El boxeador que perdió contra la Cortina de Hierro

El boxeador que perdió contra la Cortina de Hierro

3 de marzo del 2011

Su esfuerzo fue tan vano como golpear el viento. Pérez lanzaba combinaciones, jabs y rectos de derecha, y a cada golpe el húngaro Laszlo Orben se sacudía como una marioneta. El colombiano pegaba y pegaba, pero los jueces no le daban puntos. Al cuarto round, el árbitro levantó el brazo del húngaro, declarándolo ganador. Desconsolado, con el rostro intacto, Pérez se sentó en un rincón y se dio manotazos en la cabeza, como queriendo explicarse lo inexplicable a los puños. Tenía la medalla de bronce, pero había ido a Múnich 72 por la de oro. Sólo al regresar a Colombia, cuando lo recibió una multitud encabezada por políticos y dirigentes, Pérez advirtió que la medalla olímpica de 140 gramos que colgaba de su cuello le iba a cambiar la vida.

Alfonso Pérez no tiene la sangre caliente por el sol cartagenero, sino de su papá, un celador del Sena que todos los sábados se emborrachaba y noqueaba a algún vecino. Alfonso no se quedaba atrás. En el colegio, quien le lanzara una bolita de papel o se burlara de él, recibía un aguacero de puñetazos. Desde muy temprano le enseñaron que el respeto se ganaba peleando a mano limpia. Con los años, cuando se convirtió en boxeador, se volvió un joven disciplinado y dejó las riñas callejeras. Pero en el ring se convertía en una fiera con una mano derecha de plomo.

Pérez ganó diez campeonatos nacionales, dos bolivarianos, dos centroamericanos, un panamericano y una medalla olímpica. Este cartagenero de 61 años, que jamás fue noqueado, es el mejor boxeador aficionado en la historia de Colombia.

En el departamento de Bolívar han nacido los mejores boxeadores del país: Kid Pambelé, Rocky Valdez y Bernardo Caraballo. Pérez lo explica muy simple: “el boxeo nace de la pobreza, y en Bolívar, en Cartagena, hay mucha pobreza”. Él mismo cambió los guantes de béisbol por los de boxeo para ganar dinero.

Entrenaba en el club El Bombero, en el barrio Bocagrande, de Cartagena. “Nos ejercitábamos sobre la arena. Uno respiraba profundo y sacaba pescado”, dice, y en sus ojos achinados se dibuja un gesto infantil.

Tenía quince años cuando enfrentó su primera pelea oficial en el Parque Centenario contra un boxeador llamado Óscar León. Lo derrotó por nocaut. Al finalizar ese combate conoció a quien sería su protector, consejero y padrino: Alfonso Múnera Cavadía, por entonces Jefe de los Correos Nacionales y presidente de la Liga de Boxeo de Bolívar. Múnera fue su apoderado durante toda su carrera. Además de apoyarlo para que siguiera con el boxeo, le consiguió un trabajo como cartero en la oficina de correos de Cartagena.

Pérez saltaba el lazo, hacía abdominales en un tablón desbaratado y golpeaba un saco de arena lleno de piedritas que le magullaban los dedos y le hacían sangrar los nudillos. Y luego salía a trabajar, a recorrer en bicicleta las calles de Cartagena repartiendo las cartas que cargaba en un morral terciado.

Ganó su primer campeonato nacional en 1967 y repitió en el 68, 69, 70 y 71. En este último año clasificó a los Juegos Olímpicos de Múnich, luego de vencer varios contrincantes en su categoría, peso ligero.  El 26 de agosto de 1972, encabezó la delegación de Colombia en la inauguración de los juegos. Vestía un pantalón habano de bota campana y un saco de paño color zapote. Marchó por la pista atlética con la bandera de Colombia en sus manos.

En los primeros días de las olimpiadas, Colombia acumuló varias vergüenzas: el uniforme de la delegación era el más feo de todos, el pesista Juan Romero se comió un pollo en salsa tártara y a la mañana siguiente fue descalificado por sobrepeso; a la selección Colombia de fútbol le anotaron once goles en dos partidos, y el ciclista “Batman” Hernández fue expulsado por indisciplina. Mientras tanto, Alfonso Pérez esperaba su turno.

En Múnich, Pérez vivía deslumbrado. Nunca se imaginó encontrarse con una ciudad tan moderna. Un día salió del hotel a caminar, levantó la cabeza y vio un enorme edificio de unos sesenta pisos. Jamás había visto algo tan grande. “Era tan alto que yo le veía la punta doblada, como inclinada. De repente, sentí que el edificio se movía. Creí que me iba a caer encima”, cuenta. En ese instante, soltó unas manzanas que llevaba en sus manos y huyó despavorido. “Quedé como el más bobo del mundo”, afirma, y suelta una carcajada. En Múnich también conoció la cosa más linda que ha visto en su vida: el reloj de la plaza Marienplatz. Todos los días, cuando iban a ser las once, Pérez corría a la plaza y se paraba frente al reloj para ver a las coloridas figuras mecánicas, que cobran vida a esa hora y dan vueltas como un carrusel en lo alto de la torre.

La mala racha de Colombia se rompió cuando el primero de septiembre el tirador barranquillero Helmut Bellingrodt ganó una medalla de plata, la primera en la historia para el país. Ese mismo día, Pérez enfrentó a su primer rival, un ugandés a quien venció por decisión unánime. Tuvo que pelear cuatro veces más para ganar la medalla de bronce, que logró luego de vencer a un boxeador turco.

Mientras Pérez se preparaba para el combate definitivo, un grupo de terroristas palestinos del grupo Septiembre Negro secuestraron y asesinaron a once deportistas israelíes. Las olimpiadas fueron suspendidas durante varias horas. Empezó a correr la voz de que los juegos habían llegado a su fin. Alfonso Pérez, seguro de que no subiría más al ring, se dedicó a comer todo lo que tenía prohibido. Había subido ya dos kilos cuando le llegó la noticia de que los juegos continuaban. Tuvo que bajarlos a marchas forzadas, trotando con un buzo acalorado.

El día del combate contra el húngaro, que definía su paso a la final, Pérez sentía los brazos pesados. Pero en cuanto sonó la campana mostró una superioridad que mantuvo durante todo el combate. Al final, todos, excepto los jueces, dieron como ganador a Pérez. Los puños del cartagenero se habían estrellado contra la Cortina de Hierro: los países comunistas, de los que hacía parte Hungría, tenían fama de comprar jueces y hacer fraude para ganar las competencias. El deporte era una de las principales formas de mostrar su poderío y hacían lo que fuera con tal de ganar.

Por eso, Pérez cree que tuvo que conformarse con la medalla bronce. Pero al llegar a Colombia lo recibieron como un rey. Su bronce pesaba como si fuera de oro. El presidente Misael Pastrana le dio dinero para comprar una casa. En Cartagena, le hicieron una recepción en la Plaza de la Aduana y le regalaron otra casa, y Postobón le dio otra buena suma de dinero. Pérez siempre ha sido feo, pero desde que ganó la medalla las mujeres no dejaban de coquetearle. Cuando salía a la calle todo el mundo lo saludaba. Desde ese momento, la gente lo empezó a conocer como ‘El olímpico’ Pérez. Ya no era un hombre pobre. Esa medalla de bronce le había cambiado la vida.

Después de los juegos, Pérez dejó el boxeo olímpico y comenzó su carrera como boxeador profesional. Ahora pelearía con guantes menos abullonados y sin casco protector. Empezó con pie derecho, noqueando a su primer rival. Pero su carrera profesional nunca despegó del todo, a pesar de lograr victorias decisivas, como la de esa noche del 19 de enero de 1975, cuando noqueó al legendario peleador panameño Eusebio Pedroza, quien forma parte del salón de la fama del boxeo y tiene dos récords en la categoría pluma.

El combate se realizó en Panamá. Pedroza llevaba catorce peleas sin perder y era el favorito para ganarle al colombiano. Pero en el tercer round del combate, los dos boxeadores se enfrascaron en un duro intercambio de golpes. Ambos querían acabar rápido la pelea. En medio del ir y venir de golpes, Pérez sacó un jab que sacudió hacia atrás a Pedroza, y luego, para rematar, soltó un derechazo tan fuerte que el panameño no cayó hacia atrás sino hacia delante, desplomado. Fue un nocáut fulminante.

Según Pérez, su carrera como profesional nunca despegó porque jamás pudo pelear por el título de los ligeros. Una vez tuvo la oportunidad de enfrentar a Alexis Argüello, uno de los mejores boxeadores de la historia, pero su apoderado pedía 50 mil dólares, y Pérez y su representante no los tenían.

En su boca, Pérez tiene marcado el golpe más fuerte que recibió, contra Mamadeo Alonso, quien le rajó el labio inferior, de arriba debajo, de un puñetazo. “Yo sentí que me había arrancado la boca”. Para que el juez no suspendiera la pelea, Pérez se mordió el labio con todas sus fuerzas, mientras se tragaba el chorro de sangre que le bajaba por la garganta con una cascada. Así, mordiéndose, Pérez se fue encima de Alonso y lo noqueó. Lo noqueó de la rabia.

El tiempo pasaba y Pérez seguía peleando. Pero su carrera no despegaba. Otra vez, como en la pelea contra el húngaro, estaba golpeando el viento. Después de 42 peleas –27 triunfos, once derrotas y tres empates–, en 1981 la carrera de Pérez terminó. Se retiró sin tocar la lona: nunca lo noquearon.

Pero Alfonso Pérez nunca ha abandonado el boxeo. Como entrenador, ha sacado cinco campeones mundiales: Elvis Álvarez, Juan Polo Pérez, Harold Mestre, Ilido Julio y Jhony Pérez. Todos campeones fugaces. “Es que a lo jóvenes ya no les gusta entrenar. No madrugan, no se esfuerzan. No tienen coraje. No les importa ganar o perder”, dice Alfonso Pérez. Después de un silencio, eleva la mirada y, de la nada, suelta un derechazo sobre su mano izquierda que retumba en el gimnasio que lleva el nombre de otro boxeador, Bernardo Caraballo, a juicio de Pérez, el mejor que ha nacido en Colombia. El recto de derecha siempre fue su mejor golpe. Pérez recuerda una anécdota del combate contra Pedroza. Cuando el panameño cayó a la lona como un árbol talado, los familiares de Pedroza gritaban desesperados: “¡lo mató!, ¡lo mató¡!”. Entonces, Alfonso Pérez, con la inocencia de un niño, respondió: “Yo no lo maté. Yo sólo le pegué y él se cayó”.