En el refugio del ermitaño

En el refugio del ermitaño

25 de febrero del 2013

En febrero de 1964 la llegada de The Beatles conmocionó a Nueva York. Estados Unidos venía de una Navidad afligida por el asesinato del presidente Kennedy en Dallas y desde el inicio de año las emisoras programaban durante las 24 horas las canciones del grupo de Liverpool. En el aeropuerto J.F. Kennedy una multitud reventaba los sitios de espera y el chillido de montones de jovencitas hacía imposible escuchar cualquier sonido o entablar conversación alguna. A pesar de todo este escenario el terminal aéreo continuó con sus actividades sin mayor traumatismo. Uno de los pasajeros que aterrizó aquel día en el aeropuerto neoyorquino era un habitante de la desconocida y parroquial República de Colombia.

Este hombre no parecía colombiano: llevaba el pelo largo, entonces negro como el carbón, la barba hirsuta, unos lentes de marco grueso y abrigo de pieles porque el frío de aquel invierno de 1964 le llegaba hasta los huesos. Además, el avión en que arribó no venía de Bogotá sino de Francia. Su nombre, Frank Augusto Ramírez.

Había nacido en los Llanos Orientales, tenía 20 años y venía a estudiar teatro. Este actor, a quien en adelante llamaré “Frank”, es un hombre tranquilo, pausado y, además, soltero. Desde hace un tiempo se dejó crecer el pelo, no para algún papel en televisión o cautivar a sus amigas, sino porque pinta todas las noches y le incomoda el frío de la madrugada.

Sometimes in New York City

En La Gran Manzana estudió en la academia de teatro de Gene Frankel, donde algunas noches personificó a Macbeth y otras a Romeo; sin embargo, este no fue un triunfo en la carrera de Frank, sino un accidente. “Porque los profesores me decían que a pesar de mi edad, yo tenía las mañas de un actor viejo”, hablaba, gesticulaba y hacía todo el trabajo como si fuese un actor curtido con un detalle significativo: un pésimo inglés. Desde esa audición con Frankel inició su proceso como observador en el Actors Studio y se puso el reto de aprender inglés hasta que lograr comprender lo que decían los disc-jockey de las emisoras juveniles, como Cousin Brucie.

Pero Frank no se desesperó. Lo puede asegurar el Sargento del Ejército estadounidense que lo atendió en su oficina de reclutamiento en un pueblito de pescadores portugueses cerca de la ciudad, pues una semanas atrás había recibido una carta en que lo felicitaban por hacer parte de un contingente de soldados que pronto embarcarían a Vietnam. “Yo llegué allá y llené la forma. En la pregunta que decía ¿tiene UD. Alguna objeción? Yo contesté que sí”. Extrañado, el Sargento lo hizo entrar a su oficina para buscar explicaciones a su negativa. Frank, con la claridad justa y el carácter franco y directo le dijo que él era incapaz de recibir órdenes, “me dicen siéntese y yo me paro”. Es más, en un caso extremo me iría del país y punto. Fue una conversación honesta, tranquila, no hubo gritos ni disputas. Días después, cuando recibió su licenciamiento del ejército estadounidense, el primer sorprendido fue él.

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En su casa, rodeado de varias de sus pinturas.

Cosas de familia                               

La costumbre de no aceptar ningún tipo de autoridad no comenzó con Frank, el segundo de los hijos del teniente liberal Ismael Ramírez y de Cecilia Mateus. Es una rutina de familia. Doña María Inés, su abuela materna, llevaba al pequeño Frank a las iglesias del centro de Bogotá en horas de la tarde cuando estaban vacías y en absoluto silencio. Ella se sentaba y nunca se arrodillaba, repuntaba al pequeño diciéndole: “para hablar con Dios yo no necesito curas”. Su padre, en cambio, estuvo en el ejército como parte de los primeros equipos médicos y farmacéuticos itinerantes que acompañaban a las tropas en combate;  pero años después en una purga interna tuvo que irse por la puerta de atrás. Quedaron únicamente los “Chulavitas” y “Pájaros”, primeras formas de grupos paramilitares que conoció el país.

La relación con su familia nunca fue fácil. “Estaba muy pequeño, me acuerdo de una tía que de una manera terriblemente cruel me decía: ‘usted no es nadie, usted no va a ser nada’”, con la esperanza de que sus vaticinios se hicieran realidad y enorgullecerse de haber previsto un desastre futuro, cosa común en muchos padres. Años más tarde, cuando estaba en Colombia grabando “La Mala Hora”, recibió una llamada a las 5 de la mañana en su habitación. Se preguntó quién lo buscaba a esas horas. Era su tía. “Qué más, véngase a almorzar a la casa…”, dijo una voz seca al otro lado del teléfono. Pero no quiso, de hecho no habría podido ir porque estaba trabajando con un grupo de más de 150 personas en el rodaje y no podía darse el lujo de retrasar a todos por almorzar con una tía cuyo rostro apenas recordaba. “¿Pero luego usted no es el chacho de la película, el que manda…?”, dijo la mujer con tono retador. Frank, sin dejarse llevar, le respondió: “porque soy el chacho debo ser responsable y dar ejemplo”. Y terminó con un apunte infalible:

–Además a mí no se me olvida que usted me dijo que no iba a servir para nada. Entonces….

De manera que Frank encontró el ejemplo en su casa. De esa viejita pequeña con el pelo digno de virgen de pueblo, y de su tía Aura, acaso dos caras de una misma moneda.

Dibujante sin domicilio

“Yo siempre tuve conflictos en mi casa”, cuenta Frank mientras se sirve un trago de Jack Daniel´s, su whisky favorito, el único trago que toma. Desde un comienzo se decía que “debía haber algo más que esto”. La sensación de encierro le hacía entrever que se estaba perdiendo de algo muy bueno o al menos diferente que la pesada costumbre familiar. Se marchó de casa a los trece o catorce años. Don Ismael, su padre, que por aquellos años había montado una droguería en el barrio Belén de Bogotá, no tuvo más opción de desearle buen viento y buena mar.

Irse tan joven de casa tuvo sus privilegios y sus lecciones: aprendió a ser responsable por sí mismo, (“la plata para las rumbas y para las cuentas”, recuerda sonriendo). Desde niño se la pasaba dibujando y pintando garabatos en las hojas amarillas de los cuadernos o en las servilletas de la casa se fue a trabajar como diseñador en Publicidad Toro. Su primer pedido fue unos gallardetes para equipos de fútbol, luego trabajó en el taller, hasta que un día, a los 18 años, su jefe, Guillermo Toro, lo nombró director de arte de su agencia sin importar su falta de preparación académica, que compensaba con una curiosidad abarcadora y una inquietud por mantenerse al día en las nuevas tendencias.

La experiencia ganada en publicidad le permitió tener una especie de “representante artístico” y así poder viajar a Europa y los Estados Unidos con la tranquilidad de no tener que lavar baños o limpiar cocinas para sobrevivir y darse algunos lujos, como comer langostas que los barcos pesqueros desechaban a precios módicos o viajar a Arizona y Los Ángeles en busca de la onda hippie del “verano del amor”.  “Vivía de lo que pintaba”, lo dice mientras me muestra unos cuadros en los que está trabajando, bocetos de lápiz y tinta que se asemejan a los dibujos femeninos del pintor francés Henri Matisse, “ese ha sido mi trabajo desde niño, lo de la actuación fue otro cuento”.

En “La estrategia del Caracol” hizo el papel de Romero, un hábil y pobre abogado que le gana  la batalla a un millonario.

La televisión necesita algo más que colores

Nunca planea nada sin rumbo definido, “solo ahora que eché raíces y me quedé aquí”, dice. “Mi vida es así: al garete”, aunque su sueño fue hacer una movie Vaugrant (un actor de películas en varios idiomas y diferentes lugares simultáneamente) como su admirado Klaus Kinski, quien actuó en los cinco continentes y mantuvo una relación extraña y explosiva con Werner Herzog. Frank podría durar horas hablando de ellos dos, o sobre Akira Kurosawa. De hecho sabe tantas anécdotas sobre “Fitzcarraldo” o “Rashomon” que podría confundirse con un cinéfilo desocupado sin más afanes que el saber un detalle más, como que el célebre director japonés tiñó el agua con tinta negra para lograr el efecto  de la lluvia intensa  o su perfeccionismo que rayaba en lo maníaco. “Kurosawa y Picasso son los últimos dioses en los que he creído”. De ellos resalta tres aspectos comunes: su ambición, rigurosidad y disciplina.

Y en parte también esta adoración y su vida al garete se explica por el reflejo de su contraparte, “la televisión en Colombia era asquerosa, incipiente… era radio con caras”. Los primeros actores de la televisión nacional habían salido de la Radio Nacional, de hecho se limitaban a ponerle cara de circunstancia a los diálogos, es decir, una radionovela vista y escuchada, cuya narración desdibujaba la magia de cada una y empobrecía el resultado final. “Yo me fui por eso, por una cosa personal, porque necesitaba compararme con actores de otra parte” asegura mientras prolonga la espera por un trago de whisky.

En ese ir y volver a Colombia, de la actuación y de la vida pública ha transcurrido su vida. En episodios que dejan la sensación de que la historia todavía tiene un capítulo más. Su decisión de no volver a participar en ninguna telenovela o producción nacional es fruto del cansancio, de la tremenda abulia que sintió cuando grababa “Los tacones de Eva”, hace algo más de cinco años, junto a su gran amigo Jorge Enrique Abello. “Terminé esa telenovela a punta de disciplina, de profesionalismo. Después dije nunca más…”.

A bordo de sí mismo

Quienes conocen a Frank y han seguido de cerca su visa y sus estudios entienden su retiro voluntario como un merecido descanso, “para eso trabajó arduamente durante años… para que haga lo que le dé la gana”, señala el cineasta Víctor Gaviria; por su parte Rosalba, la mujer que le organiza su vida, se limita a decir: “don Frank sabe cómo hace sus cosas”. No se extrañan cuando se percatan que ha pasado más de un mes sin que él salga de su casa, o cuando siente ansiedad y casi terror de salir a la calle por tropezarse con los universitarios que caminan por la “Calle de la Agonía”, donde queda su apartamento en La Candelaria.

Frank, sin miramientos, aclara: “yo me crie solo, yo me hice solo y me gusta estar solo”. La soledad no lo asusta ni lo intimida; es más, la busca y la necesita. “Estoy absolutamente cómodo conmigo mismo”. Disfruta no tener que madrugar a las cinco de la mañana a grabar o presentarse a una audición, como lo hizo juiciosamente desde ese viaje a Nueva York, “por mí culpa nunca se retrasó una  escena o se dejó de grabar una hora”, tal era su puntualidad que llegaba media hora antes a las grabaciones para que nadie lo afanara. Pero hoy sucede lo contrario: se acuesta a las cinco de la mañana, “me encanta la noche… tengo la sensación de que si me acuesto temprano me estoy perdiendo de algo”.

Ramírez actuó con Rita Hayworth (izq) en “La ira de Dios”, una película que el actor califica como “una rumba patrocinada por la Metro Goldwyn Mayer”.

Los conocidos con quienes se encuentra le preguntan si no se aburre de estar encerrado en su casa. Pero no sucede eso. “Viajo –dice Frank–. Cojo un libro y me pierdo”. Cuenta esto cuando suena el celular y conversa animado, termina la llamada y sin desdibujarse me dice que lo acaba de llamar “un amor en espera que llegó de Nueva Zelanda”. Abre los ojos y explota en carcajadas: “!y yo que tan solo la quería invitar a Chía!”.

Desmontando a Gilda

En la actualidad Frank se dedica a revisar los guiones y pulir las ideas de posibles largometrajes. Cuando lo visité por primera estaba leyendo “Crónicas de vidas indebidas”, de su amigo Fernando Laverde, a quien le dio su visto bueno y consejos para su filmación. “Es que lo que no está en el papel no aparecerá en la pantalla, así de sencillo”. Recuerda la experiencia fallida cuando trabajo en la película “María Cano” en 1987 que protagonizó María Eugenia Dávila, y que por exceso de expectativas, cálculos mal hechos y un guion escrito a trompicones se dio al traste con la historia de la líder laboral antioqueña. “Fue un zafarrancho desde el comienzo”, de hecho, ante la multitud de obstáculos y reveses su directora –Camila Loboguerrero– replicaba con tono alentador que “Casablanca” sufrió mil tropiezos y se convirtió en un hito de la historia del cine. Ante lo que Frank confiesa sin titubeos, “hombre… estaba desenfocada”.

Víctor Gaviria dice que a Frank se le puede conocer más por las películas que no hizo que por las que hizo. Una de estas fue “La ira de Dios”, filmada en Guanajuato, que tenía como estrellas a Rita Hayworth y a su director, Ralph Nelson. “Esa fue una rumba patrocinada por la Metro Goldwyn Mayer”, dice. Según Frank, el director de la cinta estuvo muy enfermo y casi no podía gritar “¡Acción!·, a tal punto que el director de fotografía, Alex Philips Jr., lo despertaba cuando debía hacerlo y luego lo volvía a tapar con una funda para que descansara sin ser perturbado. En tanto, Hayworth, la diva de cabellos rojos, presentaba los primeros síntomas de alzhéimer.

–Era una mujer pequeñita, bajita, muy diferente a esa diosa llamada Gilda… aunque yo la veía de lejos y todavía mantenía esa cabellera roja espectacular.

La encontraba por ahí desprogramada en el hotel y la invitaba a comer helados, a mostrarle el pueblo, a que comiera comida mexicana pues ella había vivido allí en su niñez. “Pero era una persona que únicamente hablaba de ella misma”. Al final la película fue un ladrillo y el único buen recuerdo fue la placa que aun hoy está inscrita en el hotel donde estuvo hospedado todo el equipo de grabación.

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En “La saga”, su último papel en televisión.

No fue cuento chino

Dos años después de semejante despelote, Frank regresó a Colombia invitado por su amigo Lisandro Duque a grabar “Milagro en Roma”. Aunque estaba dudando sobre continuar con el proyecto un afortunado encuentro terminó con sus titubeos.

—Yo vi a esa chinita tan absolutamente hermosa y le dije a Lisandro que si quería que yo estuviera en la película debía grabar una escena con ella.

En efecto, el director organizó toda una trama para que Frank pudiera acercarse y echarle el cuento a la chinita. Luego se vieron en Los Ángeles, se casaron y por ella regresó al país a inicios de los años noventa. Li Chouu no era actriz ni nada parecido, simplemente durante el rodaje necesitaban a una mujer oriental de su edad para conformar un tribunal internacional y ella era la única que cumplía con el perfil. La última vez que la vio fue en el entierro de su padre, ex embajador de Taiwán en Colombia.

Treinta años antes, un amigo de Actors Studio lo invitó a conocer a un maestro espadachín. “Allí me enamoré del aura magnífica de este anciano”. Frank se adentró tanto en la cultura japonesa que terminó por vivir en un barrio de japoneses y andar de arriba para abajo con amigos nipones, “yo era el único extraño entre una multitud de chinitos…”. Del añoso maestro espadachín no supo mayor cosa, pero su enseñanza me la contó con una especie de guía: “un japonés nunca te regalaría un ramo de rosas, sino una rosa”.

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La soledad no lo asusta ni lo intimida; es más, la busca y la necesita. “Estoy absolutamente cómodo conmigo mismo”, dice.

La máquina de hacer sueños

Ese precepto lo siguió a lo largo de su carrera como actor y guionista: actuar (o jugar, como él prefiere decirle) para esa persona que esta al otro lado de la pantalla. No el gran público sino el espectador común y corriente que va a las funciones con sus amigos o acompañado de su familia. Yo trabajaba para él o ella, ya después el tiempo y la vida eran completamente míos. Se levanta de su asiento y me invita a conocer su taller de pintura, me muestra toda una serie de desnudos femeninos que son una obsesión que cada noche va sacándose. “Mire este, los colores me los traen directamente de un almacén de Nueva York, y me encanta su tonalidad”.

Son bellezas, sus bellezas, al fin y al cabo el arte tiene su propia realidad. En parte eso es la televisión para Frank, “sueños, y los sueños están hechos con gente bonita”, yo simplemente serví de contraste durante algunos años.

—Recuerde, Fernando: la televisión no tiene memoria, pero el cine sí.

En Twitter @ferchorozzo

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