El silencio de la masacre de Tiananmén

Plaza de Tiananmén. Foto: Anadolu

El silencio de la masacre de Tiananmén

4 de junio del 2019

En abril de 1989, frente a los crecientes problemas sociales, los estudiantes de Pekín usaron la congregación por la repentina muerte de Hu Yaobang, exsecretario general del Partido Comunista y quien abogaba por la libertad de expresión y la libertad de prensa, como una oportunidad para iniciar un movimiento estudiantil que podría considerarse el más grande de la historia.

Entre el 15 de abril y principios de junio de ese año, los estudiantes chinos promovieron manifestaciones y organizaron una huelga de hambre masiva en la Plaza de Tiananmén, el centro geográfico y político de la capital china, ubicado al norte de la Ciudad Prohibida, donde vivía antiguamente el emperador. El movimiento atrajo a millones de ciudadanos chinos y se extendió a otras ciudades en muy poco tiempo.

La plaza contiene el Monumento a los Héroes del Pueblo, el Gran Salón del Pueblo, el Museo Nacional de China, el Mausoleo de Mao Zedong y la ‘Puerta de la Paz Celestial’ (Tian’anmen en chino), la puerta monumental en el centro de Pekín, donde está un gigantesco retrato de Mao y que es símbolo nacional de China.

El 15 de mayo de 1989 llegó a China el líder de la entonces Unión Soviética, Mijail Gorbachov, lo que hizo que el movimiento obtuviera aún más atención de la prensa internacional que llegaba a cubrir la reunión de los dos líderes comunistas. La histórica visita era parte de su política de apertura y llamaba la atención de la prensa internacional luego de años de desconfianza entre las dos potencias comunistas.

El 18 de mayo finalizó la visita oficial, pero los medios se quedaron cubriendo la protesta. En la noche del 19, cientos de miles de soldados desarmados ingresaron a Pekín. Los medios internacionales transmitían los bailes y canciones de la gente en la Plaza Tiananmén, discursos emocionales y la llegada de la famosa ‘Diosa de la democracia’, una estatua gigantesca que pusieron frente al retrato de Mao Zedong.

Las tropas entraron una vez más el 3 de junio al centro de Pekín, esta vez bien armadas: “Escuché disparos interminables, y vi fuego y munición en vivo a través del cielo oscuro. Vi barricadas en las calles y personas en peligro tirando ladrillos. Vi tanques quemados y camiones militares. Vi a sobrevivientes arrastrando a los heridos y a los muertos. Vi sangre, mucha sangre”, recuerda Dingzin Zhao en su libro ‘El poder de Tiananmen’, y quien ha investigado los movimientos sociales chinos y en especial las protestas de Tiananmén.

Muy pocas personas adultas que viven en la actual China han oído siquiera hablar de lo que pasó en esos tres meses.

El Gobierno chino ha silenciado la matanza y por eso varían las estimaciones de muertos y heridos. Según cifras oficiales, 200 personas murieron. Hace unos años se desclasificó un telegrama de Alan Donald, entonces embajador británico en Pekín, quien aseguró que “el mínimo estimado de civiles fallecidos es de 10.000”.

Por eso no se espera que haya alguna conmemoración en el gigante asiático de esta tragedia. En mayo de 2019, Chen Bing, Fu Hailu, Zhang Junyong y Luo Fuyu, un grupo de activistas chinos fueron condenados a 3 años de prisión solo por etiquetar un “báijiu” (un tipo de aguardiente chino) con el nombre de “Cuatro de junio” para conmemorar el trágico suceso.

La Masacre de Tiananmén en Pekín se convirtió en un problema público global de derechos internacionales y soberanía estatal, pues se desarrolló dentro de ciertas dinámicas locales y globales que determinaron la decisión final: que el Ejército abriera fuego sobre protestantes pacíficos a las afueras de la emblemática plaza.

La dinámica doméstica debe entenderse desde sus raíces ancestrales. China durante la mayor parte de su historia fue un imperio de orden jerárquico. Existía un emperador a quien ni siquiera se le podía ver a la cara. En el siglo XX, el intento de establecer una república socialista llevó al país a una guerra civil que culminaría con el establecimiento de la Revolución Socialista de Mao Zedong en 1949.

Cuando ocurre la masacre, China era una incipiente y débil república en la que aún había una relación jerárquica frente a las autoridades. Las protestas de Tiananmén fueron una revolución iconoclasta del concepto de autoridad que en ese país, por su tradición milenaria, se creía era una entidad incuestionable.

Por ejemplo, fueron un gran quiebre las conversaciones que se llevaron a cabo entre líderes estudiantiles y el ministro Li Peng antes de la masacre. Por primera vez se cuestionaba al gobierno directamente, con señalamientos propios y sin ningún escrúpulo.

El flujo de información que trajo la apertura económica de China fue el caldo de cultivo para la movilización. Estudiantes y académicos se empaparon de nuevas ideas foráneas, comprobaron la brecha en los estándares de vida entre Occidente y China y empezaron a cuestionar la política interna.

El gobierno de China posiblemente no previó que integrarse a un sistema internacional anárquico, donde no hay poder coercitivo jerárquicamente superior, con sus políticas domésticas sustentadas en el respeto a la jerarquía, revelaría los problemas del Gobierno chino en la esfera internacional.

El gobierno creyó que las protestas eran un problema doméstico, pero la visita de Gorbachov al país y la presencia de medios internacionales incentivó las manifestaciones e internacionalizó el problema. Seguir el precepto político del país asiático de “estabilidad en casa y ambiente pacífico en el exterior” no era posible para resolver esta crisis.

Si el gobierno lograba un acuerdo con los estudiantes, la autoridad del Partido se debilitaría y toda la estructura burocrática basada en el orden jerárquico podría colapsar si se cumplían las demandas de apertura democrática. Tal vez por eso la excusa de la represión militar que usó el gobierno fue una supuesta intervención estadounidense en la protesta para desestabilizar a China tras su ingreso al sistema internacional.

El año de 1989 era muy particular, ya que la Unión Soviética había perdido su poder militar y había sido señalada internacionalmente de ocultar información tras la explosión de la central nuclear de Chérnobil. La reforma económica avistaba un gran cambio en la política internacional, aunque nadie podía imaginar que se derrumbaría dos años después.

Estados Unidos, por su parte, despedía en ese año a Ronald Reagan, el presidente más anticomunista, pero quien abrió las negociaciones con China tras su visita oficial en 1984. George Bush, padre, llegó al poder y menos de un mes después de la sangrienta represión contra los manifestantes estudiantiles envió una misión secreta para mantener las relaciones bilaterales.

Para el gobierno chino, la única manera de solucionar el tema de las protestas era reprimirlas y garantizar la gobernabilidad y estabilidad del Partido Comunista. Al hacerlo, fueron sancionados internacionalmente, lo que afectó aún más el intento de integrar al gigante asiático al sistema internacional.

Admitir las recomendaciones internacionales para solucionar la crisis tampoco era posible, pues China no supeditaría su política doméstica a los estándares políticos de Occidente, específicamente a la concesión de la idea de Derechos Humanos. Hacerlo era una afrenta a la soberanía nacional y China parecía destinada a ser la próxima superpotencia que haría un «balance de poder» frente a Estados Unidos.

El error del entonces presidente chino, Deng Xiaoping, fue querer mantener alejadas la política doméstica de la internacional. Por eso la decisión de permitir que el Ejército se tomara a sangre y fuego la Plaza de Tiananmén sería una afrenta al sistema internacional en el que China apenas estaba aprendiendo a jugar.

Seguramente a nivel doméstico dio resultado al acabar con la movilización, pero los costos internacionales siguen teniendo repercusión hasta el día de hoy. Por ejemplo, la imagen del hombre anónimo que se para frente a los tanques, se ha convertido en la mejor alegoría del poder antidemocrático del gobierno chino hacia sus ciudadanos.

Sancionar a China era perjudicial para todos los países con los que tenía relaciones comerciales. Precisamente por eso, y porque necesitaba su apoyo en la ONU para iniciar la Guerra del Golfo, Estados Unidos envió la misión secreta, para que solucionara la situación de aislamiento que se le impuso al país asiático tras la masacre y, en parte, con anuencia de la comunidad internacional, el suceso aún se mantiene bajo una estela de impunidad.

La Masacre de Tiananmén fue una gran enseñanza para China: si un Estado participa en el sistema internacional, no puede pretender separar las presiones internas de los desafíos internacionales. Un problema público doméstico necesariamente será un problema público global. Por ahora, el suceso permanece entre el recuerdo de unos pocos y la férrea censura del gobierno chino.

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