La bala vendida

La bala vendida

15 de agosto del 2011

Para seducir el apetito del patrón con el almuerzo, Isidora lo sirve sobre un gran plato de peltre y evita que la salsa de las lentejas moje la carne atravesando en medio una blanca y humeante muralla de arroz. Corona esta con una pizca de perejil y un cubo de mantequilla, despliega en un extremo una respetable cantidad de tajadas de plátano frito y pone todo sobre el azafate sostenido por Débora, que con la boca hecha agua por los aromas agrega tres tajadas de tomate antes de salir de la cocina rumbo al cuarto más alejado de la casa. También lleva en la bandeja un vaso con jugo, hoy de guayaba, ayer de mango, siempre preparado con agua fresca del aljibe.

De tanto repetir la rutina, está segura de que todos entenderían si llegara a negarse al menos por una vez, pero no lo hace y no quiere hacerlo porque no se perdonaría si delegara la tarea y el azar decidiese que, justo ese día, Marcial regresara al mundo de los cuerdos sin ella como testi go. Tiene además la certeza de que si él no escucha su voz saludándolo cada día, probablemente sus pensamientos se entierren aún más en la profundidad del abismo en el que vive, pobre, con su macizo cuerpo de gladiador soportando semejante cabeza, tan frágil como bella, tan malamente herida por la locura.

Débora reconoce que le cuesta mucho trabajo delegar en otra persona no solo esa sino buena parte de las muchas responsabilidades que implica la hacienda Saia, pero jura por lo más sagrado que no llegó hasta este punto por voluntad propia sino debido a la fuerza de las circunstan­cias. Fue su padre, el general, quien antes de morir asió su mano para besarla con unos labios desollados por la fiebre y, en el momento de hacerlo, la miró a los ojos y le encomendó el cuidado de la familia: Mija, usted sabe que es la más fuerte de todos sus hermanos y que no tiene la más mínima posibilidad de rehusar mi pedido, le dijo. No fueron sus últimas palabras, ni mucho menos, pero de todos modos partió poco tiempo después, arrastrado por un delirio que le hacía murmurar incoherencias procaces con el mismo libidinoso goce con que pellizcaba las nalgas de las mucha­chas encargadas de asearlo y vestirlo todos los días para que la muerte no sorprendiera al general Félix Orduz oliendo a caca, vómito y sudor.

Y cuidar a la familia es lo que hace Débora desde entonces, sin quejarse ni poner cara de mártir porque, la verdad, le agrada hacerlo, le parece que de esa manera está ganándose el cielo en caso de que exista el cielo, porque eso también está por verse, diría el general si estuviera frente a ella, que ahora adosa la cara contra el suelo de baldosas para espiar los movimientos del coronel Marcial Orduz, su muy querido hermano, de quien podría decir, sin temor a equivocarse, que es el fantasma más corpóreo que jamás existió sobre la Tierra.

Como todos los días a la misma hora, acaba de abrir la trampilla que tiene la puerta de la habitación en la parte de abajo para dejarle la bandeja con su única comida de la jornada. Y con esa naturalidad que la rutina otorga en ocasiones a los actos humanos, permanece echada de bruces sobre el suelo viendo cómo Marcial camina de un extremo a otro de la habitación, asienta la yema de su dedo en un determinado punto de la pared, da media vuelta, se enfila hacia el lado opuesto y presiona con el índice sobre la antípoda correspondiente.

Él viste un impecable terno de lino tan blanco como su camisa, abotonada hasta el último botón para poder apretar sobre la nuez el nudo de una delgada corbata negra que hace juego con unos zapatos igual de negros e igual de impecables. Cuando presencia su interminable caminata, a Débora le gusta comprobar que, pese al prolongado encierro, la espalda de su hermano continúa siendo poderosa, así como sus muslos, que por momentos parecen demasiado anchos para las perneras de los pantalones. Su aspecto es tan saludable que duele y entristece saber que su mente se encuentra muy, muy lejos. Para consolarse prefiere creer que los pensamientos de Marcial viajaron hacia las estrellas y que él está feliz allá, trepado sobre las Pléyades mientras contempla la insania de los hombres.

La puerta no tiene tranca por fuera. Si él quisiera, podría abrirla y salir tan campante, pero durante el tiempo de encierro solo ha descorrido la falleba que está de su lado para dejar entrar a Saúl. O, al menos, nadie lo ha visto salir. Ojalá ocurriese tal milagro. Débora sueña con ello y hubo un tiempo en que le reconfortaba acariciar la ingenua idea de verle caminar por el corredor, pero la verdad es que abandonó tal ilusión desde hace mucho, al igual que ha renunciado a muchas otras con el trascurso de los años, aunque con esta insista por pura terquedad.

No deja de fascinarle que siempre, sin importar la hora en que llega hasta su puerta, lo ve elegante, tan erguido que parece haberse tragado un bastón y aseado gracias al uso frecuente del aguamanil. Igual asombro les produce a los demás habitantes de la casa en las raras ocasiones en que se acercan a curiosear a través de la trampilla, lo cual le permite deducir a ella que, de alguna manera, su hermano halló una forma de saber cuando alguien se aproxima, de modo que siempre presenta un aspecto impecable a pesar de pasar todo el tiempo en su obsesiva caminata, dale que dale con la yema del dedo a los dos mismos puntos de paredes enfrentadas.

En alguna ocasión tuvo la ocurrencia de permanecer frente a la puerta un día y una noche seguidos, e hizo que alguno de los peones la acompañara llevándole una silla para hacer más cómoda la vela, pero lo único que consiguió fue que Marcial no probara un solo bocado de un guiso que lucía apetitoso. Llevó consigo a La reina Margot, pero ni la lectura bajo el resplandor de un gran candelabro consiguió ayudarla porque la monótona cadencia de los pasos medidos de su hermano ejerció sobre ella un efecto narcótico y el sueño la venció en plena madrugada. Al amanecer, él seguía su marcha sin tocar el plato y a tan buen ritmo que parecía como si sus energías se hubiesen renovado mientras Débora dormía. No se atrevió a retirar el plato sino hasta que fue a la cocina en busca de otro que lo reemplazara y sintió una suerte de vergüenza, pero no la suficiente como para impedirle ordenar a dos hombres de confianza que la relevasen en la guardia y le informaran cualquier novedad. No obstante, en vista de que tras dos días y dos noches de aquella tortura el gigante no cesó un momento su rutina de delirio, ordenó levantar el asedio y jamás volvió a inten­tarlo, temerosa de que su curiosidad no sirviera para cosa distinta a precipitar el adiós definitivo de quien había sobrevivido a varios embates de la muerte, siendo el más serio de todos aquel que le dejó en su triste estado.

Desde entonces acepta el hecho de que Marcial se dé la maña para cuidar de su salud y de su aspecto sin necesidad de recurrir a los demás, salvo por la bandeja con comida de cada mañana y por las mudas de ropa que periódicamente le introducen por la portezuela para reemplazar las que él arroja por una de las ventanas posteriores de su habita­ción, la que asoma al empedrado de unas pesebreras cada vez más solitarias, apenas útiles para recibir las monturas de las escasas visitas provenientes de Bogotá o Bucaramanga, o en algún momento del pasado para esconder a los pretendien­tes de su hermana Micaela, pero esas son historias que Débora prefiere dejar a un lado, obsesionada como está por la perenne ausencia mental del primogénito de la familia.

En ocasiones se pregunta cuál será la razón que la mantiene tan atenta a la suerte de Marcial, porque, la verdad, ya ni siquiera siente amor fraternal. O bueno, sí, de alguna manera lo quiere, pero no se trata de un sentimiento muy fuerte, básicamente porque él partió muy joven al internado y el resto de los hermanos apenas tenían oportunidad de verlo cada año, durante las vacaciones de Navidad, de modo que ninguno desarrolló fuertes lazos de afecto con el primogénito, aunque su estampa y la serenidad de su sonrisa fascinaban a la familia. Su influjo era tan poderoso que cuando se acercaba su visita anual la hacienda parecía entrar en una especie de frenesí de renovación que todos atribuían a la vecindad de la Pascua, pero que en realidad era la ceremonia de una familia acicalándose para dar la bienveni da a ese muchacho que no solo era la personificación de la gracia sino la garantía de que los Orduz, a pesar de los sacudones políticos y de toda índole, iban a perdurar. Para afirmarse en la idea, bastaba ver la prestancia con que, hacia el final de cada noviembre, aquel jayán entraba por la alameda del frente, montado en un caballo que a pesar de su gran alzada parecía insuficiente para soportar el peso de tanta humanidad. A su paso, los gritos de buenas tardes, ñor Marcial, mi Dios le lleve con bien, señor Marcial, la Virgen lo colme de bendiciones, sumercé, se reproducían de boca en boca en una letanía que no era cosa distinta al reconocimiento público de los derechos de mayorazgo de alguien nacido para mandar.

Sin poder disimular la timidez, él clavaba su mira da en medio de las orejas de su montura y agachaba la cabeza en un gesto que, Débora cae ahora en cuenta, no era cosa distinta a la premonición de su ausencia actual. Y al apearse en el patio del frente, al lado del pimiento, su mirada emprendía la búsqueda de algún asidero, cualquiera que le permitiese dejar de ser el centro de atracción, e invariablemente se posaba sobre ella que, ahora que lo piensa, debía exhibir una sonrisa de arrobamiento cercana a la estupidez, dada la admiración que él le generaba. Podía no quererlo mucho, pero a su parecer era el hombre perfecto, el modelo según el cual debían regirse todos sus pretendientes y los de Micaela.

Micaela. Esa sí que fue desde siempre una relación especial porque doña Margarita Azuero, su madre, no prestó nunca la más mínima atención a la menor de la prole, como no fuera para reprimirle unas irrefrenables ganas de vivir que ella manifestaba en carcajadas, cabalgatas en compañía de los peones y carreras agitadas de un lado a otro de la inmensidad de la casa. Por eso cuando su madre se despidió de este mundo al son de responsos desgarradores y apelaciones arrepentidas ante el altísimo, la relación entre ambas hermanas era una complicada y apretada trama de sentimientos cómplices, más propios de la amistad que de la hermandad.