El caleño que tomará las riendas del Externado

28 de marzo del 2012

Juan Carlos Henao, un académico libre pensador y excéntrico, prefirió renunciar a la Corte Constitucional para continuar el legado de su maestro Fernando Hinestrosa.

El caleño que tomará las riendas del Externado

A los nueve años, Juan Carlos Henao conoció la nieve. Su papá, médico nacido en Buga y graduado en la Universidad Nacional, había ganado una beca para estudiar salud pública en Baltimore, Estados Unidos. Allí, Henao se topó con otra cultura, otro orden y otro clima distintos a los de Cali. Era 1968 y el mundo vivía grandes movimientos sociales. Aquel año mataron a Martin Luther King, a Robert Kennedy, los movimientos anti segregacionistas de derechos humanos  y el de  paz y amor de los hippies estaban en furor. Henao recuerda que su familia estuvo a punto de alquilar un apartamento en un edificio que incendiaron después del asesinato de Luther King. En ese viaje aprendió que para progresar hay que abrir los ojos al mundo y dejar de mirarse el ombligo.

Conoce más de treinta países y, entre idas y venidas, ha pasado trece años en Francia. Desde hace veinticinco, vive en unión marital de hecho –unión libre– con la pintora barranquillera Vicky Neumann, a quien llama “bicoca”. Tiene dos hijas adolescentes: María Emilia y Adelaida, con quienes habla de todo, sin tapujos ni tabúes. Ha sido profesor universitario en El externado de Colombia y profesor invitado en varias universidades de Francia. El Externado no solo es su alma mater, es su punto de referencia intelectual y por esto prefirió dejar su condición de magistrado para asumir las riendas desde la rectoría. Como si se tratara de un compromiso pactado, un destino con su admirado maestro Fernando Hinestrosa.  Desde que empezó su adolescencia y estudiaba con los jesuitas en el colegio Berchmans de Cali, sabía que quería ser abogado. Nunca, en sus 54 años de vida, trabajó tanto como lo ha hecho en la Corte Constitucional, y sobre todo en el año que la presidió. Han sido tantas las sentencias, tantas las responsabilidades, tanto el trabajo, que sólo sueña con una cosa: sueña con dormir.

En la exposición de su esposa Vickie Neuman, Henao reunió a buena parte del poder político y judicial del país.

“Quisiera tener un día en el que desayune y duerma, almuerce y duerma, coma y duerma”, dice, y con su mano derecha dibuja círculos en el aire. Toda la vida ha sido un dormilón. Sus siestas son de una hora. Antes dormía ocho horas; ahora se levanta a las cuatro o cinco y se acuesta a medianoche. Aún los sábados y domingos tiene que trabajar unas siete horas, de lo contrario, no puede ir a plenaria ni saber qué documento está firmando. Lejos han quedado los sosegados y calurosos años de Cali, de disfrute del teatro, la música y las exposiciones de arte. Solo saca tiempo para asistir a las inauguraciones de su esposa, Vickie Neuman, como lo hizo hace unas semanas cuando congregó el poder  judicial al rededor de los colores de los cuadros de la barranquillera. El poder en El Museo

La Cali en la que vivió su niñez era una ciudad de vida de barrio, de amigos de la cuadra, en donde todas las personas se movilizaban a pie. Henao, fue otro de los jóvenes atrapados por el escritor Andrés Caicedo quien vivió las últimas brasas de la hoguera del hipismo y los gritos libertarios de mayo del 68. Recuerda la época de los  pandillas juveniles, los combos de entonces, las mismas que Caicedo retrató en sus relatos.

A pesar de haber vivido en Bogotá desde que entró al Externado, no deja su marcado acento caleño el ritmo de salsa. Vickie su esposa, lo reconoce como un gran bailarín, fanático de Eddie Palmieri y La Fania. Cuando trabaja en la casa escucha a Bach. Pero su gusto atraviesa un mosaico de géneros: Pink Floyd, Shakira, música clásica. “Necesito la música para vivir”, dice con énfasis.

No tiene pinta de magistrado, cuando se trata de usar corbata, las escoge de colores estridentes y adora los chalecos.

Su trabajo en la Corte lo volvió un hombre hogareño. No va a cócteles ni a eventos. “Cero vida social”, afirma Vicky. A pesar de su agitada agenda, entre citas con el presidente, salas plenas, sentencias de todo tipo y viajes, Henao vive medio desconectado. No tiene Blackberry sino un Nokia viejo, descontinuado, al que se le acaba la pila cada vez más rápido. “Me está traicionando”, asegura. Tampoco carga tarjetas de presentación. Cree que cuando alguien lo quiere encontrar, lo encuentra.

El desenfado que lo caracteriza es herencia de sus años de París. Luego de terminar la carrera de derecho en El Externado, viajó becado a Francia, donde adelantó sus estudios de posgrado. Tiene una maestría en Derecho Público Interno Francés de la Universidad de París, un doctorado en Derecho de la Universidad de Panthéon-Assas, de la misma ciudad y una decena de libros.

Francia marcó su manera de pensar. Sentado en un sillón color aguamarina, junto a una lámpara que alguna vez sirvió para tomar rayos X y que ahora ilumina un rincón de su sala, afirma que siempre ha creído que Colombia necesita traer al filósofo René Descartes a pasear a Macondo. La cultura francesa es muy cartesiana, muy sólida. “Todo está clasificado: 1, 2, 3 o A,B,C. En todo, filosofía, química, derechos humanos. Pero a veces les hace falta la irresponsabilidad de la ignorancia. En Colombia una mezcla de las dos cosas sería ideal”.

Fue uno de los magistrados que votó en contra del referendo que habilitaba la reelección presidencial.

Su condición, casi de trashumante, ha hecho que Henao siempre mire hacia afuera antes de tomar decisiones. ¿Cómo han abordado tales países este tema? ¿Cómo se pronuncian? ¿Qué opinan? Estas son las preguntas que siempre se formula. Comparar, cree, es muy importante cuando se toman decisiones tan trascendentales. En París advirtió que puede haber sociedades equitativas, en las que cada persona no es sino el eslabón de una cadena. Nadie vale más que nadie. Esa frase, tan colombiana y tan desafiante, “usted no sabe quién soy yo”, no existe en países con conciencia histórica, porque todos tienen los mismos derechos.

Francia y los viajes lo hicieron un pluralista. En la Alianza Francesa conoció a Vicky. Juntos, un par de mochileros, viajaron desde París hasta Tel Aviv por tierra, una larga travesía que, de haber tenido más dinero, habría sido más larga. Cuando estaban a punto de abordar un barco que, a cambio de barrer y trapear, los llevaría gratis hasta Alejandría el dinero se acabó, y tuvieron que emprender el regreso.

Henao insiste en los viajes como la mejor manera de volverse un hombre reflexivo y liberal. “Si uno va a los países árabes, nunca se puede dar un beso en la boca con su mujer en la calle, ni con sus hijas; pero se ven los hombres paseando en la calle cogidos de la mano. Aquí pasa todo lo contrario. Significaría una recriminación social.  Viajar abre la mente”.

Henao se convirtió en el alumno preferido y luego en el contertulio de Hinestrosa.

Como estudiante en El Externado, vivió las épocas del Estatuto de Seguridad del presidente Julio César Turbay. Reconoce esos tiempos como muy politizados. Recuerda las manifestaciones estudiantiles, los muchos desaparecidos y las torturas. “A amigos míos los torturaron en las caballerizas de la calle 100”, dice. Una experiencia vital que lo acercó al  tema de los derechos humanos. Para Henao, el hecho de que en El Externado compartiera pupitres con el hijo del ministro y el don nadie de la provincia amplió su percepción de la realidad. Allí conoció al maestro Fernando Hinestrosa, quien fue su gran amigo y confidente.

Con Hinestrosa hablaban con frecuencia. Solían salir a caminar mientras hablaban sobre cualquier tema: el amor, la muerte, la política, el derecho, la corrupción del país. Cuando Henao era estudiante en París, pasaban tardes enteras recorriendo la orilla del Sena. El último libro que leyó Henao, El sueño del Celta, de Vargas Llosa, fue regalo de Hinestrosa. “Si se lo hubiera dado yo, no lo habría abierto”, dice Vicky riéndose. Por admiración a su maestro prefirió dejar el cargo de magistrado para tomar las riendas de su alma mater. Lo decidió, si se daban las condiciones, mientras llevaba el féretro por los jardines del Externado el día del funeral cuando le daba el último adios a su maestro. El funeral de Fernando Hinestrosa

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