Una tarde cualquiera del 8 de enero de 1996, Merced y Petrucio Guimarães iniciaron la remodelación de su casa en el barrio Gamboa, una zona portuaria de Río de Janeiro, Brasil. La familia había ahorrado durante seis años para comenzar las obras en su hogar, sin embargo, jamás imaginó lo que encontraría bajo el suelo de su vivienda.
Había pasado poco tiempo desde que los albañiles comenzaron las excavaciones cuando encontraron lo que, en un principio, parecían ser huesos de perro. De inmediato le informaron del hallazgo a doña Merced, quien, al revisar la situación, comprendió que se trataba de algo muy distinto. "Me acerqué, rebusqué entre los restos y encontré una mandíbula de adulto. Le dije: 'Señor José, eso no es de un perro, ¡es humana!'", relató Merced a la BBC.
Créditos: Instituto Pretos Novos
Un cementerio olvidado
De acuerdo con la BBC, un vecino conocedor de la historia del sector le contó a Merced que los libros de historia situaban en ese lugar un cementerio de esclavos. Tiempo después, el Instituto de Arqueología Brasileña confirmó que se trataba del antiguo Cementerio de los Pretos Novos, el mayor cementerio de esclavos de América.
"Pretos Novos" era una expresión que se utilizaba para referirse a los africanos esclavizados que morían durante la travesía en barco o poco tiempo después de llegar al continente.
La existencia de este cementerio ya era conocida gracias a los registros históricos, sin embargo, su ubicación exacta seguía siendo un misterio. Se estima que funcionó entre 1770 y 1830 y que allí fueron enterradas alrededor de 40.000 personas.
A pesar de la magnitud de esta cifra, el terreno donde se encontraba el cementerio es relativamente pequeño. Según informó RT, tiene una extensión aproximada de 1.000 metros cuadrados y una profundidad de apenas 1,8 metros. Por ello, los albañiles no tardaron en encontrar los restos humanos, que se hallaban muy cerca de la superficie.
Las huellas de la esclavitud
De acuerdo con las investigaciones, los cuerpos eran arrojados y amontonados en fosas comunes, sin ningún tipo de ritual, cuidado o preparación. Esa es la razón por la que muchos de los huesos presentan fracturas e incluso quemaduras, ya que la incineración era utilizada para generar más espacio y permitir que se depositaran más restos.
Que este cementerio estuviera ubicado en el puerto de Río de Janeiro tiene sentido, pues entre los siglos XIV y XIX, este fue uno de los principales puntos de ingreso de personas africanas esclavizadas al continente. De acuerdo con Alex Borucki, académico de la Universidad de California,"Se transportaron 11 millones de africanos esclavizados en dicho periodo, de los cuales cinco millones desembarcaron en Brasil".
La apuesta por preservar la memoria
Merced quedó profundamente impactada por el descubrimiento, pero también comprendió que no podía ignorar lo que había encontrado. "Encontré los restos de un holocausto. El holocausto negro", recordó en entrevista con la BBC.
A pesar de no contar con recursos económicos ni con el apoyo del Gobierno, Merced tomó la decisión de detener las obras de su vivienda. Junto con su esposo y sus hijas se mudó a un local abandonado y, tras años de esfuerzo, en 2005 logró fundar el Instituto de Investigación y Memoria Pretos Novos (IPN).
Con el tiempo, el lugar se transformó en un museo que alberga una biblioteca y un memorial con paneles dedicados a preservar la memoria de quienes fueron enterrados allí. Hoy, este espacio busca mantener viva una historia que nunca debería ser olvidada y rendir homenaje a las víctimas de uno de los episodios más dolorosos de la esclavitud en Brasil.
