Joe, un negro menos

Joe, un negro menos

28 de julio del 2011

Soy Godofredo Cínico Caspa, director emérito del Coro Celestial. No voy a decir (más bien no puedo decir) que me alegra la muerte de alguien, porque mis principios profundamente católicos me lo impiden. Pero hay ocasiones en las cuales Dios Todopoderoso llama a ciertos personajes al infierno y no puedo dejar de sentir un vientecito refrescante, como cuando le dio cáncer a Chávez.

Tal sensación de brisita agradable la tuve esta semana cuando me enteré que el cantante ese del populacho negro, el tal Joe Arroyo se había muerto. La vida dio de baja a este colombiano de tercera, a este ídolo pagano inflado por el comunismo y por los mantecos costeños. Para mí es como si hubiera sido bombardeado y muerto Alfonso Cano. ¿No ven que es la misma vaina?

Les voy a explicar bien detalladamente, como lo hace en estos casos mi antiguo profesor de deontología, su eminencia Fernando Londoño Hoyos. Un tipejo como el bandido ese que ha debido quedarse como su apellido en el Arroyo que lo viera nacer, compuso todo tipo de canciones inconvenientes para la nación, rimas fáciles que “cantaba” a grito pelado como brujo en aquelarre. Y la canción más célebre de su profano repertorio ¡se llama “Rebelión”! Es decir, su canción emblemática ¡es un delito señores! Un delito contra las instituciones, contra el Estado, contra la sociedad blanca que ha hecho ingentes esfuerzo para domeñar a la inquieta negramente promiscua, perezosa y sin valores. Y drogadicta, como él.

¡Hágame el favor! Dizque Rebelión. Y hay alguna gente que canta esa grosería, ese himno al mal, al crimen, al desorden. Es como si se aceptara que se compusieran canciones con los títulos de “Asonada”, “Sedición” “Subversión”, “Incendio”. El hoy bien desaparecido nigromante lo que hizo durante toda su vida y en todas sus apariciones para exaltar a la gleba y desatar la condenable danza esa demoniaca de la Salsa, fue más bien un auténtico “Concierto para Delinquir”.  A la cárcel es donde ha debido ir a parar desde hace muchos años el tal Joe, desde cuando adolescente andaba en lupanares y lugares de vicio.

Analicemos de manera objetiva apartes de la “letra” de semejante adefesio llamado “Rebelión”.  Carajo, es que me indigno de solo ver esa seudo poesía, esa chabacanería de rancho y ron. Miremos:

“Quiero contarle mi hermano un pedacito de la historia negra. De la historia nuestra, caballero”. Quien ha dicho que los negros tiene algo que decir, algo que contar. Qué vendan cocos o que trabajen en los puertos. Ahora nos van a resultar historiadores. La historia se escribe con la pluma del hidalgo de hispánico abolengo.

“En los años mil seiscientos,  cuando el tirano mandó”. Si lo que hubo fue un régimen austero, una doctrina y una inteligencia superior. La Colonia y la Seguridad Democrática, han sido las dos únicas épocas productivas de este país.

“Esclavitud perpetua”. Ala, mejor no comento porque va y dicen que soy racista.

“Un matrimonio africano.”  Cuál matrimonio, si eran paganos, politeístas, adoradores de íconos y de falos. Jamás los casamos. Se amancebaron.

“Y fue allí, se rebeló el negro. Tomó venganza por su amor Y aún se escucha en la verja. No le pegue´ a mi negra”. Claro, se le voló al amo y se fue a los palenques de cimarrón, de subversivo. ¡Eso es un himno a la guerrilla, por Dios!

“Que el alma se me revienta”. No quiero entrar en disquisiciones teológicas, ¿pero alma?

Por fortuna, murió relativamente joven y lo quiera el Dios de nuestros ancestros, si hubiera nacido unos siglos antes, ese macho cabrío pecaminoso y falaz hubiera ido a parar a las mazmorras del  Tribunal del Santo Oficio de Cartagena. En manos de la Inquisición, las gentes de bien de antaño lo hubieran quemado en la hoguera donde ardieron las mujeres adúlteras, las brujas y los precomunistas de esa época.

Pero claro, viéndolo bien, qué más se le podía pedir a un cuasi animal iletrado nacido en los fangales de la Heroica, a una mente negra y pobre en todos los sentidos, que ni siquiera logró estudiar música y por eso produjo esas estridencias de esclavos que torturan mi delicado oído acostumbrado a los acariciantes valses de Strauss.

Pero no es solo fue en razón a su raza inferior que el tal Arroyo cometió todo tipo de violaciones a los buenos hábitos y a la moral cristiana. El en sí mismo, era un demonio. Fíjense ustedes que por ejemplo, otro de esos cantantes populares ha sabido mantenerse limpio y puro, descontaminado de  ese horror  terrorista que es el llamado compromiso social. Y hablo del señor Diomedes Díaz, un hombre que en lugar de cantarle al sexo y a la borrachera, se ha dedicado a elogiar a la mujer y a brindar su música a los honestos empresarios del agro del Caribe, los mismos que en buena hora fundaron los grupos de autodefensa para sacudirnos del yugo comunista y agrandar las fincas donde se le apuesta al desarrollo del país ¡carajo! Diomedes pudo caer en las altisonantes frases de protesta del Arroyo, pero supo que poniéndose al lado de las clases limpias de piel y de mente, garantizaba su éxito sin perturbar el orden natural que garantiza un equilibrado arriba y abajo.

Y para acabar de completar el cuadro atrabiliario de la publicitada muerte de este bellaco orquestada por los medios sedientos de populacho, arepa e huevo y fritanga, lo entierran en medio de una manifestación insolente que ha debido ser reprimida por la Fuerza Pública. Allá, en ese muladar donde habita el mayor conglomerado de payasos, en la Barranquilla esa del monigote del Antonio Morales Riveira, otro fanático seguidor del ventrílocuo tomado por cantante.  Barranquilla, ciudad que –con muy contadas excepciones– alberga a cientos de miles de incurables enfermos del tambor vesánico y del ritmo voluptuoso y lascivo. Un lugar tan peligroso como que en sus esquinas hay 1.400 estaderos donde se baila esa música de enfermos mentales que es la tal Salsa, cuyo hechicero principal era el muerto ese.

¡Carajo y ese entierro! Ni que se hubiera muerto Beethoven, como dice mi amigo Carlos Marín. Si en el fondo solo se trata de un subversivo menos.

Semana esta, señores, de encontradas sensaciones. Alivio por la partida de ese chamancito africano de quinta y dolor, dolor de patria y de partido por el injustísimo encarcelamiento del promisorio Andrés Felipe Arias. Por fortuna lo llevaron a la Caballería y le dieron una discreta y merecida celda de 100 metros cuadrados, la misma donde estuvo ese prohombre de nuestra nacionalidad, el decentísimo Fernando Botero. Va para ti, Andrés Felipe, la prolongada plegaria que hemos emprendido en coro con Ernesto Yamhure, hasta que te liberen y vuelvas al seno de nuestro partido y cumplas tu egregio destino. ¡Viva Cristo Rey!

 

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