¿Por qué arriesgarnos a una segunda vuelta cuando esto se podría resolver en primera vuelta si el presidente Álvaro Uribe invitara a sus seguidores a votar por Abelardo de la Espriella el próximo domingo? Mi hermana desde España me hizo caer en la cuenta de que Uribe nos lo está debiendo. Y cómo no, siendo que le alcahueteamos a un Santos y a un Duque, y nos debe otros asuntos oscuros como el fuero militar y, extremadamente grave, la negociación del plebiscito. Para mi hermana es una exigencia al vacío; para mí es una oportunidad para el gran colombiano de pagar esa deuda con humildad, como se pagan aquellas que, por el tiempo pasado, ya vemos perdidas y cuyo inesperado pago recibimos con alborozo.
Le pediría a Uribe que se ponga de nuevo la mano en el corazón —como se le ve en la imagen que todos conocemos— y aporte su granito de arena, tan necesario ahora, para salvar la Patria. La cosa es muy seria. Esta oportunidad que se nos presenta, la de un triunfo el 31 de mayo, es única sin que se vislumbrara pocas semanas atrás. Si los votos de Abelardo no alcanzan el cincuenta más uno, nos veremos confrontados a veinte días, no de debates sino de grandes peligros que no son difíciles de imaginar, habiéndolos sufrido en el pasado en una escala mucho menor y no instigados ni patrocinados por el mismo gobierno.
Es cuestión de sentido común y de coherencia —quienes hemos seguido con atención la campaña del tigre podemos testificar de su extrema coherencia— y sería el momento para el expresidente de dar muestras de su sentido común y de su coherencia, más que de su orgullo y su vanidad.
No traicionaría sus principios al hacer el llamado a depositar el voto, no por su candidata, con todas las virtudes con las que cuenta, sino por quien, por ventura y por obra y gracia del Espíritu Santo, ha alcanzado convocar a millones de colombianos que hemos mantenido la fe en un futuro próspero, a pesar de todas las adversidades y desastres resultado de la acción diabólica de quien, para desgracia del país, gobierna desde hace pocos años que nos han parecido una oscura eternidad. El mismo que ahora pretende, por todos los medios, perpetuar su delincuencial gobierno, dejándolo en manos de un heredero que resultará más catastrófico y destructor, actuando bajo las consignas estalinistas que han significado tanto dolor a la humanidad entera.
A cuatro días de las elecciones veo con claridad que un llamado sincero a las bases uribistas, aquellas que por disciplina de partido persisten en votar por Paloma Valencia, podría hacer la diferencia. Ya se vivió en el caso de Páez: no fueron sus pocos y valientes llaneros los que estuvieron al frente durante la larga batalla, sino los que llegaron en el momento oportuno para que se lograra el triunfo en una arremetida final.
La repetida tantas veces expresión de Bolívar a José Antonio Páez, “General, salve usted la Patria”, se dio en una situación crítica, en un enfrentamiento en los llanos del Orinoco, cuando Páez fingió una retirada para luego ordenar a sus lanceros: “¡Vuelvan caras!”, atacando de sorpresa a la caballería española, lo que significó la victoria.
Doscientos siete años después, Abelardo de la Espriella podría parodiar la frase de Bolívar a Páez cuando nos encontramos más cerca que nunca de un triunfo anhelado, que quedaría sellado el próximo domingo para bien del país, de lo que no tengo la menor duda.
Sin acuerdos previos, sin negociaciones, sino con la humildad necesaria en momentos que pasarán a la historia, le llegó el turno a Uribe de atender el llamado del tigre y de quienes lo seguimos en esta batalla espiritual que apenas comienza y tiene que ser con un rotundo triunfo que garantice la gobernabilidad:
Presidente Uribe, salve usted la Patria y ordene: ¡Vuelvan caras!
