la historia que imaginábamos. Aun así, seguimos aplazando la felicidad. Pensamos que llegará cuando resolvamos el siguiente problema, terminemos el próximo proyecto o alcancemos una nueva meta. Mientras tanto, el presente permanece esperando pacientemente a que volvamos a vivirlo.

La agenda perdida terminó mostrando una verdad que siempre había estado delante de mí. No había desaparecido únicamente un cuaderno. También empezaba a desmoronarse la falsa seguridad de creer que el mañana podía permanecer cuidadosamente escrito entre unas cuantas páginas.

No controlamos el tiempo. Apenas recibimos el privilegio de caminar junto a él.

Lo que el tiempo decidió conservar

Mientras buscaba aquel cuaderno comenzaron a aparecer otros recuerdos. Fotografías amarillentas, cartas escritas a mano, libros dedicados por amigos y antiguas agendas reconstruyeron silenciosamente distintas etapas de mi existencia. Era como si la vida quisiera recordarme que aquello verdaderamente importante nunca depende de un solo objeto.

Poco a poco dejé de buscar una agenda y comencé a encontrar una vida.

Cada caja abierta ya no devolvía fechas, sino personas. No aparecían compromisos pendientes, sino afectos cumplidos.

Con el paso de los años algunos asesorados regresaron únicamente para estrecharme la mano y decir gracias. Ya no hablaban del problema que los había llevado al consultorio. Hablaban de la paz que habían recuperado, de la familia que lograron reconstruir, del miedo que dejaron atrás o de la esperanza que volvió a visitar sus vidas. 

Comprendí que la verdadera tarea de quien acompaña el dolor humano no consiste en resolver la existencia de los demás, sino en caminar a su lado hasta que vuelvan a descubrir la fuerza que siempre había permanecido dentro de ellos.

También regresaron a mi memoria familias enteras que llegaron desgastadas por el resentimiento y el silencio, y que con el tiempo encontraron el valor para reconciliarse. Recordé los grupos de apoyo donde hombres y mujeres descubrieron que compartir el dolor era el primer paso para dejar de cargarlo solos. 

Pensé en las docenas de alumnos con quienes tuve el privilegio de compartir conocimientos y experiencias, hasta advertir que ellos terminaron enseñándome tanto como aquello que yo intentaba transmitirles.

Después aparecieron las mujeres que hicieron parte de mi historia. Durante mucho tiempo pensé que el amor debía medirse por la duración de una relación. La vida terminó enseñándome otra cosa. Algunas personas permanecen muchos años sin transformarnos; otras llegan durante un instante y cambian para siempre nuestra manera de comprender el amor, la soledad, el perdón o la libertad. 

Cada una de ellas encontró un hombre diferente, porque cada encuentro me fue convirtiendo en alguien distinto. Hoy las recuerdo con gratitud a todas, incluso con sus sombras de confusión y despedidas, pero también con sus destellos de luz y guía. Hoy afirmó sin lugar a duda que haber sido bendecido con su amor fue la más importante y bella experiencia de mi camino.

Es cierto las fechas comenzaron a borrarse. Permanecían, en cambio, los rostros, las conversaciones, los abrazos, las despedidas y la gratitud.

Entonces entendí que la verdadera biografía de un ser humano nunca se escribe en las agendas, ni en los títulos, ni en los reconocimientos. Se escribe silenciosamente en las vidas que logra tocar, en el sufrimiento que ayuda a aliviar, en la esperanza que despierta y en el amor que deja sembrado mientras recorre su propio camino.

Más KienyKe
Carlos Enrique Silgado y José Manuel Restrepo acordaron la dinámica de trabajo entre los equipos técnicos.
Michelle Rouillard cuenta cómo ha construido su vida apostando por sí misma, aceptando los cambios y transformando cada etapa en una oportunidad para crecer.
La FIFA confirmó los artistas del show de medio tiempo de la final del Mundial 2026. Justin Bieber, Shakira, Madonna, BTS y más.
Poco a poco dejé de buscar una agenda y comencé a encontrar una vida.