Crítica a las “marihuanadas” de Fernando Vallejo

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Crítica a las “marihuanadas” de Fernando Vallejo

12 de mayo del 2017

Puede que Fernando Vallejo sea uno de los mejores escritores de Colombia. Los críticos y la considerable cantidad de lectores –entre los que me incluyo–, respaldan esa idea. Su prosa es ágil, sincera, profunda, muy bella. En repetidas ocasiones ha dicho que es “el último y más grande gramático del Español”. Cada vez que escribe levanta polvo. Polémica: esa también es una forma de calificar la literatura de Vallejo. Polémica y contundente.

Su libro ‘Las bolas de Cavendish’, presentado en la más reciente edición de la Feria del Libro de Bogotá no podría ser la excepción a la regla. Al contrario: la controversia es la regla; la firma propia de Vallejo. Está vez, como siempre, la emprende contra la Iglesia, contra la procreación, contra el Estado, contra otras tantas cosas, pero especialmente contra algunos de los más importantes postulados de la Física moderna.

Así empieza su libro: “A Einstein me lo imagino como un hombre sucio envuelto en una nube de humo de marihuana. ¡Con que el espacio-tiempo! No. Lo que hay es el espacio y el tiempo, por separado, y ambos son realidades mentales, turbulencias del cerebro. Por fuera de mi cabeza no existen. El espacio lo concibo como el vacío que ocupo, y que me pertenece solo a mí y a nadie más. En cambio este instante en que te hablo, hombre Vélez, y en el que te resumo el tiempo, me pertenece tanto a mí como a ti, y de paso a todas las estrellas de todas las galaxias por muy lejos que estén, si es que aún existen y no se las han tragado los agujeros negros. ¡Se tragan hasta la luz de Einstein!”.

Vallejo insiste en que la mayoría de las ideas, todas soportadas matemáticamente, son “marihuanadas”.  Las de Newton también fueron ‘marihuanadas’. Y las de Galileo, Darwin, las de Cavendish por supuesto. Quizás Vallejo también tuvo la suya, su ‘marihuanada’ cuando escribió Las Bolas de Cavendish.

“Este libro, donde estoy tratando de desenmascarar a los más difíciles de desenmascarar, porque desenmascarar a Dios, a Cristo, a Uribe, a Santos, para mí es ‘maíz pilado’, como decían en Antioquia hace cien años, cuando yo nací. Difíciles de enmascarar ahora los físicos: estos hampones que mienten con ecuaciones, de los que están llenas las universidades”.

Primero en 2002 con ‘La tautología darwinista’, y luego en 2004 con el ‘Manual de imposturología física’, Vallejo había intentado refutar algunos de los más importantes postulados de la ciencia moderna. Klaus Ziegler calificó ambos libros de “lamentables”.

El “Manualito”, el más increíble de los dos, es una mezcla inverosímil de analfabetismo científico, ineptitud, atrevimiento y patanería. Detengámonos a analizar su propuesta de una nueva ley de la gravitación universal”.

“Sus dos libros “científicos” son el mejor ejemplo de las limitaciones que encierra una formación exclusivamente humanística o literaria. No sorprende que algunos “intelectuales literarios”, como el mismo autor, o como Antonio Caballero, a menudo se vean en dificultades para razonar con conceptos abstractos o impedidos para reconocer las falacias lógicas más elementales. De el “Manualito”, escribió Caballero emocionado: “…es, repito, un placer: de claridad, y de ironía, de sonoridad y de inteligencia. De buena literatura”. ¿Placer de inteligencia? El libro, además de estar plagado de errores, abunda en lugares comunes, en las mismas irreverencias trilladas, en las mismas vulgaridades. Vallejo se muestra corto de creatividad, flojo, repetitivo”, escribió Zeigler.

En la presentación de ‘Las bolas’ lo acompañó Willian Ospina, también escritor. Se refirió a Vallejo y a su obra con una admiración casi reverencial. ““Aquí viene Fernando Vallejo a decirnos que Newton y Galileo no siempre acertaron al describir el movimiento de los cuerpos o de la luz. Fernando: no regañes a Newton, que él se equivocaba, pero lo hacía de buena fe, no como ciertos críticos de revista que no son capaces de leer tu libro sólo porque los obliga a pensar”, dijo. Para nadie es un secreto que la relación de Vallejo y Ospina siempre ha sido de mucha cercanía.

La opinión, abiertamente aceptada, es que cuando Vallejo escribe novelas `la saca del estadio’. ‘El río del tiempo’, su serie de libros autobiográficos, por partes o en su conjunto, es una maravilla. Vallejo atrapa con su prosa, con la ternura que usa para narrar cada episodio que ha vivido. Y también por la forma, caustica y contundente, que tiene para criticar a Colombia, a la iglesia, a la sociedad. Y, por supuesto, por la defensa férrea que hace de los animales, el amor de su vida.

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Pero también es ampliamente reconocido que cuando escribe de ciencia se le van un poco las luces. Juan Diego Soler, astrofísico colombiano, escribió que “aunque es indudable el conocimiento enciclopédico desplegado en la cascada de referencias sobre las que navega este monólogo, leerlo detenidamente deja en claro que la valoración que hace Vallejo de la física está basada en una única evidencia: su opinión personal. Por eso cae en los lugares comunes en los que he visto caer a los estudiantes cuando se exponen por primera vez a una clase de física y presa de la frustración o el pánico, prefieren renegar de la fuerza centrípeta antes de reconocerla cada vez que el bus que los lleva a estudiar toma una curva”.

Soler no fue el único que la emprendió contra Vallejo luego de la presentación de su libro. Klaus Ziegler, en El Espectador, calificó la charla entre el escritor antioqueño y Willian Ospina como “patética y risible”.

“Es evidente que ni William ni Vallejo entienden que las teorías científicas no son otra cosa que metáforas del mundo. ¿Es acaso la gravedad un campo, una fuerza o una geometría pseudoriemanniana del espacio tiempo? ¿Es el electrón una onda de probabilidad o su espín un vector de un espacio 2-dimensional complejo? Esas metáforas están escritas en otro lenguaje, y es otra la sintaxis, y para apreciar su belleza se necesita saber algo de matemáticas, más allá de poder sumar las once pulsaciones del endecasílabo o las catorce del alejandrino”, dijo.

Parece que Ospina no ha dedicado el tiempo suficiente para “desembrollar las desembrollar las leyes de la mecánica celeste o las ecuaciones tensoriales de la Relatividad General como para terminar convencido de las “imposturas” que Vallejo denuncia en su librito?”. Parece que para Zeigler, el tiempo que pasó en la charla de Vallejo y Ospina fue “ un show de vanidad y adulación mutua. De un lado, el iracundo consuetudinario, esta vez algo senil, pero cada vez más repetitivo y monótono. Del otro lado, el romántico relamido, procurando con frecuencia desviar la conversación hacia un lado menos bochornoso…”

La conclusión del crítico, que seguramente ha leído algo a Vallejo porque ya en un par de ocasiones habló con menos dureza de él, recoge la opinión de quienes, emocionados y sorprendidos, leemos a Vallejo, las novelas de Vallejo, pero que frente a su posición científica damos un paso al costado y dejamos el libro en ‘veremos’.

“¡Qué poco ha cambiado el mundo! –escribe Zeigler–. Cinco siglos después y aún persisten esos mismos personajes, fantaseando en su majadería, creyendo esta vez que la patanería o la cursilería son suficientes para echar abajo el monumental edificio de la ciencia, sin duda el patrimonio intelectual más grande de la humanidad. ¡Qué desvergüenza, qué pobreza intelectual!”.