El pedigrí de los gozques

Publicado por: admin el Mar, 26/10/2010 - 23:55
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Casi todas las canecas de Bogotá tienen cola. En las calles de la capital, se estima que viven cerca de ochenta mil perros callejeros y que se alimentan de la nada, de esa misma nada de la que se ali
Casi todas las canecas de Bogotá tienen cola. En las calles de la capital, se estima que viven cerca de ochenta mil perros callejeros y que se alimentan de la nada, de esa misma nada de la que se alimentan las palomas y las ratas. Sin embargo, las chandas, gozques o criollos, como se les suele llamar, son más cercanos de los humanos que las ratas con pelo o con plumas, mucho más de lo que parece. Se tenía la creencia de que los perros fueron uno más de los animales que llegaron a América después de 1492, pero la evidencia arqueológica y pictórica encontrada en México y Perú demostraron que dos especies caninas ya habían descubierto América mucho antes que los españoles: los perros criollos Pelón y Xoloitzcuintle, que los mayas y aztecas usaban para la caza e, incluso, como seres de culto religioso. El zoólogo español Carles Vilá estudió estas razas y descubrió en 1999 que estas razas viajaron desde Eurasia hasta América con los hombres que cruzaron el camino de hielo del Estrecho de Bering. Ese aislamiento geográfico durante siglos los convirtió en las razas caninas del continente americano. El biólogo español Santiago Castroviejo, ex profesor de Biología de la Universidad de los Andes, se tomó la tarea de averiguar qué había pasado con esas razas. Recorrió treinta países robándose muestras genéticas de los perros callejeros para buscar sus genes, pero de 400 ejemplares sólo encontró dos con esa carga genética. Castroviejo explica esta extinción del perro precolombino con tres factores: la discriminación, porque los perros que llegaron en la Conquista eran más aptos para la cacería y daban mayor estatus social; el cristianismo, porque persiguió a muchas razas que eran consideradas sagradas en las religiones precolombinas, y las enfermedades de los perros europeos, frente a las cuales los americanos no tenían defensas. Es posible, entonces, que en cualquier calle del país usted se encuentre con uno de los pocos sobrevivientes de estas razas precolombinas y desprecie su abolengo e historia con términos tan despectivos como la voz castiza “gozque”, la quechua “chanda” –que significa “sarna”– o “criollo”, seres anónimos que, por ser los mejores amigos del hombre, sufrieron el mismo destino que muchos pueblos indígenas: la discriminación, la evangelización y las enfermedades.