Hebrón, ¿la resurrección del ‘apartheid’?

15 de abril del 2015

Una de las ciudades más antiguas del mundo. Llueve basura y se siente miedo a morir.

Hebrón, ¿la resurrección del ‘apartheid’?

Twitter: @david_baracaldo

El invierno está por terminar y es un miércoles soleado, pero la calle Al-Shuada mantiene un frío lúgubre que destaca sobre los otros lugares que visité en Hebrón.

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Parece un callejón fantasma. Grandes edificaciones comerciales están cerradas y la mayoría en abandono. Ventanas y garajes sellados con tablas y un silencio melancólico que, si se escucha con cuidado, parece retener ecos del pasado próspero del que fue hasta los años 90 el principal pasaje comercial de la ciudad.

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Antes de entrar a Al-Shuada hay una urbe llena de comercio y agite industrial. Un puesto de control israelí divide a las congestionadas galerías del Hebrón árabe, de un sendero fantasmal que desemboca en un territorio vedado para muchos.

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Voy acompañado de otros extranjeros (entre ellos otros colombianos), tres guías palestinos y un par de reporteros de televisión árabe local. Preguntamos los riesgos de pasar el checkpoint hebreo y adentrarnos en la mítica Al-Shuada. “Para ustedes, con pasaporte extranjero, no hay peligro. El peligro es para nosotros”, comenta uno de los guías.

En el retén israelí hay dos solados armados que custodian el paso. En una torre de ese mismo puesto asoma otro uniformado. La mirada de los tres intimida, pero no dicen nada al percatarse de que no somos nativos. Los saludamos en inglés; una mirada de desdén es su helada bienvenida.

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Así lucen las calles de Al-Shuada, la calle que se convirtió en un “muro de Berlín” dentro de Hebrón, y la divide entre la parte bajo control israelí y la que está gobernada por Palestina.

Cuando pasamos el control, los agentes hablan con sus interlocutores del otro lado de la calle, a unos 500 metros, a través de radioteléfonos. Uno de los guías, que entiende hebreo, dice que solo están avisando que algunos árabes y extranjeros tratan de atravesar su campo.

Al-Shuada solía ser la calle principal del centro histórico de Hebrón. Conduce a templos sagrados, tanto para musulmanes como judíos, y hoy tiene la penosa tarea de dividir a la segunda ciudad más antigua del planeta (después de Jericó) en dos: una parte bajo control palestino, y una más con colonias y poder israelí.

Parece un campo que devastó la guerra, pero lo que en realidad lo ha corroído es el tiempo, en vez de las municiones.

La historia de su desdicha comenzó en 1994 cuando un hombre judío de origen norteamericano, llamado Baruch Goldstein, protagonizó una masacre a sangre fría en la Mezquita Ibrahimi. Para honrar a su ultraderechista partido israelí Kach, sorprendió a los fieles musulmanes rezando en el interior de su templo, abrió fuego, mató a 29 de ellos, y dejó heridos a otros 120.

La matanza desató la ira palestina. Hubo protestas violentas contra los asentamientos hebreos que entonces ya existían en Hebrón. Israel decidió cerrar la calle Al-Shuada al tránsito de carros palestinos para evitar ataques, y años más tarde prohibiría el tránsito a cualquiera que fuese árabe y no tuviera permiso especial.

El pasaje, que antes brillaba por su comercio, poco a poco quedó desolado. Israel consiguió que la calle fuese como un muro divisorio entre sus colonias y el resto de Hebrón. La ciudad se convirtió en la única capital dentro de Cisjordania que tiene enclavados en su centro asentamientos israelíes, que con el tiempo consiguen ampliarse, y han sido cuestionados por la comunidad internacional que los califica como ilegales.

Miedo de morir

En Al-Shuada se respira tensión. En punta y punta de la calle hay soldados israelíes armados que intimidan con su mirada a los extranjeros y árabes que por ahí transitan. Cuando se camina por el lugar, se siente como si se anduviera por un campo de guerra en el que en todo momento un francotirador está apuntando. El ambiente es tan denso que se podría cortar como si se rebanara mantequilla. Quienes pasamos por ahí tuvimos miedo de morir.

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La imagen de la izquierda muestra el retén israelí a la entrada de Al-Shuada. A la derecha, junto a 10 metros, el comercio común de Hebrón.

Del otro lado de la calle hay un nuevo puesto militar israelí. Los tres solados están avisados de nuestra presencia. Uno de ellos nos aborda y pide en hebreo que demos vuelta. Tratamos de preguntarle en inglés porqué nos impide el tránsito, si somos latinoamericanos, y solo señala con furia la ruta de regreso.

Uno de los guías, que habla hebreo, trata de conciliar con él. De repente un grito agresivo y seco del solado nos deja fríos. Ya no usa su mano sino su fusil para advertirnos. “Ustedes no son bienvenidos; no pueden caminar por acá. Este no es su territorio”, grita el hombre armado, que tiene unos 30 años de edad. Decidimos volver para evitar riesgos.

En el camino, aún dentro de Al-Shuada, hay un sendero que da a una colina desde la que se ven las modernas edificaciones de Hebrón. Un niño, solo, juega entre montículos de arena y tierra. Los guías lo saludan en árabe y él sonríe. Pregunta sobre nuestra procedencia y sigue en sus distracciones. Uno de los guías nota una cicatriz visible en el brazo izquierdo del menor. Le preguntan si se la hizo jugando, pero él contesta: “No, fueron los soldados”.

Cuenta que estaba jugando hace un año, también durante invierno, con otros niños muy cerca de Al-Shuada, pero más hacia el norte. Jugaban a la guerra con nieve. Uno de los guardias de la zona reaccionó molesto al ver que había niños palestinos revoloteando allí. “Entonces uno de ellos tomó una navaja y le cortó el brazo –cuenta el guía que traduce-, y mientras la sangre caía en la nieve le dijo: acá ustedes no pueden jugar. Eso te ayudará a recordarlo”. El niño jamás volvió al otro lado de la calle, justo por donde uno de los militares nos respondió agresivo que tampoco éramos bienvenidos.

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El centro histórico, que también es de pasajes comerciales, luce abandonado y pocos turistas lo visitan por miedo.

Hebrón es la gran capital financiera de Palestina; el corazón de la economía del West Bank (aporta el 45% del PIB) y la ciudad más poblada de la región. En su casco urbano viven más de 170 mil personas y otras 500 mil en el área metropolitana.

Industrias de plástico, textiles, zapatos, artículos de madera y joyerías abundan en las zonas céntricas. Puestos de artesanías, comidas y toda clase de souvenirs aclaman por turistas en la parte más vieja de la ciudad, o centro histórico.

Es una ciudad muy visitada por europeos. Casi nunca se ven latinoamericanos ni estadounidenses porque persiste el estigma de ser uno de los lugares más volátiles de Cisjordania. No todo eso es falso.

El centro son puros pasajes comerciales y casonas en piedra que tienen cientos de años, y construidas sobre ruinas con otros miles de años. En algunos puntos hay mallas que dividen las propiedades palestinas de las colonias israelíes. Solo en Hebrón existen este tipo de asentamientos dentro de una ciudad.

Las mallas también protegen los pasadizos comerciales de una sucia táctica, literalmente hablando, con la que algunos colonos atacan a árabes y turistas: desde los altos pisos del asentamiento echan basuras o rocas contra quienes caminan por el mercado. La verja de protección está llena de desperdicios, que comprueban la realidad de estas denuncias.

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Comercios étnicos, artesanías, especias y comidas, abundan en los callejones del viejo Hebrón.

Al finalizar la galería comercial hay un nuevo checkpoint. Los militares nos niegan el paso hacia la mezquita más importante de la ciudad pues avanza una oración musulmana y no se permite el tránsito de turistas durante al menos dos horas.

El templo es la Tumba de los Patriarcas (para los judíos) o la Mezquita de Ibrahim (para los musulmanes). En su centro hay una reliquia que, dice la tradición, alberga los restos del patriarca Abraham, de Isaac y su esposa, y de Jacob y su esposa.

“¿Se acuerda del apartheid?”

No obstante la hostilidad de los oficiales israelíes y su negativa para hablar con periodistas extranjeros, Kienyke.com consultó con las autoridades políticas de la ciudad quienes explicaron el contexto de la tensión y crisis social que enfrenta Hebrón.

Daoud Zatari, alcalde de Hebrón, dijo a este medio digital que la ciudad está dividida en dos: un área H1 que está bajo control total de la Autoridad Nacional Palestina y que comprende aproximadamente el 80% de la ciudad, y el H2 controlado por Israel y donde se ubican unos siete asentamientos.

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Daoud Zatari, alcalde de Hebrón. Aunque no controla política ni militarmente toda la ciudad, sí tiene que invertir para todo el territorio.

“Sin embargo soy el alcalde administrativo de toda la ciudad, aunque no la controle. Las obras, la infraestructura sanitaria, los servicios públicos de todo Hebrón son mi responsabilidad”, explica.

Su poblado también es el más militarizado del West Bank. Hay al menos mil soldados día y noche rodeando el área H1, ante amenazas de ataques contra los colonos.

“Hay muchos obstáculos para la vida normal en nuestra ciudad. Israel controla las entradas de la ciudad y el tránsito. Un recorrido dentro de Hebrón que debería durar 15 minutos, puede costarnos a los palestinos más de 40 minutos y la incómoda revisión de los soldados”, cuenta el funcionario.

La hegemonía armada también influye en el desempeño cotidiano de la economía del corazón comercial palestino. A pesar de ser el brazo fuerte de la economía de su país, los impuestos y un reciente bloqueo económico de Tel Aviv los asfixia.

“El aislamiento económico nos hace daño, pero más al resto de Cisjordania. Nuestro comercio es grande pero no da el dinero suficiente para todo el país. Esperamos que Israel cambie su estrategia porque congelarle los fondos a Palestina no es señal de paz”, dice Zatari en referencia a una medida adoptada por el primer ministro Benjamín Netanyahu, quien restringió la transferencia de los recaudos de impuestos palestinos a su gobierno como castigo a la decisión de esa nación de denunciar los asentamientos hebreos ante la Corte Penal Internacional. Dichos recursos fueron descongelados a finales de marzo.

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Hay muchos niños jugando y trabajando en las zonas comerciales de la vieja Hebrón. Muchos de ellos no tienen oportunidad de ir a una escuela. 

“Pareciera que quieren hacerles la vida inconveniente con el fin de provocar que la gente se canse y huya. Hay familias separadas entre H1 y H2, que no pueden visitarse porque no autorizan el tránsito normal a palestinos por H2. Además la Universidad de Hebrón es una de las más prestigiosas de Oriente Medio, que gradúa a 1.500 personas cada año, y la mayoría de ellos se van de Hebrón y Palestina porque creen que en nuestro país no pueden tener un buen futuro”, concluye.

Hebrón fue la única ciudad de la Cisjordania que visité en la que hay indigentes en las calles y pobreza evidente en muchos de sus barrios. Tras la pericia, un café aromatizado antecede a una cena y charla con algunos ciudadanos locales que hablan inglés. Uno de ellos termina su bebida con una frase lapidaria, que me deja reflexionando el resto del día: “¿Supo del apartheid en Sudáfrica? Allá los negros no podían transitar por los barrios de los blancos; no les permitían acercarse a sus casas ni usar sus calles. Solo quiero que lo recuerde”.

Kienyke.com hizo una solicitud de entrevista al embajador de Israel en Colombia, previo a la publicación de este informe y para consultarle sobre los otros reportajes hasta ahora publicados bajo el especial “Voces de la resistencia en Palestina”, pero inicialmente la petición fue negada porque “no fue considerada pertinente”. Este periodista insistió en obtener una declaración y allí aseguraron que van a evaluar la solicitud de nuevo, sin que hasta ahora haya respuesta.

Por: David Baracaldo Orjuela

Enviado especial de Kienyke.com a Palestina

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