Diseñador hasta la médula

Dom, 09/01/2011 - 10:05
Lo primero que Jorge Duque Vélez cosió en su vida fue una cucaracha. Estaba atrapada entre los pies, la aguja y los dedos de “La mueca”, una máquina de coser Magic Bobbins Singer 696, que una t
Lo primero que Jorge Duque Vélez cosió en su vida fue una cucaracha. Estaba atrapada entre los pies, la aguja y los dedos de “La mueca”, una máquina de coser Magic Bobbins Singer 696, que una tía suya iba a botar en un trasteo. Él la recogió y se la llevó para su casa. Pero la historia de Jorge con el diseño de modas ha sido mucho más accidentada que la vida de una cucaracha. El ganador de la primera versión de Project Runway Latinoamérica, el reality de diseñadores de moda más reconocido del mundo, habla de pasarelas, telas y costuras con la misma facilidad que lo hace de los fundamentos fisiológicos de la anatomía, de tornillos o de poemas costumbristas antioqueños. Lo primero que veo de Jorge Duque Vélez son sus piernas que bajan una escalera. Unos pantalones fucsia y unos Convers coloridos preceden la entrada del hombrecito de 1,6 m de estatura que entra a la sala con los brazos extendidos, una sonrisa de oreja a oreja y un paquete de cigarrillos Paul Mall mentolados en su mano derecha. El resto del atuendo lo completa una camisa blanca –planchada de forma impecable‒, un cinturón de colores y un corbatín que hace juego con el pantalón. Hace poco más de una semana mostró en Bahamas una colección en pasarela por primera vez, y se ganó el título de mejor diseñador latinoamericano. Todo comenzó a finales de junio cuando una amiga le mandó un e-mail de una convocatoria que hacía Project Runway para grabar la primera versión del programa en español. El mensaje invitaba a quienes quisieran ser la próxima estrella del diseño latinoamericano a enviar al concurso diez fotos con sus creaciones y un video de presentación. La convocatoria se cerraba al otro día y Jorge agradeció la obsesión que siempre había tenido su pareja, el fotógrafo Santiago Escobar, de prohibirle sacar piezas del taller sin antes fotografiarlas. En cuanto al video, hizo uno improvisado, mientras cosía un vestido para alguna de sus 250 clientas. Jorge es diseñador empírico porque su título universitario, la tesis laureada y los pacientes que alguna vez tuvo, indican que es fisioterapeuta profesional. El primer cliente que tuvo, hace un poco más de quince años fue Santiago, su pareja, a quien ayudó a recuperarse de un grave accidente. El último paciente fue hace cuatro años, una monjita octogenaria que vive en Fontibón, a la que le evitó una cirugía de mano con la ayuda de terapias. Él estudió en la Universidad María Cano, la única que a comienzos de los años noventa tenía el programa de rehabilitación. Después de una larga aspirada a su cigarrillo, y entre el humo que sale de su boca, cuenta que mantuvo un promedio de 4.8 durante toda la carrera y que aún hoy algunos ex compañeros lo llaman para hacerle consultas sobre temas de fundamentos fisiológicos. Su elección de carrera no fue obligada, a él de verdad le gusta. Desde niño era muy precoz y  acompañaba a su papá trabajar a la Clínica del Sur, en Medellín, pero también iba al costurero de sus tías, y así creó su primer negocio: vendía muñecos hechos por él mismo. Los hacía de malla y con tejido de punto los rellenaba de algodón. Luego los maquillaba, los vestía y los metía dentro de tarros de mayonesa. No sabe si por las ganas de aprender cosas o por tener una excusa para faltar a clase fue que se matriculó a cuanta actividad extracurricular se dictaba en su colegio. Jorge fue acólito, perteneció a la tuna, ganó concursos al recitar poemas de Tomás Carrasquilla y tocó el tiple en algunos de los colegios en donde estudió en Medellín. Fueron varias instituciones, no por deficiencia académica, sino por exceso de energía. Vivía metido en problemas: un día fue suspendido por hacer dibujos ‒también ganó concursos de caricaturas‒ en los pupitres nuevos de las monjas del colegio Santo Domingo de Guzmán, y otro fue expulsado por arrancar una página de un libro de la biblioteca con una ilustración de un violonchelo Stradivarius. Terminó en un liceo del municipio de Envigado,  a donde entró con matricula condicional y con una advertencia severa de su mamá. Eso fue su polo a tierra. Se calmó, se convirtió en un estudiante aplicado y afirma que nunca dejó de entregar un taller de física, química, cálculo o algebra, sus materias favoritas. Se graduó con un puntaje en el Icfes de 366 sobre 400 y hoy todavía se acuerda de las fórmulas exactas de la factorización del álgebra de Baldor, para salvación de trabajos y tareas de sus sobrinas adolescentes. El primer trabajo de Jorge fue de vendedor de tornillos en el taller de una prima. Dice que se moría de la pereza pero se memorizó todas las denominaciones de tuercas y aprendió a diferenciar una rosca milimétrica de una universal sin problema. Ahí se ganó su primer sueldo. Lo gastó en un edredón del que su mamá estaba antojada y que aún hoy conserva. Después de las tuercas vendió suscripciones de directorios telefónicos de exportadores e importadores. De ahí lo echaron porque las vendía, pero nunca las cobraba. Cuando entró a la universidad también fue mesero en Primos, un conocido restaurante de hamburguesas. Ahí trabajó durante toda la carrera y conoció a Santiago, su pareja y una de las personas más importantes de su vida. Mientras dobla las piernas y las pone como un niño sobre el borde de la silla, dice con un acento que se acerca más al de un paisa cuentero que a un diseñador engreído, que se considera una persona con buena fortuna y que él es hoy diseñador de moda porque era algo inevitable que tenía que pasar en su vida. Al contrario de la idea que muchos tuvieron sobre su futuro en la rehabilitación y fisioterapia, eso fue sólo un paso que le ayudó a comprender cuál era su camino. Gracias a sus estudios formales no sólo tiene el chip de las cosas reales sino que tienen una noción de la anatomía humana y del cuerpo que otros diseñadores de moda no tienen. Cuando acabó sus estudios ya tenía unos pacientes fijos que atendía a domicilio. Como ya sabemos, Santiago Escobar, con quien para ese momento ya tenía una relación, fue el primero. “Santini”, como le dicen sus amigos, es un reconocido fotógrafo que por años ha trabajado con publicidad, arquitectura y moda. Más temprano que tarde Jorge, curioso como un niño pequeño, se empezó a interesar cada vez más en ese mundo de la estética. Su mente funcionaba desde lo formal, pero soñaba con lo sutil, por eso comenzó a asistir a Santiago cada vez que tenía alguna sesión de fotos y entendió la parte artística detrás de una foto y la importancia de un concepto. Enciende otro cigarrillo –el tercero que se ha fumado durante la entrevista‒ y dice que uno es como los carros, que cuando se compran vienen con el equipamiento básico. “A mí me pasó lo mismo con la estética. Con los años yo he ido engallando la mía. Yo estaba destinado a ser diseñador. La vuelta fue larga, pero llegué”. En la misma máquina de coser que heredó de su tía, la misma con que cosió a la cucaracha, Jorge empezó cosiendo trapos. Practicaba una y otra vez la puntada recta y la zig-zag, las únicas que tenía la máquina. La primera vez que cosió una  prenda de verdad fue un jueves santo por la mañana. Le dijo a Santiago que le prestara uno de sus jeans Girbaud y le dijo que a las 4:00pm le iba a entregar la copia exacta. Se fue y compró una tela de jean barata en el Éxito del Poblado y después de “bregar y bregar” –nunca había puesto una cremallera en su vida‒ le entregó a esa hora los pantalones exactos. Después del triunfo practicaba desarmando ropa vieja y volviéndola a armar, una y otra vez hasta que quedara perfecta. Cada vez que Santiago tenía fotos, él le hacía el vestuario para las producciones. Así, la vida quiso que terminara de vestuarista de comerciales. Hizo trabajos para Johnson&Johnson’s y aplicó otro tipo de conocimiento, como crear un concepto alrededor de una marca. En 2003 llegó a Bogotá a probar fortuna en esa nueva profesión y lo llamaron de novelas y de productoras de cine. En un corto tiempo, Jorge se convirtió en director de arte. Recuerda como una de sus mayores pruebas la novela Dora la Celadora, dirigida por Felipe Doté. Él fue una de las personas que más lo incentivó para abrir un taller y al mismo tiempo fue quien le puso algunos de los mayores retos. Uno de ellos fue crear un concepto detrás de varias imágenes de la Virgen María para el cabezote de la novela. Debía darles contemporaneidad y no hacer del tema católico algo tan obvio y marcado. Pidió quince días y un adelanto –con el que se compró una fileteadora‒ y dos semanas más tarde entregó el trabajo que se le había encomendado. Jorge se le mide a todo. Dice que por eso se ganó el reality, porque no le come cuento a nada. Se aplica y lo hace. Envió la aplicación como por hacer la vuelta. Al mes, cuando lo contactaron avisándole que estaba entre los sesenta preseleccionados se dio por bien servido. Vio que había doce colombianos más, pero no conocía a ninguno. El paso a seguir era cumplir una entrevista por Skype con una modelo usando uno de sus vestidos. El jurado lo veía a él pero él no los veía a ellos. La última pregunta que le hicieron fue que qué se perdería el reality si él salía elegido. Su respuesta fue contundente: “Estarían echando al ganador del concurso”. Es una respuesta que puede sonar prepotente, pero no lo es. Jorge repite sin cesar que todo se lo debe a la suerte y al devenir. Incluso considera que hay muchas personas que cosen mejor que él. Al mes siguiente recibió otra llamada anunciándole que había quedado entre los quince seleccionados y que tenía una semana para prepararse y llegar a Buenos Aires, Argentina. Estuvo confinado casi cuatro meses. Era el único autodidacta del grupo y pensó que no llegaría lejos. Pero como él mismo lo dice, ahora de pie entre las telas y los maniquís de su taller, en la industria de la moda nada es cuantitativo, todo es de pareceres. De ahí en adelante se hizo un nombre entre sus compañeros y siempre era uno de los competidores favoritos. Recuerda un desafío en el debía diseñar un vestido para una ejecutiva. Una de las observaciones que tuvo el jurado fue que era un poco elegante para una ejecutiva promedio. Jorge contestó que su ejecutiva era una mujer que vendía yates en Saint Tropez, y que para ese oficio estaba más que bien vestida. El día de la final, junto a las otras dos competidoras, Shantall y Cata, se sentía seguro pero no pensaba que iba a ganar. Su colección étnica de diez piezas se vio impecable en la pasarela del resort de las Bahamas, donde se llevó a acabo el desfile. Cuando escuchó su nombre como ganador dice que se sintió fuera del cuerpo “como una experiencia del cuarto tipo”, dice en broma. Ganó US$20.000 para hacer una colección, una portada y una nota central en la revista Elle de México y la invitación a mostrar su ropa en el próxima High Fashion Hjek de Puerto Rico. Gracias a este triunfo ya tiene invitaciones para participar en la Feria de Moda de Guadalajara, el Buenos Aires Fashion Week y la pasarela de Mercedes Benz. Algo nada mal si se tiene en cuenta que nunca antes había participado en una pasarela. Cosas del talento, y del destino, diría él.
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