Padre Chucho Superstar

Padre Chucho Superstar

27 de febrero del 2011

Todos los días a las 8:30 a. m. un centenar de feligreses se reúne en la iglesia Reina y Madre del Carmelo, al suroccidente de Bogotá. Mientras cantan con fervor “El espíritu de Dios se mueve dentro de mi corazón”  sale un sacerdote de mediana edad aunque de aspecto juvenil, enfundado en una túnica blanca que, antes de saludar, se arrodilla frente al altar y reza en silencio.

Termina la canción y el hombre saluda con la bendición de Dios. La gente lo aclama, su rostro es familiar. Afuera pasan unos niños rumbo al colegio y se asoman a la puerta de la iglesia atraídos por la música y las alabanzas. No tienen más de diez años, son ocho y van tarde. Entre todos se preguntan y ellos mismos se responden. ¿Ese es el padre Chucho?  Sí, es el padre Chucho, el de RCN.

http://www.youtube.com/watch?v=aO3jC5PYjsU

El Padre Chucho se llama Jesús Hernán Orjuela, y esa mezcla de Mesías con presentador de televisión ha definido su existencia. Es una mezcla de vocero de Dios con estrella de televisión, y le gusta. Ordenado sacerdote en 1993 por el entonces Cardenal Mario Revollo Bravo, fue Vicario Parroquial en Nuestra Señora de Lourdes y enseñó filosofía en el colegio Nuestra Señora de Nazareth. Años después llegaría a donde hoy celebra sus misas, la Reina y Madre del Carmelo y posteriormente al canal RCN, donde pasó de ser un enviado celestial para convertirse en una celebridad terrenal.

Su discurso es contradictorio. Es de modestia, pero de falsa modestia. Habla de humildad, pero se asocia a sí mismo con el Padre Alberto Cutié, famoso por tener un programa en la cadena Telemundo, pero más famoso por haber sido portada de una revista en Estados Unidos cuando se dio besos con una mujer en una playa. Luego se refiere a la vida de Jesús, pero para hacerlo menciona sus propios viajes al Vaticano y a Tierra Santa, sin que se sepa bien por qué lo hace. Sus historias causan admiración y envidia entre las doscientas cincuenta personas que siguen sus palabras.

Pero sus palabras no vienen solas, las acompaña la música de un quinteto formado por un organista y cuatro monaguillos que entre sermón y sermón cantan canciones a Dios. Jesús Hernán sabe manejar al público, gracias a sus años en RCN. Cambia el tono de la voz, el ritmo, la intensidad, hace cara de estar compungido por la situación del mundo, luego ríe lleno de optimismo por el futuro. Sus feligreses, más que todo gente mayor, le copia al pie de la letra.

El nombre real del padre Chucho es Jesús Hernán Orjuela.

Habla de paz, pero al mismo tiempo señala con vehemencia a los enemigos de la Obra de Dios. Su aspecto es joven, fresco, pero por dentro es retrógrado. Habla del Infierno y el Purgatorio y luego pide perdón a aquellos que estudiaron una carrera universitaria porque él considera que el único reconocimiento que vale la pena es el de Dios. El público extasiado aplaude y lanza aleluyas, convencido de que un cartón profesional es poca cosa para aquellos llamados a vivir eternamente en el Cielo.

Vuelve a la carga su falsa modestia y su afán de protagonismo. Habla de todos sus diplomas, sus placas, todos los reconocimientos que le han hecho y asegura que los tiene escondidos en cajas para que Dios no los vea cuando lo llame al Paraíso.


Recrea uno de los milagros de Jesús y él mismo hace de su tocayo, mientras un hombre que trabaja para él hace de ciego. Jesús ‒el Padre Chucho, no el hijo de Dios‒ le da órdenes al actor, le dice que se quede, que vaya, que haga como si fuera ciego; la gente ríe. Ríe porque está en un show.

Mientras el espectáculo continúa, entre las bancas traseras cuatro hombres se mueven de lado a lado. Revisan que todo esté bien, se alarman ante la presencia de una cámara, de una libreta de apuntes. No dicen nada, sólo pasan y pasan, con insistencia, como para hacerse notar. Uno de ellos debe estar en sus treinta, tiene chaqueta de cuero negra y pelo engominado. El otro puede ser una década más viejo, es calvo y tiene una camisa de leñador. No hablan ni preguntan nada, sólo pasan cada vez más cerca y miran en detalle.

Adelante, en las primeras filas, el padre Chucho ya ha cambiado de tema. Habla del canal RCN. Lo hace con algo de resentimiento. Hace meses no sale en pantalla y crecen los rumores de su salida. Después de tener el  programa, donde trataba problemas religiosos y de familia, de dar el sermón en Muy Buenos Días y de transmitir en vivo la misa de los domingos para el canal, no se le ha visto en televisión este año. Tiene rabia, se le nota. No dice nombres propios, pero afirma que a él querían sacarlo del canal por hablar del gobierno. Su voz sube hasta niveles insospechados, hay algo de rabia en ella, y en su cara también. Juega con los ritmos, la gente lo aplaude, lo apoya. Antes lo veían millones, ahora lo vitorean dos centenares. Su voz retumba fuerte en los parlantes de la Reina y Madre de Carmelo, que aún hoy están cubiertos con forros que dicen RCN.

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Hay muchos rumores sobre su salida, pero hasta ahora ninguna certeza. Se dice que Jesús Hernán Orjuela era protegido de María Emma Ardila, hija del dueño del canal, Carlos Ardila Lülle. El madrinazgo lo hizo fuerte dentro del canal y generó envidia entre los demás empleados. Nadie sabe  en qué momento el humilde cura se convirtió en una estrella que llegaba escoltado en camionetas blindadas a las instalaciones de RCN, por donde andaba ataviado con sacos Lacoste y relojes finos. Los votos de pobreza, al parecer, habían quedado atrás.

Su poder era tal que algunos empleados del canal y televidentes desesperados le pedían que curara a algún hijo enfermo. Preferían eso antes que ir a un médico, convencidos de que el sacerdote era capaz de hacer milagros.

Pero su protagonismo levantó heridas. Dicen que no toleraba las fallas y que por orden suya al menos siete empleados que trabajaban en sus programas fueron despedidos de RCN.

Su fama mientras estuvo en el canal fue tal que viajaba por toda Colombia celebrando misas. Es difícil confirmar el rumor que dice que cobraba millones por cada presentación y que exigía dos carros blindados, doce escoltas y una ambulancia.

Su poder era tal que algunos empleados del canal y televidentes desesperados le pedían que curara a algún hijo enfermo.

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Lejos de las cámaras, pero cerca a la gente que lo quiere, sigue su sermón y cuenta la historia del esposo de una feligresa que sintió celos de él porque ella iba con regularidad a sus misas y le pedía todo tipo de consejos. Su fama de Don Juan es otro de los rumores no comprobados.
El Padre Chucho Salió de la televisión, la iglesia más grande del mundo, pero sigue facturando desde la suya. Llegada la hora de pedir el diezmo pone su rostro más formal, tiempla la voz y dice algo así: “Cuando usted va a donde el médico le paga en agradecimiento por sus servicios. Acá vamos a agradecerle a Dios y va a darle lo que crea que él se merezca por todo lo que ha hecho por usted. Él se lo devolverá mil veces”.

Dos mujeres de edad avanzada recogen el dinero en bolsas de terciopelo púrpura por las bancas de la iglesia. Ha llegado la hora de irse.