Gabriel Choi es un bloggero surcoreano, entusiasta de las causas humanitarias. Pasó varios días en busca de alguien que hubiera logrado escapar de Corea del Norte. Sus indagaciones terminaron en agosto de 2011 en Toronto (Canadá) cuando dio con la increíble historia de Park Noh Han*.
Cuando se encontraron, Park tenía 25 años, era delgado y tímido. Le contó a Gabriel Choi que en Corea del Norte había sido un niño callejero, como casi todos los de Chongjin, su pueblo, la tercera ciudad más grande del país con unos 620 mil habitantes. “Noh Han tuvo una infancia muy dura – dice Gabriel-, pasó hambrunas y tuvo que ver a su madre morir”.
En los ochenta, relató Park, en Corea del Norte no se podía comprar arroz porque era muy caro. La gente ahorraba mucho para poder comprar maíz, fideos y pan en ocasiones especiales. La carne era un lujo, y a pesar de ser una ciudad costera, comer pescado solo era gusto de mandos militares o emisarios del poder central. La gente intentaba cultivar sus propios alimentos pero el desabastecimiento era generalizado.
Aunque para muchos Corea del Norte es sinónimo del terror, Park conserva buenos recuerdos de ella: sus vecinos, las montañas, el aire fresco y el mar. También los melocotones, de un sabor único que jamás ha vuelto a probar.
En Corea del Norte pocos tenían televisión. El aparato era como un tesoro que brillaba solo ciertas horas y ciertos días, cuando había electricidad. Mientras funcionaba, Park podía ver dentro de la caja al “Querido Líder”, cuyo rostro se encontraba en cualquier esquina, en una fotografía o un gran mural. Tenía menos de nueve años y sólo oía hablar del "Gran Líder" Kim Il-sung, y de Kim Jong-Il como si fueran dioses.
Cuando tenía oportunidad, veía por televisión el repetitivo e imponente desfile del ejército y las fachadas de los palacios presidenciales en Pyongyang, que para todos los de su ciudad era como el jardín del Edén.
“La gente se maravillaba por ver en televisión a los habitantes de Pyongyang sonriendo. Era como el paraíso. Una capital imponente, llena de edificios, de color, de cultura. Todo norcoreano de provincia soñaba visitar Pyongyang al menos una vez en su vida, pero eso era casi imposible”, recuerda Gabriel sobre el relato de Park Noh Han.
El hambre en Chongjin era una plaga silenciada. Las autoridades negaban las muertes por inanición y las clasificaban como tuberculosis. La madre de Park murió, según ordenaba la policía decir, de tuberculosis. “Era una vergüenza nacional reconocer que alguien había muerto por desnutrición”, le decían al huérfano para explicarle el por qué negaban que su madre había fallecido por no haber comido durante días.
Por robar comida para evitar morir de hambre, Park Noh-han fue recluido en un campo de concentración para menores, donde fue obligado a trabajos forzosos y largas cátedras sobre la supremacía del régimen, para limpiar sus errores.
También, cerca de la muerte, Park Noh Han decidió mendigar por comida para evitar el hambre, se convirtió en uno de los llamados “niños de la flor”, que robaban en casas o a ciudadanos para comprar fideos o maíz. Tenía casi 10 años cuando lo apresaron por robar y lo recluyeron en un campo de concentración para menores, al norte de su ciudad, muy cerca a la frontera con China.
Los niños y adolescentes, casi todos condenados por robo, eran tratados como los seres más impuros de su raza y merecían el peor de los castigos. Los que como él hurtaron comida eran encerrados en habitaciones de seis metros cuadrados. Como eran pequeños, el régimen encarceló hasta 40 jóvenes que debían acomodarse para dormir sin molestar al de al lado.
La comida eran 101 granos de maíz, que entregaban en un plato una vez al día. “Park me decía que si se caía un granito, era posible que algún otro hambriento se lanzara a recogerlo y, por el impulso, quisiera arrebatarle el resto de su ración”, cuenta Gabriel Choi.
Durante el día eran forzados a llevar materiales de construcción y luego obligados a extensas charlas donde “les lavaban el cerebro”, con ideología del régimen y el perdón que otorgaría “el Gran Líder”, Kim Jong-Il, a quienes lo merecieran.
Park también conoció inocentes en prisión. Según cuenta, existe una norma en Corea del Norte por la que los hijos, y hasta nietos de los que cometan algún delito, deben pagar también. “Imagine que mi madre escapa de Corea del Norte hacia China. Si ella es deportada, toda la familia debe pagar con ella por el crimen”, explica Gabriel. La norma aplica principalmente por delitos de traición o asuntos políticos. El castigo será compartido hasta la tercera generación.
En su relato Park Noh Han no cuenta que haya sido víctima de tortura u objeto de experimentos, acaso porque estuvo poco tiempo en el campo de concentración o porque era muy pequeño. Sin embargo sí le dijo a Gabriel que escuchaba rumores sobre prácticas indecorosas en los centros de reclusión donde había adultos.
“Me dijo que sabía que se solía inyectar veneno con una jeringa a una mujer embarazada para provocar su aborto, si ella estaba en prisión, porque consideraban que el hijo ya estaba infectado con la semilla del mal”, dice Gabriel Choi.
Sin embrago, el niño prisionero sí conoció de casos de desnutrición extrema, al punto de que el recluso ya no tenía fuerzas para levantarse ni para controlar sus esfínteres. Su habitación, la que compartía con otros 39 prisioneros, era una cloaca.
Gabriel transmite que su entrevistado le contó que duró algunas semanas en el campo de concentración, pero que logró escapar mediante alguna forma de soborno. Cuando Choi le pide más detalles, él le dice que no quiere tocar ese tema.
“Lo primero que sentí fue libertad”
Logró escapar a China con otros refugiados. Fueron recibidos a una distancia bastante lejana de la frontera por un grupo de asistencia humanitaria de la Cruz Roja. Para evitar que fuera descubierto por autoridades migratorias, fue entregado a una iglesia protestante que ayudaba a quienes huían de los campos de concentración o de la pobreza.
“Allí tenía que estar escondido porque si lo deportaban a Corea iba a ser ajusticiado”. Según relató Park Noh Han, al llegar a China pensó que había cambiado de mundo. Comía en abundancia el arroz blanco que en su tierra era un lujo, y con mayor frecuencia la carne que sólo parecía platillo de reyes. Además vio una metrópoli llena de luz, calles transitadas por muchos vehículos, comodidades y opulencias.
Los pocos que logran escapar de un campo de concentración deben saber cómo salir del país aprovechándose de las fronteras porosas. Fuera de Corea del Norte deben buscar ayuda humanitaria y evitar ser deportados. Si regresan, su castigo podría ser peor.
Escondido, con las comidas básicas y una nueva religión en la que ya no adoraba a su “Gran líder”, Park había huido de la opresión, pero aún no se sentía libre. Así pasó varios años hasta que le propusieron viajar a Canadá. Varios de sus compañeros habían ido también a Reino Unido y Noruega. Existía un grave riesgo de ser capturado con pasaporte y documentos falsos. Sin embargo se arriesgó y a comienzo de 2011 llegó a Toronto.
-Qué sentiste al llegar a Canadá – le pregunta Gabriel.
-Cuando pisé el suelo –responde Park- , lo primero que sentí fue libertad. La sensación me gustó mucho. En China, aunque no estaba en un campo de concentración no me sentía libre, porque en cualquier momento me deportaban. En Canadá tenía la posibilidad de estar tranquilo, sin miedo.
Al llegar continuó bajo cuidado y servicio de una iglesia, pero adelantó los trámites para obtener estatus de refugiado y aún está a la espera de que lo aprueben. La respuesta puede tardar tres años. Mientras tanto está estudiando inglés en las mañanas y tiene empleos parciales en la tarde, cerca a la congregación donde vive.
“Somos coreanos, pero entre nosotros mismos tenemos esa sensación de ser diferentes”, le escribió Park Noh Han a Gabriel Choi en una respuesta a un correo electrónico el año pasado. Se lo decía porque era curioso haber conversado con un surcoreano, al que en su país consideran enemigo a muerte.
Recuerda que la escisión de casi más de medio siglo en la península alejó a familias y aisló a todo un pueblo. Hoy el norte amenaza con acabar con el sur. “Las amenazas son tan repetitivas que los coreanos las desestiman. Es como el cuento del pastorcito mentiroso. Esa es la fábula en Corea, y desde afuera sabemos que el día que haya guerra, si los del Norte comienzan primero, será como un suicidio del gobierno”, opina Gabriel.
*Nombre cambiado por solicitud del entrevistado.
Por robar comida para evitar morir de hambre, Park Noh-han fue recluido en un campo de concentración para menores, donde fue obligado a trabajos forzosos y largas cátedras sobre la supremacía del régimen, para limpiar sus errores.
También, cerca de la muerte, Park Noh Han decidió mendigar por comida para evitar el hambre, se convirtió en uno de los llamados “niños de la flor”, que robaban en casas o a ciudadanos para comprar fideos o maíz. Tenía casi 10 años cuando lo apresaron por robar y lo recluyeron en un campo de concentración para menores, al norte de su ciudad, muy cerca a la frontera con China.
Los niños y adolescentes, casi todos condenados por robo, eran tratados como los seres más impuros de su raza y merecían el peor de los castigos. Los que como él hurtaron comida eran encerrados en habitaciones de seis metros cuadrados. Como eran pequeños, el régimen encarceló hasta 40 jóvenes que debían acomodarse para dormir sin molestar al de al lado.
La comida eran 101 granos de maíz, que entregaban en un plato una vez al día. “Park me decía que si se caía un granito, era posible que algún otro hambriento se lanzara a recogerlo y, por el impulso, quisiera arrebatarle el resto de su ración”, cuenta Gabriel Choi.
Durante el día eran forzados a llevar materiales de construcción y luego obligados a extensas charlas donde “les lavaban el cerebro”, con ideología del régimen y el perdón que otorgaría “el Gran Líder”, Kim Jong-Il, a quienes lo merecieran.
Park también conoció inocentes en prisión. Según cuenta, existe una norma en Corea del Norte por la que los hijos, y hasta nietos de los que cometan algún delito, deben pagar también. “Imagine que mi madre escapa de Corea del Norte hacia China. Si ella es deportada, toda la familia debe pagar con ella por el crimen”, explica Gabriel. La norma aplica principalmente por delitos de traición o asuntos políticos. El castigo será compartido hasta la tercera generación.
En su relato Park Noh Han no cuenta que haya sido víctima de tortura u objeto de experimentos, acaso porque estuvo poco tiempo en el campo de concentración o porque era muy pequeño. Sin embargo sí le dijo a Gabriel que escuchaba rumores sobre prácticas indecorosas en los centros de reclusión donde había adultos.
“Me dijo que sabía que se solía inyectar veneno con una jeringa a una mujer embarazada para provocar su aborto, si ella estaba en prisión, porque consideraban que el hijo ya estaba infectado con la semilla del mal”, dice Gabriel Choi.
Sin embrago, el niño prisionero sí conoció de casos de desnutrición extrema, al punto de que el recluso ya no tenía fuerzas para levantarse ni para controlar sus esfínteres. Su habitación, la que compartía con otros 39 prisioneros, era una cloaca.
Gabriel transmite que su entrevistado le contó que duró algunas semanas en el campo de concentración, pero que logró escapar mediante alguna forma de soborno. Cuando Choi le pide más detalles, él le dice que no quiere tocar ese tema.
“Lo primero que sentí fue libertad”
Logró escapar a China con otros refugiados. Fueron recibidos a una distancia bastante lejana de la frontera por un grupo de asistencia humanitaria de la Cruz Roja. Para evitar que fuera descubierto por autoridades migratorias, fue entregado a una iglesia protestante que ayudaba a quienes huían de los campos de concentración o de la pobreza.
“Allí tenía que estar escondido porque si lo deportaban a Corea iba a ser ajusticiado”. Según relató Park Noh Han, al llegar a China pensó que había cambiado de mundo. Comía en abundancia el arroz blanco que en su tierra era un lujo, y con mayor frecuencia la carne que sólo parecía platillo de reyes. Además vio una metrópoli llena de luz, calles transitadas por muchos vehículos, comodidades y opulencias.
Los pocos que logran escapar de un campo de concentración deben saber cómo salir del país aprovechándose de las fronteras porosas. Fuera de Corea del Norte deben buscar ayuda humanitaria y evitar ser deportados. Si regresan, su castigo podría ser peor.
Escondido, con las comidas básicas y una nueva religión en la que ya no adoraba a su “Gran líder”, Park había huido de la opresión, pero aún no se sentía libre. Así pasó varios años hasta que le propusieron viajar a Canadá. Varios de sus compañeros habían ido también a Reino Unido y Noruega. Existía un grave riesgo de ser capturado con pasaporte y documentos falsos. Sin embargo se arriesgó y a comienzo de 2011 llegó a Toronto.
-Qué sentiste al llegar a Canadá – le pregunta Gabriel.
-Cuando pisé el suelo –responde Park- , lo primero que sentí fue libertad. La sensación me gustó mucho. En China, aunque no estaba en un campo de concentración no me sentía libre, porque en cualquier momento me deportaban. En Canadá tenía la posibilidad de estar tranquilo, sin miedo.
Al llegar continuó bajo cuidado y servicio de una iglesia, pero adelantó los trámites para obtener estatus de refugiado y aún está a la espera de que lo aprueben. La respuesta puede tardar tres años. Mientras tanto está estudiando inglés en las mañanas y tiene empleos parciales en la tarde, cerca a la congregación donde vive.
“Somos coreanos, pero entre nosotros mismos tenemos esa sensación de ser diferentes”, le escribió Park Noh Han a Gabriel Choi en una respuesta a un correo electrónico el año pasado. Se lo decía porque era curioso haber conversado con un surcoreano, al que en su país consideran enemigo a muerte.
Recuerda que la escisión de casi más de medio siglo en la península alejó a familias y aisló a todo un pueblo. Hoy el norte amenaza con acabar con el sur. “Las amenazas son tan repetitivas que los coreanos las desestiman. Es como el cuento del pastorcito mentiroso. Esa es la fábula en Corea, y desde afuera sabemos que el día que haya guerra, si los del Norte comienzan primero, será como un suicidio del gobierno”, opina Gabriel.
*Nombre cambiado por solicitud del entrevistado.
