El paso fino de Abelardo de la Espriella

El paso fino de Abelardo de la Espriella

28 de noviembre del 2010

Una cifra de nueve dígitos consiguió el penalista Abelardo de la Espriella, defensor de empresarios, modelos y parapolíticos, en el caso del niño que perdió tres dedos de su pie izquierdo en una escalera eléctrica de Unicentro Bogotá. Después de una dura conciliación con Horacio Lince, el representante legal del centro comercial, la familia Pulido logrará, al menos, una millonaria compensación económica.

De la Espriella tiene 32 años y se puede decir que es el más excéntrico de los abogados penalistas de Bogotá. Su corta vida, rodeada de procesos judiciales, escoltas, carros, farándula, restaurantes de lujo y muchas apariciones en la franja judicial de los medios, lo han convertido en una figura pública de la que se ha dicho de todo.

Que le regaló una cirugía al ex fiscal general Mario Iguarán. Que se codea con la farándula para extender su fama. De la Espriella hace caso omiso a esos comentarios y dice que sus enemigos lo mantienen con vida. “El abogado que no esté dispuesto a ganarse enemigos, no puede dedicarse a esto”, dice.

Este monteriano, hijo del notario Abelardo de la Espriella Juris y egresado de la Universidad Sergio Arboleda, usa pañuelo en la solapa. Tiene cocinera propia en su oficina del norte de Bogotá. Su principal afición es cazar patos, venados y jabalíes en Estados Unidos. Lleva su dinero en efectivo en un clip en uno de los bolsillos y viaja dos veces al año a comprar ropa de marca a Miami, Nueva York, Milán, París y Londres.

En diez años de ejercicio profesional a este abogado le ha pasado de todo. Desde buenos momentos, cuando asesoró a decenas de parapolíticos y ganó el caso de la famosa modelo Natalia París, mencionada en el libro Las prepago, hasta pasar malos ratos por su defensa a la controvertida captadora DMG.

En el transcurso de estos años, este penalista ha querido que no lo vean sólo como el abogado de la parapolítica. Por eso se dedicó a defender casos trascendentales, como el de los socios colombianos de la controvertida empresa española Comsa. También ha sido defensor del ex presidente ecuatoriano Lucio Gutiérrez, del registrador Carlos Ariel Sánchez, del cirujano plástico Sergio Rada y de varias actrices y modelos, entre las que se cuentan Isabela Santodomingo, Toya Montoya,  Carolina Acevedo, Julieta Piñeres y Sara Corales. También representa a la periodista Carolina Celis, a quien el hijo de Javier Ayala, Ricardo, le cortó la cara en un altercado en Andrés Carne de Res.

Caza peleas. Dice que su columna del periódico El Heraldo los domingos es la más leída en toda la Costa. “Mama gallo” con sus procesos. Se cree Dios. Escucha música clásica, aunque no sabe que por eso sus colegas se ríen de él. Canta boleros y negocia obras de arte. Cuenta con una colección de maestros colombianos como Botero, Grau, Jacanamijoy, Ana Mercedes Hoyos, Caballero, Morales y Ariza. Si alguien merece en el mundo jurídico el apelativo de bon vivant, es él.

De la Espriella es una máquina de hacer dinero. Aunque cobra altas sumas lleva, como otros bufetes, muchos casos gratis. Hoy tiene procesos que pueden considerarse todo un “chicharrón”. Es el defensor del controvertido asesor venezolano J. J. Rendón en un proceso contra Luis Eduardo Garzón y el ex congresista Nicolás Uribe. También defiende al polémico empresario costeño Alfonso “El Turco” Hilsaca, señalado de asesinato y paramilitarismo, quien se encuentra en libertad después de un tiempo tras las rejas. Estos casos son considerados despreciables por algunos de sus colegas.

En su oficina de Bogotá y Barranquilla trabajan al menos 32 abogados. Tiene asesores de prensa, habla a mil y en sus charlas cita frases de filósofos y ex presidentes. Su estrategia como penalista es utilizar todos los recursos, desde los jurídicos, mediáticos, hasta conseguir su propósito: ganar el pleito, como lo acaba de lograr, en un tiempo récord de tres meses, con el niño Jorge Pulido. Con este antecedente, es probable que los centros comerciales no vuelvan a descuidar sus escaleras eléctricas.

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