La noche en la que el cine rompió la oscuridad de Nabusímake

La noche en la que el cine rompió la oscuridad de Nabusímake

11 de Septiembre del 2015

Cuando Melquíades decidido a refugiarse en ese rincón del mundo llamado Macondo presenta a José Arcadio Buendía otro de sus mágicos artefactos, el daguerrotipo, el cual estremece a la familia al conseguir que en una lámina de tornasol queden dibujados para la eternidad el rostro de los que la caja apuntó.

Su invento revolcó la ambición del patriarca Buendía, quien absorto por el logro de la cámara decidió que podría emprender la escrupulosa tarea de retratar a Dios y probar su existencia. Apuntaba a todos los rincones de la casa, incomodando a la propia Úrsula Iguarán, en espera de que en algunas de sus revelaciones apareciera el más mínimo rastro del omnipresente creador.

Esa imagen del hombre fascinado por una tecnología jamás comprendida, descrita en ‘Cien Años de Soledad’, revivió en los rostros conmovidos y embrujados de al menos 500 indígenas arhuacos, que en su impenetrable santuario escondido en las montañas de las Sierra Nevada vieron por primera vez el cine.

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Todos los días en Nabusímake, después de la 6 de la tarde, solo hay penumbra y silencio. Las colinas del valle y altos árboles espesos obligan al temprano ocaso. No hay electricidad y muchas veces en el cielo abundan gruesas nubes que no dejan asomar Luna ni estrellas. Es tan alejado del mundo ese santuario, que para llegar se requiere de una aventura que toma casi medio día.

Nabusímake es la capital del pueblo arhuaco, una de las etnias indígenas más grandes de Colombia. Se encuentra en jurisdicción de Pueblo Bello (César), pero su autonomía es tan celosa que nadie, sin autorización previa de las autoridades nativas, puede si quiera acercarse.

Nabusimake

En Valledupar aguarda un conductor arhuaco en una Toyota Land Cruiser con ajetreo evidente. Avisa que el recorrido será de unas cuatro horas hasta la tierra sagrada.

Los primeros 45 minutos se pasan en una avenida pavimentada, hasta el casco urbano de Pueblo Bello. En seguida una cerca de madera, la trocha repentina y el deambular constante de indígenas portando sus trajes tradicionales indica que comienza el territorio arhuaco.

Desde ahí hasta Nabusímake la distancia es de unos 30 kilómetros. El recorrido se hace eterno por la difícil carretera; empinadas y enmarañadas curvas de camino destapado. Vertiginosas laderas que rodean como espiral a una montaña infinita. Un andar que de repente pasa de húmedos y calientes matorrales en el horizonte, a fríos y áridos cerros, de los que se agarran algunas ‘urakus’, o casas tradicionales.

Transcurren al menos tres horas en las que la Toyota se esfuerza en treparse por la carretera agrietada. Karín, el conductor, conoce milimétricamente el camino, y sabe cómo sortear los senderos erráticos y los desniveles amenazantes.

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También sabe por cuál dirección optar para llegar a la capital. Solo una vía resulta en Nabusímake. Las otras podrían dar con la espesura de una selva perpetua.

Tras la cuarta hora se muestra un valle con planicies de verde encendido, varios vecindarios de ‘urakus’, hechas de palo, barro y ‘ucha’ (paja especial del techo), y rebaños de ovejas, cabros, cerdos silvestres y gallinas andando por ahí.

No existe allí la electricidad ni opciones para la comunicación móvil. Una visible valla, en la que se dibuja el paisaje del edén arhuaco, avisa con una bienvenida que llegamos a Nabusímake, “tierra donde nace el sol, fuente de armonía y equilibrio para el planeta”.

Nabusimake

Cruzando el río San Sebastián se imponen las murallas de la aldea sagrada. Sus puertas permanecen cerradas; solo se abren para rituales importantes. Por una cerca aledaña nos permiten explorar su mundo perdido. Entrar a Nabusímake es visitar una dimensión ancestral, que los arhuacos nativos conservan y detienen en el tiempo para nosotros.

En Nabusímake se originó el universo

Un grupo de la fundación Ambulante Colombia ha estado desde un par de días antes revoloteando por los caminos de Nabusímake. Cargan cables, andamios de acero, una pantalla gigante y un proyector. Mueven de sitio en sitio un par de altoparlantes que cuando ponen a prueba estremecen la tierra. Una planta eléctrica portátil da vida a esos aparatos. Su funcionar llena de asombro a los curiosos, en especial niños.

Nabusímake es tan sagrada y conservadora que los indígenas jamás habían visto a tanto foráneo cruzar por sus plazas. La fortaleza principal tiene caminos empedrados y unas cincuenta ‘urakus’ de moderado tamaño, en las que podrían vivir familias de cinco o seis personas.

Del lado norte del baluarte hay dos ‘kankurwuas’, o casas sagradas donde se realizan tanto rituales religiosos como reuniones políticas. En el pueblo también hay una cárcel, una plaza principal y un jardín de pagamentos, donde miles de arhuacos acuden al año para cumplir los deberes sacros.

Aunque en la aldea vivan unos 47 mil arhuacos, puede que con frecuencia duerma una cifra mayor de indígenas en Nabusímake, pues al ser sitio sagrado es centro de peregrinaje para cualquier miembro de la etnia. Como el musulmán debe visitar al menos una vez en su vida La Meca, el arhuaco ha de recorrer las calles de este santuario y hacer sus rituales de pagamento como mínimo cuatro veces durante su existencia.

No es para menos porque en el lugar, para la mitología nativa, fue donde se originó el universo y cuanto hay en él. Cuentan que en Nabusímake, en el principio, la piedra del origen se abrió y parió al Sol. Cuando dominó al cielo de día, llegó a su lado la Luna, que representa la feminidad y equilibró el imperio del firmamento.

Luego brotó el agua y en seguida la tierra y las plantas. El chorro de vida terminó por crear a los animales y al hombre. El génesis irrompible que los arhuacos jamás olvidan, y los motiva a visitar con frecuencia y de paso su jardín del edén.

Nabusimake

En la ciudadela esta tarde es especial. Es 6 de septiembre y anochece. Los lugareños están expectantes: ven en su plaza principal un enorme lienzo blanco frente al cual se van sentando.

Las mujeres con sus niños son los menos tímidos para acercarse a ver el show. Casi todas las mujeres, incluso desde edades tempranas, llevan en su mano aguja y lana o fique. Están tejiendo una mochila. Lo hacen sin descanso y a veces sin mirar su trabajo. Hablan entre ellas o a sus hijos, miran absortas la pantalla gigante o incluso escuchan a los líderes de la comunidad en sus comunicados, y a pesar de las distracciones siguen tejiendo. Es como si el delgado hilo que permite continuar la vida, como la conocen, dependiera de su ejercicio artesanal. La mochila representa el útero de la madre y de la tierra.

Algo similar hacen los hombres. En su mochila, tejida por sus mujeres, guardan hojas de coca para mambear. Cuando se encuentran con otro hombre se intercambian un puñado de hojas en símbolo de hermandad y respeto.

También cargan su poporo, que es un calabazo con un hueco que casi lo atraviesa, y en el que mezclan cal con un palo para llevar a su boca, y salivarla junto a las hojas de coca. Repiten este rito, que cada cual heredó desde cuando su voz cambió y los convirtió en hombres, acaso como un tic indescifrable que no pueden abandonar.

Los ojos de 500 personas, bajo una noche nublada y muda, se dejan atrapar por el brillo repentino de la pantalla. Hasta entonces no había habido tanta luz en una noche de Nabusímake.

Cuando el cine brilló en lo alto de la Sierra Nevada

Amado Villafaña, principal vocero indígena de los arhuacos, presenta a su pueblo el cine. Primero en Iku, el idioma nativo, y luego en español. Reconoce que es un día histórico y no solo para la aldea, en la que inclusive muchos no han conocido la televisión, sino para nosotros, los extraños o hermanos menores, porque también es nuestra primera vez: en la que compartiremos del séptimo arte en un resguardo indígena, con rostros tan atentos y gozosos como los suyos.

La primera película fue ‘Naboba’, una reflexión sobre el futuro del agua y su preservación. Fue producida por arhuacos conocedores del arte audiovisual. Narran la expedición de los mamos de la Sierra hacia la laguna ‘Naboba’ (a 4.850 metros sobre el nivel del mar), para que, con un pagamento y ritual, recibieran la bendición de la madre, y protegiera las fuentes hídricas de la sequía o devastación.

El agua, para ellos, tiene espíritu. Para el hombre occidental el agua es un elemento de mera utilidad: sirve para beber, sirve para lavar, pero nada más. “Cuando el espíritu del agua es maltratado, se va. Entonces llegan las sequías, se va la lluvia y la madre se esconde”, dice la narración leída en Iku pero subtitulada al español, en la que además advierten de la preocupación por el futuro ambiental de la Sierra y, desde luego, de Colombia.

“La tierra es el cuerpo. Las venas el agua. Cualquier cosa que se haga, se debe al agua. El agua nos refresca y alimenta el espíritu. Ella contiene la vida, es por ella que se alimenta la tierra, y existe la vida en el mundo. Es un soplo de vida. Debemos defenderla. Es nuestra madre”, reflexiona en el film el mamo Martín.

Al terminar ‘Naboba’ se proyecta ‘Colombia Magia Salvaje’. Las dos producciones estaban íntimamente relacionadas: la alerta por la preservación del ambiente y un obsequio de imágenes maravillosas sobre el país que pocos conocen.

Con ‘Colombia Magia Salvaje’, una película de Grupo Éxito y Fundación Eco Planet, los arhuacos pudieron ver lugares inimaginables del país. También descubrieron animales que jamás habían visto y parajes tan imponentes que reafirmaban la inmensidad de sus dioses: el agua, la tierra, la vida.

Daba más gusto distraerse por unos segundos de la proyección, para contemplar las caras embrujadas de niños y adultos con la pantalla gigante. Sus risas repentinas cuando el oso perezoso no conseguía treparse a un árbol, o el asombro respetuoso cuando el puma merodeaba en cacería.

Nabusimake

“Daba más gusto distraerse por unos segundos de la proyección, para contemplar las caras embrujadas de niños y adultos con la pantalla gigante”

Al final las luces volvieron a apagarse. El ruido del bosque se confundía con tímidos murmullos en Iku. Todos estaban fascinados con lo que acaban de ver.

“Somos un pueblo vivo, no ignoren nuestra existencia”

La película ‘Colombia Magia Salvaje’ y el documental ‘Naboba’ se estrenaron en el mismo escenario ante los nativos y la prensa, para que el mensaje que convergía en uno solo se multiplicara: nuestra generación tiene la responsabilidad máxima de evitar que los paraísos naturales desaparezcas o siquiera se vulneren.

“Creemos que esta oportunidad puede servirnos para mostrar lo que somos: un pueblo vivo, no somos algo de la historia. Hacemos parte de este país y les pedimos el favor que le cuenten al resto de los compatriotas: muchos ignoran la existencia de una cultura diferente, pero aún así estamos dispuestos a dialogar con los demás y compartir, todo en el marco del respeto que debe haber entre las culturas”, manifestó Seiningumu Torres, uno de los líderes de las autoridades de Nabusímake.

En similar sentido se pronunció Amado Villafaña, el principal de los voceros indígenas. “Tenemos reconocimiento. Hay muchos artículos y leyes que dicen proteger nuestra cultura, pero no basta proteger la cultura si no se respeta su territorio. Estamos amenazados en nuestro territorio por proyectos mineros, proyectos de turismo, actividades que desvían los ríos y los contaminan. Eso es lo que mata al indígena, como al pez que le van quitando al agua”.

Su mensaje es contundente. Las generaciones actuales, que por la ambición y la persistente acumulación deforestan y arrinconan hasta la extinción a numerosas especies, deben detenerse, “porque por ese interés económico, no le vamos a dejar nada a los que vienen. Y hay que recordar que todos vamos de paso”.

Incluso se refirió a un proyecto cuestionado que pretendería construir un helipuerto muy cerca de la Ciudad Perdida, en la Sierra Nevada de Santa Marta, para “facilitar” el acceso de los turistas al lugar. Una reciente tutela, la 894 de 2014, ampara los derechos de autodeterminación y preservación de las comunidades indígenas y una especial protección de la denominada “Línea Negra”, que privilegia el valor espiritual y cultural de los pueblos de la Sierra Nevada. “Estamos peleando con tutelas. Pero a nuestro territorio lo tienen que respetar”.

Nabusimake

Amado Villafaña, vocero arhuaco.

José Arcadio Buendía, en ‘Cien Años de Soledad’, nunca consiguió que su daguerrotipo encontrara a Dios; por más que intentó, le fue imposible conseguir la prueba fotográfica del ejecutante invisible. Pero en Nabusímake los nativos lo vieron en movimiento. En video no solo apareció su dios, sino que danzó ante ellos. Lo vieron en la frondosa naturaleza y la vida animal de ‘Colombia Magia Salvaje’. Brilló en las aguas de Naboba y el reverberante sol de la Sierra.

Alguien consiguió lo que el patriarca de Macondo buscaba. Lo regaló a la tierra arhuaca donde nació el Sol, y le dejó un mensaje que se esparcirá por donde se vean esas producciones: defender a la naturaleza y la riqueza viva del país hará que se levante la condena a nuestra desaparición, y tendremos una segunda oportunidad sobre la tierra.

Twitter: @david_baracaldo

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