“No doy razones para leer mis novelas. Soy escritor, no vendedor de libros”

“No doy razones para leer mis novelas. Soy escritor, no vendedor de libros”

26 de noviembre del 2014

Las horas de felicidad de Héctor Abad Faciolince las pasa bajo el agua o con la pluma y el papel.

Dice ser más tranquilo y amable de lo que aparenta, y si la muerte estuviera echándole algún vistazo, no dudaría en elegir su encuentro en medio de las letras.

Quiere seguir escribiendo, encontrando nuevas maneras de decir las cosas, y que le sigan poniendo atención, como el influyente líder de opinión que es.

Justo encontró otra forma de contar con su más reciente novela, ‘La Oculta’. La historia, curiosamente, nace en su mente mientras practicaba una de las actividades que más le gusta: nadar.

Es una historia de familia antioqueña, de la violencia, de la memoria. Un relato que entrevera sus vivencias del pasado con detalles que su imaginación terminó de formar. La Oculta promete convertirse en otro de los éxitos literarios del escrito del ‘best-seller’ El Olvido que Seremos.

KienyKe.com habló con Héctor Abad Faciolince sobre esta nueva obra, su familia, infidencias de su vida y los secretos de su tiempo libre.

Hector Abad Faciolince

-¿Quién se parece más a usted? ¿Daniela o Simón?

​-Físicamente, mi hijo Simón. En lo que  pensamos y sentimos, mi hija Daniela. Pero ninguno, por suerte, se parece demasiado a mí. Son ellos mismos.​

– ¿De dónde nace el apodo de Quiquín? ¿Quién se lo puso?

-​Me llamo Héctor Joaquín. A partir del Joaquín nació ese apodo. Me lo puso mi hermana Marta Cecilia, que se murió de cáncer a los 16 años, y que me llevaba apenas un año y medio.

​- Además de nadar, ¿qué otras actividades poco conocidas tiene?

-Nadar me parece una actividad tan normal y tan conocida. Me gusta nadar, cocinar, caminar… Como ve, cosas muy normales y que tienen que ver, las tres, con la supervivencia.

-Cuando nada, ¿piensa en lo que está escribiendo?

​-Cuando nado no pienso en nada. Nadar es una especie de meditación. Yo no medito ni estoy seguro de las bondades de la meditación, pero nadar, de algún modo, me limpia el cuerpo y me despeja ​la mente. Una hora de silencio bajo el agua, sobre la superficie del agua, es una hora de felicidad. Aunque no pienso mientras nado, cuando escribo sí recuerdo que nado.

– Usted parece ser un tipo tranquilo y amable. ¿Lo es? ¿Ha pagado un precio alto por tener ese carácter?

​-Creo que parezco más tranquilo y más amable de lo que soy. El precio que pago es bueno, y es que uno acaba siendo como parece ser. ​Los que se hacen los bravos terminan siendo furiosos.

Hector Abad Faciolince

“Una hora de silencio bajo el agua, sobre la superficie del agua, es una hora de felicidad”, dice Héctor.

– ¿Extraña las peleas en Blu Radio?

​Las extraño como puede extrañarse un dolor de muelas o una hepatitis. Levantarse a pelear, era levantarse a perder la paz interior. Y esa paz es la que más necesita un escritor. Les agradezco a los de Blu que me hayan tenido ahí un año, pero más les agradecí cuando me dejaron ir en paz. ​

– ¿Qué lo motiva más?, ¿pelear con Paloma Valencia o con Harold Alvarado Tenorio? Es decir, ¿le gusta más el ring literario que el periodístico o ninguno de los dos?

​-En realidad no me gusta mucho pelear. No soy una persona conflictiva. Más que el ataque, con ellos lo que he usado es la defensa. Claro que la gente no debería olvidar que los dientes que sirven para sonreír también sirven para morder, y si me provocan, sé cómo se muerde, y sé dónde duele. ​

– ¿Cree en el periodismo de confrontación? ¿En qué tipo de periodismo cree?

​-Orianna Fallaci practicaba un periodismo de confrontación muy ágil e inteligente. Lo mismo hacía mi maestro y amigo Alberto Aguirre, que era furioso y vivía indignado. Yo considero todo el tiempo el punto de vista del otro, y casi nunca estoy convencido de tener razón. Alguien que duda tanto como yo, no puede tener la confrontación como un sistema. Creo en el periodismo que dice la verdad y trata de mirarlo todo desde distintos ángulos. No creo en el periodismo parcial, unilateral. En Colombia se arma una pelea por cualquier cosa; incluso por las cosas buenas armamos una trifulca inmediata.

-Ya lleva varios años como columnista. ¿Qué lecciones le ha dado esa actividad? ¿Le ha cansado? ¿Lo sigue motivando? ¿Qué perspectivas tiene?

​-No es que lleve añitos, llevo cuarenta años, porque empecé en el colegio. La lección principal que he aprendido es que -sea como sea- siempre soy capaz de entregar mi trabajo en la fecha pactada. Eso da confianza en las yemas de los dedos. Me cansa como me canso nadando, pero haber escrito y haber nadado es una felicidad. Claro que me motiva: es un privilegio tener un espacio y tener lectores. Es raro que a los demás les interese lo que uno piensa. En El Espectador me dan absoluta libertad y me pagan por escribir. Qué más puedo pedir. Mi perspectiva es morirme haciendo lo mismo, pero distinto: siempre hay nuevos temas y nuevas maneras de decir las cosas, creo.​

– Usted ha dicho que sufre de bloqueos a la hora de escribir. ¿Los bloqueos con la poesía son más severos?

​-Con la poesía no hay bloqueos porque en la poesía no interviene la voluntad sino una especie de voz interior, inesperada. La poesía llega sola, sin disciplina. En cambio se pueden escribir novelas a punta de voluntad. Yo no es que tenga bloqueos. Si me lo exigieran, podría escribir una novela en veinte días. Escribo muy rápido y con mucha facilidad. Lo que me bloquea es el resultado: no publico lo que no me gusta (digo en literatura, porque en periodismo de opinión hay que publicar, sí o sí). Cuando no publico libros no es porque esté bloqueado, sino porque no estoy satisfecho.​

Hector Abad Faciolince

“Cuando no publico libros no es porque esté bloqueado, sino porque no estoy satisfecho”

– ¿Cómo supera esos bloqueos?

​Me desespero, tiro mucho a la basura, y vuelvo a empezar. (Mario) Vargas Llosa me aconsejó corregir lo que no me gustaba, sin parar, hasta que me gustara. ​

-¿El Olvido que seremos no le genera temor, en el sentido de que solo lo referencien por ese libro?

​-Hay muchos escritores de un solo libro. Peor les va a los escritores que no tienen ni uno solo. ​

-¿Qué sabe del documental que se hace sobre El olvido que seremos?

​-No mucho, pues no quiero verlo hasta que no esté terminado. Yo actúo, digámoslo así, en algunas escenas. Lo hacen dos personas en quienes confío plenamente: Miguel Salazar, que tuvo la idea (fui el locutor en su documental sobre la toma del Palacio de Justicia), es experimentado y maduro, y mi hija, que terminó la carrera de cine hace dos años y tiene mucho talento y mucha sensibilidad. ​El documental está en muy buenas manos.

-¿Qué le genera El olvido que seremos? ¿Gratitud, temor, odio?

​-Odio y temor, seguro que no. Gratitud, mucha.​ El protagonista de ese libro era un hombre entrañable y por eso entiendo que el libro se lea tanto. Me alegro haber podido pintar bien, con precisión, al protagonista. ​

La-Oculta-Hector-Abad-ok

“A La Oculta le deseo lo mismo que a mis hijos: que tenga una larga vida, a pesar de las críticas”

– Si en un avión se encontrara con alguien y esa persona le pidiera razones para leer La Oculta ¿qué le diría?

​-Nunca doy razones para leer mis novelas. Soy escritor, no vendedor de libros. ​

– ¿Qué fue lo más difícil ​al escribirla?

-​Lo más difícil era que cada narrador, las dos mujeres y el hombre, tuvieran su propia voz. Y que esta fuera al mismo tiempo natural y creíble. Y que cada uno fueran ellos mismos, y no yo.​

– ¿Qué le desea a La Oculta?

​-Le deseo lo mismo que a mis hijos: que tenga una larga vida, a pesar de las críticas. Que enamore y dé rabia, que viva intensamente, que no aburra ni se aburra. Que al dar el último suspiro deje un buen sabor en la boca, un buen recuerdo.​ Que no pase por la vida como una cosa más, indiferente.

– En La oculta, como en su anterior novela, también hay algo de historia familiar. ¿Cómo decantar la historia familiar en literatura? ¿Qué le dicen en la casa cuando novela cosas íntimas de la familia?

-​¿Un dolor de muelas es una cosa íntima? Yo no sé por qué la gente oculta cosas que a todos nos pasan. No hay ninguna familia donde no haya un marica, o un bobo, o alguien que bebe más de la cuenta. Todas las familias se parecen mucho. Cuando yo hablo de mi familia, estoy hablando de todas. Y en todo caso no hablo de mi familia, en esta novela, tal como es. Hay detalles que mis hermanas o mi mamá o mis hijos o mis primos, pueden reconocer​, pueden saber su origen. ​Pero eso es solo la semilla: a partir de ahí hay que escoger las palabras y las circunstancias inventadas para que la cosa resulte bien contada. La materia prima en bruto no tiene ningún interés. Un dolor de muelas es muy banal; lo que importa es contarlo bien.